Renglones, líneas y cicatrices | por Lourdes Justo Adán
En el teatro de nuestra vida, el tiempo, con su bolígrafo caprichoso, va dejando tachaduras, subrayados e incluso anotaciones al margen. Desconocemos de cuántos actos se compondrá, pero su tinta indeleble no admite borrar, solo escribir nuevas versiones. Nosotros mismos somos los autores de esa gran comedia que se escribe sin guion previo.
Habita en mí (y en ti también) una biblioteca interior con estanterías llenas de recuerdos polvorientos, guardados aleatoriamente. A algunos los evito, como si temiese despertar algo que preferiría que continuase dormido. Hurgar en ellos exige detenerme, revisar los borrones y enfrentar las historias que aún me quedan por sanar: heridas abiertas —páginas rotas, manchadas, arrancadas por silencios demasiado largos, como dramas que nunca hallaron su cierre—. Grietas provocadas por los traumas, pérdidas o laceraciones que no se pudieron curar bien y ahora supuran. Los años, con su aguja e hilo, no lo reconstruyen todo, pero lo remiendan con paciencia y aplican sobre la lesión el ungüento de la resiliencia, ese que convierte la piel lastimada en piel más sabia.
La lectura y la escritura creativa nos prestan su voz cuando no la tenemos. El alma rota, como el cristal resquebrajado no se rehace con olvido, sino ensamblando pacientemente los fragmentos, colocando cada palabra en el lugar que le corresponde. Además, nos sostienen cuando nos desmoronamos. Nos brindan sus andamios mientras reconstruimos los nuestros, como si fuese un patchwork de retales hermosos, no a pesar de las costuras, sino precisamente por ellas. Y sí, hay belleza en la costura y el remiendo.
Surge la magia al abrir un libro: el tiempo se detiene. Lo efímero se convierte en eterno, desafiando al olvido… Escenas que no envejecen: Quijotes luchando contra molinos, lámparas de los deseos, o amores trágicos… Momentos congelados donde Pinocho navega en las entrañas de una ballena, sirenas cantan melodías y perros fieles aguardan el regreso de su amo. En cada página el presente se hace infinito… Esos instantes jamás se borrarán: seguirán existiendo más allá del instante que los inspiró.
Leer es una forma de escuchar a quienes ya no están; es recorrer generaciones pasadas dialogando en secreto con quienes jamás desaparecerán del todo. A través de sus publicaciones nos cuentan lo que vieron, lo que imaginaron, y también lo que sintieron, transformándolas en legados que no entienden de caducidad.
Quizá por eso escribo: porque es mi forma de decir que lo que vivo y siento es real, y tiene derecho a existir también en palabras.
Y ahora dime tú que la literatura no es un encuentro mágico entre lector y escritor… Atrévete a decirme que dos almas separadas por el tiempo y el espacio no pueden conectar por medio de las palabras. Vamos… dime, si puedes, que esas voces no son puentes para que las emociones transiten…
Un texto no es solo propiedad de quien lo creó, es un pequeño milagro que necesita también de otro individuo que lo lea y le dé una connotación propia… o si no, ¿qué es lo que consigue que un libro atrape y conmueva al lector? Un autor siembra palabras en el papel, sin embargo, el sentido de una obra germina con la mirada del lector, con la manera en que este resignifica lo escrito. Así, en el argumento convergen múltiples voces: la de su creador y las de las almas que lo lean. Por lo tanto, un mismo ejemplar puede hablar diferente a cada lector.
Así pues, la vida es una partitura inacabada y en constante expansión. No tenemos el control absoluto sobre ella. Sin embargo, todos los días podemos hojear sus páginas, revisar las escenas guardadas y abrirnos a episodios alternativos. Porque, al fin y al cabo, vivimos una escritura íntima e imperfecta, pero profundamente auténtica.
Que nunca se apague la voluntad ni la tinta para seguir escribiendo nuestra novela vital. Seamos conscientes de que, a menudo, ese capítulo que tanto deseamos no es el que nos sana, sino que, probablemente, lo hará otro que encontremos por casualidad. Somos un archivo desorganizado, inconcluso. Recuerdos que se caen de los estantes. Cartas sin remitente ni destinatario. Apuntes amarillentos. Notas sueltas. Imágenes desvanecidas… restos de un pasado que se resiste. Y, pese a este caos aparente, lo inesperado ofrece nuevas oportunidades de traer a la luz historias que valga la pena contar.
Y así, entre renglones aún por escribir y otros ya escritos, vamos tejiendo el relato único, irrepetible y valioso que somos. Porque al final, somos eso: una historia con alma que se atreve a seguir escribiéndose.

© 2025. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.
Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.
Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.
Orientadora Escolar.
Escritora.
Columnista.
Coach de víctimas de maltrato psicológico.
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