El precio de frotar la lámpara | por Lourdes Justo Adán

El precio de frotar la lámpara | por Lourdes Justo Adán

Quizá en cada uno de nosotros habita un Aladino esperando que un genio cumpla nuestros deseos. Mas, ¿qué pasaría si este no actuara como un proveedor, sino como un maestro que nos impulsara a luchar por ellos? ¿Y si su magia consistiera en ayudarnos a superar nuestros temores o, mejor aún, en ofrecernos las herramientas necesarias para construir, paso a paso, aquello que anhelamos?

El cuento Aladino y la lámpara maravillosa se popularizó gracias a unos relatos tradicionales de Oriente recopilados en la célebre antología Las mil y una noches, pero lo cierto es que inicialmente no formaba parte de esa colección. Fue incorporado más tarde, a principios del siglo XVIII.

La historia transcurre en un lejano y exótico lugar envuelto en una atmósfera claramente árabe, con elementos mágicos, morales y simbólicos que recuerdan la sabiduría oriental.

Una lámpara mágica, que encierra una criatura etérea y poderosa, capaz de cumplir las ilusiones de quien la frote, llega a manos de un joven. Así es como este alcanza riqueza, amor y poder. Parece un argumento infantil, sin embargo, más allá de su apariencia, el cuento es profundamente alegórico y sirve de marco para explorar, entre otros, temas como el crecimiento personal.

El objeto prodigioso en cuestión aguardaba en una cueva, un lugar oculto, de difícil acceso. Podría ser la metáfora perfecta del inconsciente, donde yacen los miedos, las inquietudes, las heridas y también el potencial de cada uno. Ambos, lámpara e inconsciente, encierran un poder inmenso. Sin embargo, no basta con poseerlo. Hay que activarlo y liberar la energía latente… Y no todos lo logran con la misma fortuna, pues a algunos, el azar siempre les guiña un ojo.

¿Qué ocurre cuando un sujeto obtiene las cosas sin sacrificio, como Aladino? Su vida cambió, pero no se convirtió en alguien más sabio o más valioso. Su despertar empezó cuando comprendió que tener no es lo mismo que ser, que el poder no basta, y que depender de este solo le debilitaba. Y es que cuando uno obtiene todo fácilmente, rara vez vislumbra lo que cuesta ganarlo y, sobre todo, pierde de vista lo que realmente significa merecer.

Esto no es solo para los cuentos. En la vida real ocurre cada día. ¡Cuántas personas ansían un talismán milagroso!

De hecho, hay quien lo tiene…

Sí… Se les aparece en forma de un contacto privilegiado que les sirve en bandeja lo que otros deben conquistar. Viven tranquilos y seguros, convencidos de que se lo merecen, sin embargo, no saben lo que es saltar sin red. Todo a su alrededor parece estar dispuesto para que no despierten y continúen en su mundo de ficción. En cambio, quienes avanzan sin favores ni atajos utilizan sus propios medios. Porque solo cayendo sin ser rescatado se aprende a desarrollar una fuerza que no pide permiso, una dignidad inquebrantable y una identidad legítima.

Quienes hemos tocado fondo sin que nadie acuda, sabemos lo que es levantarse y reconstruirse en soledad. El resto —me refiero a los aupados— solo entienden de victorias sin batalla. Creen conocer su fortaleza y sus límites, pero viven instalados en una burbuja que les protege hasta de sí mismos. No tienen ni idea lo que es conseguir las cosas sin pisar a nadie. A veces creo que su ambición es un pozo sin fondo o que buscan la plenitud en el lugar equivocado. O persiguen una cosa para suplir otra… No sé… Tampoco descarto que pidan y pidan porque desconocen que existen las dificultades, ya que nunca tuvieron que atravesarlas.

Lógicamente, la satisfacción es más plena si has logrado las cosas por ti mismo.

Así que, si quieres conocer la talla de tu temple, prueba a dejar de invocar a tu ente encantado esperando que te lleve en volandas. No busques quien te suba: hazlo tú, aunque sea jadeando, con los nudillos pelados, los dientes apretados; con el sudor recorriéndote las sienes y sin nadie que te ciña la frente con laureles. Levántate con el alma rota y sigue caminando: nadie vendrá a sostenerte.

Si nunca te has visto así, ¿qué sabrás tú de perseverancia?

Yo te lo explico… La lucha real es enfrentarse continuamente a las zancadillas, a las piedras de envidia que amenazan con aplastarte, detenerlas con las manos ensangrentadas, ahogada en hartura y agotamiento. Es estrellarte contra el paredón de la injusticia; transitar descalza por un pedregal; que te despojen de lo que te pertenece; mirar la derrota fijamente a los ojos y escupirle en la cara, dejándole claro que aún no ha ganado la guerra. Es una bravura que conozco porque siempre he combatido sola…

Y aun entregándolo todo, no siempre el destino te va a conceder una victoria. En ese caso, retirarse es la táctica más sabia, pues en terrenos baldíos, resistir equivale a perder aún más; es un acto de firmeza que honra el esfuerzo realizado: para abandonar lo que duele se necesita una entereza que solo las personas ejercitadas en ello poseemos, un sable curtido que solo guerreros sin turbante sabemos templar.

Brillar con luz propia, aunque tenue, siempre es más auténtico que cobijarse en el resplandor de un minarete.  Además, ¿no te invadiría cierta turbación al reconocer cómo lo lograste? ¿No te susurraría el síndrome del impostor cada vez que te mirases al espejo?

Tengo una mala noticia: para la mayoría, el otorgador de deseos es otra mentira más de todas las que nos contaron en la infancia. Es poco probable dar con ese artefacto legendario. No hay benefactores para todos. Lo que sí existen son cuevas oscuras a las que tendrás que entrar, no sin antes avanzar por senderos empinados con todas tus fibras temblando de miedo. Una vez allí, frente a la oscuridad que te aguarda, tragas saliva y entiendes que nadie va a traspasar ese umbral por ti.

Por si fuera poco, mientras te desgastas, verás a otros elevarse sobre alfombras mágicas, sonriendo y saludando desde lo alto, adueñándose del cielo de todos sin haber sudado una gota.

Y, aun así, tendrás que continuar. Aunque te veas rodeado de bazares deslumbrantes, donde la quincalla se exhibe en la vitrina de los metales preciosos…

Por eso, mientras unos dan por hecho el milagro, los demás no tenemos más alternativa que convertirnos en nuestros propios artífices. No frotamos lámparas: empleamos esa energía en nosotros. No pedimos deseos: los trabajamos. No volamos sobre moquetas: nos desollamos los pies en la arena candente de un desierto de silencios que pesan más que los gritos.

El error no es desear una intervención sobrenatural: es vivir esperándola.

Yo no soy Aladino. No encontré ninguna lámpara. Soy simplemente una mujer que se hizo a sí misma.

No esperé a que me salvaran. Me salvé…

No hubo Genio. Hubo coraje.

Lourdes Justo Adán – El precio de frotar la lámpara
Lourdes Justo Adán – El precio de frotar la lámpara

© 2025. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.

Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar.

Escritora.

Columnista.

Coach de víctimas de maltrato psicológico.

https://lourdesjustoadan.blogspot.com

nubeluz174@gmail.com

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