https://elescritor.es/

Los años 80… y 90

Los años 80… y 90

Iba yo por andando por la calle Oca, en Carabanchel, cuando pensaba que igual hemos sobrevalorado los 80. Mi hija Gadea tiene en un altar a esta década. Supongo que le atrae el hecho de que sea la década en la que sus padres estuvieron a su edad. Le gusta su música, las anécdotas que le cuento y, supongo, que la cosa esa de no haber internet, ni Netflix, ni tantos canales. Esa cosa de jugar en la calle.
A veces pienso, digo, que está sobrevalorada esta década… pero es verdad que en este tiempo es en la que se forma una persona de mi generación. Cada uno tiene unos años en los que se forma como persona. En los que uno empieza a tomar caminos y querencias. Pa lo bueno y pa lo malo, Maricarmen. Los 80 no eran perfectos, desde luego, pero eran los años en los que yo tomaba la decisión de dar los primeros volantazos de mi bisoña vida para una dirección u otra. Yo y toda la gente de mi generación, creo.


Los años 80 eran una época de ingenuidad. No nos preguntábamos si eso que sale en la tele es creíble o no. Nos tragábamos la serie V, por ejemplo, con una candidez que hoy en día no es posible. Esa rata que se casca Diana para merendar o esa ráfaga de tiros que metía Michael Ironside para matar lagartos, hoy en día, no habría Dios que se lo creyese, pero en los años 80, iba padentro. Teníamos otros ojos… Emilio Aragón me fascinaba siguiendo una línea blanca en Ni en vivo ni en directo. Los resúmenes de los partidos de fútbol llegaban los domingos a última hora y lo que decía García y Luis del Olmo por el transistor eran verdades irrefutables.
Y Carlos Pumares era el tipo que más sabía de cine del mundo. Y yo lo escuchaba en mi cama, con el transistor Oskar que me regaló mi padre y que yo escondía debajo de la almohada para no molestar a mi hermana… y lo que decía Pumares iba a misa y si mandaba a alguien a la mierda porque decía que no le gustaba Casablanca, me hacía sonreír. Y no había hashtags, ni hilos en Twitter ni la madre que los parió para comentar el programa. Carlos Pumares era el que sabía todo de cine, y punto.
Partirse de risa con Martes y trece e imitar los sketches al día siguiente eran mis primeras actuaciones. Y ponerme delante del espejo para moverme como Mikel Erentxun era el motivo por lo que quise que mi padre me comprase una guitarra (ya en los 90).


En los 80 nos criábamos en la calle. Jugábamos a “Bote bote” con una botella de Coca Cola de dos litros, al “Escondite” o a “Burro” y llegábamos con la espalda destrozada porque el gordo se había tirado en tu columna vertebral y acabamos con una posible luxación severa sin decir nada en casa o, si lo decíamos, nuestra madre nos lo curaba con un yogur recién hecho en la yogurtera que anunciaban en la tele. Y mi vecino Claudio me llamaba al portero automático para decir a mi padre: – que baje Juanito-. Y, a veces, no bajaba porque yo era un privilegiado que tenía un Spectrum 128k donde jugaba al Match Day o al Comando. Eso con suerte, porque, a menudo, el puñetero juego no cargaba, tras veinte minutos de rayitas de colores en la pantalla ¿os acordáis? Y tenía que subir al tercero para que mi vecino Pedrero me diese un consejo para que se cargase el juego en el ordenador.
¡Cómo ha cambiado la movida, amigui! En los 80, éramos unos machistas de narices, la droga era una nube negra que sobrevolaba la ciudad y el SIDA formaba parte de las conversaciones de los niños, pero también éramos unos pánfilos porque hasta que la zagala que creías que era tu novia no te decía: -pon los dedos así, que corto-, (y hacía como que cortaba con los dos índices unidos) tú pensabas que era tu novia. Y te daba igual, a los dos minutos, porque en la tele echaban El equipo A, Macgiver o la mejor serie de la historia que era El gran héroe americano, donde un tipo se encuentra un traje de superhéroe sin instrucciones y, eso, era algo maravilloso. Y las sintonías de las series eran las mejores sintonías de la historia.
Y el Un, dos, tres tenía un 100% de audiencia y donde todos elegíamos, viendo Verano azul (esto me sucedía en el pueblo) si ser Desi, Bea, Pancho, Javi o Quique (que este era ese al que nunca le pasaba nada pero que estaba en la pandilla para hacer bulto). Y 27 niños veíamos las andanzas de estos chicos en la casa del vecino mientras su madre preparaba un bocadillo de pan con chocolate y una limonada de Tang, dejándose medio sueldo por el camino.


