El misterio como verdad emocional: Porqué necesitamos la ficción oscura | Por Nuria Fernández Bermejo
¿Alguna vez has sentido una conexión emocional profunda con una historia de terror o suspense? A menudo, cuando alguien habla de historias de esta índole, nos vienen a la cabeza elementos muy concretos: crímenes, psiques perturbadas, rompecabezas, motivaciones oscuras, moralidades grises, secretos, fenómenos sobrenaturales… Ingredientes que conforman relatos que conectan con la dimensión sombría del ser humano, con su cara B, esa que, como sucede con nuestro satélite, permanece oculta, aunque sepamos que está ahí. Esa dimensión sombría, que podríamos bautizar como «ficción oscura» (y que comprende, pero no se limita a, las obras de suspense y terror), explora los rincones menos amables de la mente humana, haciendo un retrato psicológico crudo y, sobre todo, profundamente arraigado a las emociones más primarias que nos atraviesan. Aunque la ficción oscura no suele asociarse al mundo emocional y sentimental del ser humano, como sí ocurre con la poesía o el romance, es indivisible del mismo. Algunas emociones no soportan el foco directo de lo obvio: necesitan ser reflejadas a través de la penumbra, del secreto, del refugio que ofrece la oscuridad. Cuando leemos una novela policíaca, muchas veces no nos importa tanto quién cometió el crimen, sino el porqué: la verdad emocional que hay detrás de un hecho atroz. Esto sucede porque el misterio no es solo una herramienta narrativa: es una forma de sentir el mundo cuando lo racional no es suficiente.
A veces el misterio no se trata de ocultar la verdad, sino de revelarla de una forma más honesta, menos edulcorada. El misterio ha sido una constante en la literatura y el arte desde los mitos y leyendas hasta los thrillers actuales. No se limita a la intriga policíaca, sino que se ha vuelto un lenguaje único para hablar de lo reprimido, lo ambiguo, lo contradictorio y lo que no se puede (o no se quiere) comprender. En estas historias, la capa emocional y el retrato psicológico de los personajes son elementos esenciales, más que el rompecabezas en sí mismo.
ATENCIÓN: A PARTIR DE AQUÍ HAY SPOILERS DE REBECA (1940) Y VÉRTIGO (1958).
En Rebeca (1940) de Alfred Hitchchock, basada en la novela homónima de Daphne du Maurier, podemos ver un buen ejemplo de ello. Esta obra de ficción oscura tuvo un gran impacto como thriller psicológico y sigue siendo considerada hoy un clásico del género, habiendo influido en multitud de obras posteriores. La trama gira en torno a una flamante pareja formada por una joven humilde y un aristócrata que deciden casarse poco después del fallecimiento de la esposa de él: Rebeca De Winter. Juntos, se mudan a Manderley, la mansión que todavía sigue impregnada de la presencia de Rebeca. Todo en Manderley lleva tatuado el recuerdo de la difunta señora De Winter, desde las personas (destacando la obsesiva devoción de Danvers, el ama de llaves, que algunos teorizan que podría ser un subtexto enfermizo de la homosexualidad femenina bajo la mirada de la época) hasta los objetos con una «R» grabada. Rebeca, que nunca aparece en la pantalla, se nos presenta como una mujer perfecta e inalcanzable, admirada por todos, pero con preguntas inquietantes sin resolver, como su muerte en extrañas circunstancias. La nueva señora De Winter, una mujer tierna e impresionable, se siente asfixiada por una persona que ni siquiera está viva. La historia explora, de manera magistral, las inseguridades, los celos y el poder de los recuerdos. Se aborda la angustia de la protagonista, que constantemente parece estar condenada a una posición de inferioridad respecto a Rebeca. La difunta señora De Winter se convierte en un fantasma que la persigue, aunque jamás vemos aparición espectral alguna en pantalla. Rebeca es un retrato de la influencia persistente de la memoria y las apariencias, del miedo al rechazo y a no ser suficiente. También se aborda la lealtad perversa, retratada en el ama de llaves (la escena en la que anima a la nueva señora De Winter a suicidarse es terriblemente inquietante), la usurpación de la identidad y las diferencias de clase. Todo ello añade tensión al misterio: la protagonista no solo enfrenta el enigma de Rebeca sino también las expectativas opresivas de una clase a la que no pertenece. Poco a poco, se va revelando la verdadera naturaleza de la difunta señora De Winter, así como los motivos reales de su muerte. Es entonces cuando la protagonista descubre que Rebeca en realidad era un ser despreciable y que su esposo la odiaba profundamente. La sensación que se transmite al espectador es que Rebeca era tan perversa y poderosa que, incluso después de fallecer, sigue siendo capaz de arruinarle la vida al que fue su esposo, como una maldición que nunca se termina. El final, liberador y catártico, no está libre de emociones intensas: la venganza y la obsesión de Danvers, hasta el punto de entregar su propia vida por lealtad hacia Rebeca.

