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El hotel de los espejos | Por Anate Rivera

El hotel de los espejos | Por Anate Rivera

De repente, sin saber aún por qué, se sintió atraído por aquella ciudad jamás visitada.  Solía atender corazonadas, se sabía intuitivo, un pálpito había marcado cada punto de inflexión de su vida: la renuncia presentida de un vuelo, que acabaría estrellándose en los Alpes suizos, lo libró de la muerte; el cambio irreflexivo de universidad, en mitad de un curso, le permitió conocer a la mujer de su vida; obsesionarse con un número que resultaría premiado engrosó su cuenta bancaria. Humberto era de los que usaban amuletos, creían en las señales y el pensamiento mágico. Encontrarse en Budapest, recogiendo urgido su maleta de la cinta transportadora, no iba a ser ninguna casualidad. Paulina lo había animado a seguir su instinto infalible, temerosa, no obstante, de que algún nuevo impulso de su marido pudiera convertirla en su ex mujer.

Se había decidido por el Hotel Tükör, llevado por la sincronía de estar visitando su página web y el súbito resquebrajamiento de la luna del tocador, en el que había instalado el portátil. Era famoso por su colección de espejos de todos los estilos, formas y tamaños, de ahí su nombre.

Portando el equipaje, con expectación e intriga, aunque también nervioso, se subió a un taxi en el que calmar los ánimos, disfrutando la contemplación de la belleza imponente del Parlamento, gótico tardío; cruzando el Puente de las Cadenas, que descuartiza la ciudad y el nombre, a un lado Buda, al otro Pest; admirando el Bastión de los Pescadores con su mezcla de estilos, así como la majestuosidad del Castillo de Buda, actual residencia de reyes. Se dejó sorprender por el Danubio, que nada tenía de azul; alguna historia había oído sobre soldados ahogados en él, cuyos uniformes tiñeron las aguas.

Depositado a las puertas del hotel, entró ciertamente ansioso, prendado de aquel inmenso vestíbulo de paredes decoradas con espejos. Los recorría con la mirada admirativo cuando en su deambular se encontró frente a su propia imagen de cuerpo entero. La observó suspicaz, algo no le cuadraba, él todavía llevaba la maleta, en cambio la de su reflejo reposaba a los pies; su mano libre retirada en el bolsillo del abrigo marengo, su reflejo se la había llevado a la boca; abrió los ojos de par en par, como ya los tuviera su imagen enfrentada, además el otro abrigo no era gris sino marrón. Se desplazó hacia un lado, el reflejo no se movió. Hasta que un botones uniformado no atravesó el marco de estaño repujado, no se percató de que no se trataba de un espejo, sino del vano de una puerta. Aquellos dos seres idénticos se fueron acercando lentos, incrédulos, conteniendo la respiración. Ambos sabían que habían sido entregados en adopción, pero de esto otro nadie les había contado nada.        


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