Los chicos éramos o de Samanta Fox o de Sabrina, y las chicas o tenían a Kirk Cameron o a Rob Love en la pared de la habitación. En los 80, David Summers era un referente y los futbolistas tenían bigote gordo y si tenían un poco de barriguita era lo normal. Donde los entrenadores de fútbol aparecían en Estudio Estadio fumando en el banquillo y donde o eras de Michael Jordan o de Larry Bird o de Magic Johnson. (Yo era de Larry Bird). Los 80 era esa década donde yo solo soñaba con conocer a Arconada (por eso soy de la Real) y donde (igual piso los años 90, no sé) un chaval como yo se levantaba a las 4 de la mañana para ver un combate de Forest Whitaker contra el Poli Díaz. Me permitiréis decir que una vez vi al Potro de Vallecas en Lavapiés, descargando cajas de cartón de un camión, en la puerta de una tienda China al por mayor, y me corté de decirle: -Poli, yo me levanté a las 4 de la mañana para verte boxear-. Por cierto, que tuve a un alumno exboxeador que fue amigo suyo y me contó su historia… pero esa da para otro artículo.


En los 80 cada disco de Mecano era memorizado por todos. Donde los Inhumanos y los Toreros Muertos eran cantados por los chavales del barrio antes de jugar un partido de fútbol que se acababa cuando anochecía, y ya no se veía el balón, o cuando tu madre te llamaba por la ventana para decirte: -Juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaan Antoniooooooooooooooooooooo… sube pa casa que hay que cenar… o que ha venido tu tía Josefaaaaaaa.


Los años 80 era esa época donde nos tirábamos por un tobogán en el que en el borde de la rampa te podías encontrar un hierro oxidado, un avispero del tamaño de un balón de playa de Nivea o un alacrán de las mismas dimensiones que el pechito de Lorenzo Lamas. Donde los chavales podíamos ser ingresados por jugar en los columpios sin que afectase demasiado a tus padres y no como ahora, que si un niño se cae en el parque, el barrio entero se silencia, se llama al 112, aparecen helicópteros de la Guardia Civil, un forense se presenta, cuatro unidades de la prensa llegan al lugar de los hechos y una reportera de Equipo de Investigación acorrala al presidente con intención de enchironarle por delito de sangre.


En los 80 nuestras madres nos ponían a emparejar calcetines, a quitar los garbanzos negros que había comprado a la misma gitana que decía 5 bragas a 200 pesetas y donde veíamos Eurovisión toda la familia junta, para ver cómo ¿Quién maneja mi barca? quedaba última, con cero points. En los 80, Juan Pardo era el más guapo, Perales, el más sensible y Sabina se sacaba las oposiciones a mejor poeta.