Continuando con la filmografía de Hitchcock, Vértigo (1958), basada en la novela de Boileau-Narcejac, es otro buen ejemplo de cómo el misterio es un vehículo para expresar las emociones más humanas. Adelantada a su tiempo, no fue apreciada en su estreno, pero con el paso del tiempo su influencia y prestigio han crecido hasta convertirse en un referente del cine de suspense. La trama se centra en Scottie, un exdetective que recibe un extraño encargo de un viejo amigo: espiar a su esposa, Madeleine, que se comporta de forma inusual y parece obsesionada con su pasado. El título de la película se refiere al padecimiento de Scottie: miedo a las alturas, vértigo, causado por un trauma en el que un compañero suyo de la policía murió intentándole salvar, cayendo al vacío. El filme empieza con esa secuencia aterradora y que conecta con el epicentro de todo: un trauma que desencadena una fobia atroz. La primera parte de la película es contemplativa, y en ella vamos observando el comportamiento cada vez más enigmático de Madeleine y su obsesión por su antepasada Carlota Valdés. Poco a poco vamos notando el peso de la sobrenaturalidad en el relato y los sucesos nos acaban conduciendo a una conclusión imposible: Madeleine está poseída por el espíritu de Carlota o, al menos, eso nos hacen creer. A este punto, Scottie ya ha desarrollado una obsesión por Madeleine y el misterio que la envuelve, enamorándose de ella… ¿O es de Carlota de quien se enamora? En mitad de toda esa vorágine emocional, sucede algo que revive el trauma de Scottie: la supuesta muerte de Madeleine en el campanario. Con dos muertos sobre su conciencia, aquí es donde el filme pasa del relato de amor y fantasmas a un relato mucho más siniestro, en el que Scottie poco a poco se va transformando en un hombre dispuesto a hacer lo que sea para recuperar a Madeleine, que, en realidad, es un personaje creado para embaucarle. Así, Scottie se enamora de alguien que no existe, de una proyección. El filme explora temas oscuros y arriesgados, como la necrofilia simbólica: la idea de amar a un fantasma, en este caso, el supuesto fantasma de Carlota Valdés. El romance tiene un peso enorme en la película, no en vano posee una de las escenas más romáticas del cine: el beso entre Scottie y Madeleine, con las olas de fondo. Una vez más, la ficción oscura, en este caso el suspense, demuestra tener una fuerza emocional enorme al poseer una de las escenas románticas más impactantes de la historia del cine.

En la parte más inquietante de la cinta, Scottie conoce a una joven, Judy, que le recuerda a Madeleine (no en vano, era quien interpretaba el personaje, pero él no lo descubre hasta el final) y entonces el tono de la película vira del romance a la obsesión enfermiza: Scottie transforma a Judy en el vivo retrato de Madeleine, despojándola de su identidad. Vértigo se convierte así en una obra de suspense que en realidad es un retrato de la obsesión, la culpa, el deseo, el miedo, el trauma y el amor llevado a dimensiones que rozan lo sobrenatural y lo insano. Es una disección cruda de la psique humana, porque al final todo lo que sucede es humano: no hay fantasmas, ni hay nadie que regrese de entre los muertos. Lo que hay es un hombre profundamente traumatizado por la culpa, instrumentalizado por su pánico a las alturas para ser el testigo perfecto de un crimen: el asesinato de la verdadera Madeleine. Un hombre que acaba siendo víctima de su propio miedo y obsesión. Judy, por su lado, es la mujer que está dispuesta a perder su propia identidad para ser amada. Madeleine no deja de ser la encarnación del deseo de Scottie, el reflejo de sus sueños imposibles. El final parece el cumplimiento de una maldición, donde Scottie es capaz de superar su fobia a costa de perder lo que más quería, todo por perseguir una obsesión hasta las últimas consecuencias. La muerte (esta vez real) de Judy deja una sensación de vacío y, a la vez, de fatalidad extrañamente inevitable.

HASTA AQUÍ LOS SPOILERS DE REBECA (1940) Y VÉRTIGO (1958)
Podría extenderme hablando sobre las maravillas técnicas de esta película y de la anterior, pero me limitaré a mencionar un aspecto clave que conecta íntimamente con la dimensión emocional de cada cinta: Rebeca, rodada en blanco y negro, destaca por sus juegos de luces y sombras fantasmales, mientras que Vértigo sobresale por el uso inteligente del color. En una, se potencia el tono ominoso de la obra, subrayando lo lúgubre, creando sombras y reflejos inquietantes, tanto que, aunque nunca vemos nada, parece que la mismísima Rebeca acecha en algún rincón de Manderley. En Vértigo, en cambio, el color es una herramienta más para transmitirnos emociones: el rojo cuando Madeleine aparece en el restaurante por primera vez, el verde fantasmal que envuelve a Judy cuando reaparece, el gris del traje de Madeleine y el dorado de su cabello como símbolo de su identidad, los tonos oscuros y monocromáticos de la última escena… Al final, ambas cintas utilizan diferentes recursos, para plasmar un misterio que necesita ser resuelto y, sobre todo, para retratar las emociones y la psicología que hay detrás de él.