En los 80 todos teníamos un vecino maricón del que nos reíamos. Al vecino depresivo le llamábamos “el raro” y el que tenía las orejas grandes era denominado “Dumbo”. Los profesores tenían motes dolientes. Y ser hijo de un maestro era una putada. Donde Doña Soledad fumaba en clase en 2º de EGB y si Don Jesús te daba una hostia con la mano abierta tu padre te preguntaba: ¿qué has hecho para que te pegue? Donde las paredes de las aulas tenían un crucifijo (esto en mi caso… Salesianos, Badajoz), al Rey Don Juan Carlos, al papa Juan Pablo II y a la Virgen María Auxiliadora, y no teníamos decálogos de comportamiento, ochos de Marzo ni sensibilización con el medio ambiente. Jugábamos entre construcciones con hierros punzantes, ortigas, cristales y donde nos divertíamos molestando en los descampados a parejas jóvenes que hacían el amor en su Simca Mil.
Pero también es verdad que los colegas (igual ya eran los 90) nos jurábamos amistad. Recuerdo una vez, en el Cerro de Reyes (Badajoz), en que mi amigo Jose y yo nos dimos un puñetazo en la cara para jurarnos fraternidad eterna. Donde mi amigo Antonio (eran los 90, definitivamente) me sacó la cabeza del Guadiana tras mi primera borrachera, donde hice trompos con mi amigo Alberto en la Feria de San Juan nada más sacarme el carné (o incluso sin haberme sacado el carné) o donde con mi amigo Ale acababa bailando OBK cuando cerraba la discoteca porque ninguna chica nos hacía caso. Los 80 no son ejemplo de nada, (Gadea, amor. ¿Entiendes?) Pero eran nuestros años. Había heridas, sí, muchas, pero nuestras madres nos las curaba con su todopoderosa saliva.


En los 80 no existía el gluten, el exceso de proteínas, el azúcar era bueno y tu padre se calzaba tres güiscazos mientras tú te jugabas la vida en el tobogán de enfrente o te escondías debajo del escenario de la plaza, donde está la banda de turno, en las fiestas de tu pueblo, mientras tocan Hombre Lobo en París, de La Unión. Y lo tocaban mal. Y nos íbamos solo a casa, con miedo, pero con la seguridad de saber que puedes hacer la patada de la grulla (la de Ralph Macchio en Karate Kid) si te encuentras a un malo o, igual, estabas pensando si tu vecino Claudio te va a llamar al día siguiente para emular a Maradona en el 86 en medio de la carretera de tu calle. Porque en esa época los coches frenaban si había un partido de fútbol de chavales en medio de la carretera. Donde las porterías las delimitaban abrigos, mochilas o un surtido de ramas caídas.


Los 80 tenían luces y sombras, sin duda. Era la época en que éramos libres de la censura social. Donde éramos cerriles en algunas cosas, pero libres en otras. Donde creíamos que tocábamos el piano porque aporreábamos en el Casio pt10 aquel inicio de The Final Countdown, de Europe. Y todos cantábamos Adiós, papá, de Los Ronaldos. Donde íbamos con nuestros padres al videoclub a alquilar películas de Pajares y Esteso, el Evasión o Victoria o el Rocky, de Sylvester Stallone. Y nadie te lo reprochaba.

Los 80 eran terribles: inseguridad, ingenuidad, falta de sensibilidad social, incomunicación… y sí, quizá no fueron los mejores años de la historia, pero eran nuestros años, pardiez. Donde nos hicimos personitas. Donde elegimos quién queríamos ser. Y donde se decía en la revista Supertele que “Chanquete muere el domingo”; y no había tanto problema con lo de spoiler, spoiler, spoiler… que nos hemos vuelto tontos con lo de “no me hagas spoiler”, que hemos llegado a un punto en que hay que pensarse si decir que Jesucristo muere en Semana Santa.


Los 80 eran tremendos, como lo serán para mis hijos los 20 cuando ellos pasen los 40 palos. Porque ninguna década era perfecta; pero los años 80 eran los más nuestros.
E, igual, esta noche, me pongo en bucle los mejores momentos de Ni en vivo ni en directo, así, a lo tonto. O igual saco la guitarra y me pongo a tocar Quiero beber hasta perder el control, de Los Secretos, hasta que no haya mañana. O me pongo a mirar las fotos de mi pandilla en plan nostálgico. Y echo una lagrimilla… porque seríamos unos hijos de puta… pero sensibles, oiga.
O me pongo a cantar Esos ojos negros, de Duncan Dhu… y me da igual que cualquiera de mis hijos tenga examen el viernes… hasta que no se aprendan Esos ojos negros, mis hijos, no se van a la cama. Por mis huevos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.