Los enigmas pueden funcionar como espejos emocionales. Como hemos visto, el misterio no deja de ser una forma de hablar de las heridas que no se quieren nombrar: lo reprimido, lo que nunca se dice explícitamente. Aquello que no podemos o no queremos nombrar, pero que sí sentimos en lo más profundo de nuestro ser. Muchas veces no se trata de la resolución lógica de los hechos, sino de la humanidad que hay detrás de ellos. Eso es lo que más nos fascina. Una resolución lógica y sorprendente es algo que se valora y gusta, pero lo que realmente conecta con las personas es esa dimensión emocional a la que no se le presta tanta atención. Rebeca es una historia de misterio bastante mediocre, si nos quedamos únicamente con los elementos lógicos y tangibles. Lo mismo sucede con Vértigo. Al final, el suspense no es más que una herramienta para contar cómo sienten los personajes, sus pasiones, sus deseos y sus miedos.
ATENCIÓN: A PARTIR DE AQUÍ HAY SPOILERS DE LA HIJA DE LA NOCHE (2004)
Otro buen ejemplo, ya moviéndonos al terreno literario, es La hija de la noche (2004), de Laura Gallego. Aunque esta autora se ha especializado en la fantasía, esta breve novela de suspense es, para mí, una de sus mejores obras. Nos movemos a la Francia del siglo XIX, a un pueblo rural llamado Beaufort. El libro retrata a la misteriosa Isabelle, que regresa a su pueblo natal tras irse en busca de su amor, un noble llamado Philippe de Latour. Isabelle es, durante toda la historia, un personaje cuyo valor reside casi enteramente en lo que no nos cuenta. Su primera aparición ya está envuelta de sorpresa: la transformación de Isabelle, de una mujer humilde a alguien que parece de clase alta, con ese aspecto frágil y esa elegancia casi fantasmal que la envuelve, por no mencionar su extraña decisión de alojarse en la desangelada y vetusta mansión Grisard (que, por cierto, recuerda a Manderley). Su vuelta a Beaufort se ve acompañada de sucesos extraños, que investigará Max Grillet, el gendarme. Así, Gallego nos sumerge en una historia detectivesca, donde lo sobrenatural no se muestra directamente, pero se intuye durante toda la historia. La dimensión emocional tiene, una vez más, mayor peso que el misterio lógico en sí. El libro abre sus puertas con una cita de Paulo Coelho, que comprenderemos en su totalidad al final del libro: «El amor nos da fuerzas para tareas imposibles». Gallego trata en la obra temas tan poderosos como el amor trágico y el sacrificio. Isabelle se nos presenta como una mujer físicamente débil, endeble y pálida, pero psicológicamente más fuerte que el resto de los personajes juntos. Soporta los prejuicios de todo el pueblo, el peso de ser una figura incomprendida que nunca encaja en ninguna parte, mientras es capaz de sacrificarse casi hasta la muerte por el amor que la atraviesa. Los actos extremos, el amor prohibido, la dualidad razón vs. Superstición, la soledad y el miedo a lo desconocido que sacude al pueblo entero, son algunos de los temas que toca el libro que, a pesar de ser juvenil, no le teme a la profundidad. La historia realiza un retrato psicológico de los personajes de una forma sutil per certera. ¿Dónde están los límites de la moralidad cuando se trata de salvar al ser amado? ¿Isabelle es una villana, una víctima o una heroína trágica? Queda en el lector decidirlo, y ahí reside la magia de la historia. La estructura de misterio, con pistas esparcidas y revelaciones graduales, es una herramienta formal al servicio de la emoción: genera suspense, sí, pero también empatía y expectativa. Laura Gallego utiliza una narración accesible, pero atmosférica, un ritmo dosificado y una imaginería gótica ligera como vehículo formal para que el lector experimente el suspense, el romance y finalmente la catarsis de la historia. El peso de la lealtad y la esperanza tampoco es baladí: al final, es algo que va ligado de forma inevitable a los sacrificios por amor. También, cabe destacar cómo Max, el gendarme, empieza la historia como un observador que quiere discernir la verdad y termina involucrándose afectivamente, casi al punto de enamorarse de Isabelle, lo cual es un buen ejemplo de cómo el suspense es indivisible de los sentimientos de los personajes.
HASTA AQUÍ LOS SPOILERS DE LA HIJA DE LA NOCHE (2004)
Algo que tienen en común todas estas historias es que emplean, cada una a su manera, la oscuridad como forma de belleza. El misterio no es sólo tensión, es la estética de la pausa, del silencio y la sugerencia. Lo bello no siempre es claro o luminoso, a veces es sombrío, incierto, melancólico o lúgubre. A veces, aquello que no decimos es lo más real, lo más íntimo, lo que más nos sacude emocionalmente. Quizás por eso necesitamos estas historias. No sólo por la intriga, ni por el placer de desentrañar un enigma, sino porque algo en ellas nos devuelve una imagen distorsionada, pero profundamente honesta, de lo que somos. La ficción oscura, con su velo de misterio, no nos aleja de lo humano: nos acerca a ello. Es un lenguaje que no consiste en palabras sino en silencios, miradas, acciones, intenciones y anhelos. Cuando el suspense deja de ser un mero recurso narrativo para convertirse en una forma de sentir, entonces, y sólo entonces, nace una historia que permanece.
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