Cuando el mundo oprime, unas personas se rompen y otras se moldean. Ese contraste genera una reflexión: cómo se esculpe una identidad cuando el mundo se vuelve inhóspito.
Desde muy pequeña entendí una cosa: hay batallas que se deben librar en solitario. Lo sabía muy bien esa figura legendaria del folclore chino que inmortalizó el cine: Mulán, la joven que tuvo que armarse de valor para lograr algo que le parecía imposible. Igual que ella, tuve que enfrentarme a ciertos embates porque no existía otra alternativa. De este modo descubrí que las heridas siempre dejan cicatrices, aunque nadie las vea, aunque, a pesar de ellas, todo siga su curso con indiferencia.
No fue una elección consciente: fue instinto de supervivencia. La respuesta de un alma que resiste. La única manera de seguir existiendo en un asfixiante micromundo que solo yo habitaba, mientras fuera todo a mi alrededor resplandecía.
Si te empujan, si nadie te tiende una mano, no te queda más remedio que levantarte tú misma. Fue así: lo intenté, seguí, resistí… Y aun a ciegas, finalmente, pude… ¡Vaya si pude!
En ese tránsito aprendí a ser fuerte, a no pedir, a no esperar, a no detenerme, a desafiar mis límites: sin testigos, sin aplausos y lo que es peor: sin red. Lo mismo que Mulán, también me entrené en la fragua del silencio, mientras los demás, ajenos, disfrutaban del viento a favor. Yo observaba esta escena como espectadora de una película que nunca me incluía; mi papel había sido eliminado del guion sin dejar tachadura alguna;una ausencia que nadie advertía. Un tiovivo de colores que daba vueltas sin mí, porque la mano que debería protegerme convertía la felicidad en una cosa prohibida para mí.
Situaciones de este tipo fueron las que me llevaron a confeccionar un disfraz: otra versión de mí misma capaz de resistir cualquier arremetida. Sin embargo, un día descubrí que ese disfraz se había vuelto piel, y esa piel, identidad.Una forma de estar en el mundo sin ser yo del todo. Un camuflaje que no solo protege, sino que también oculta. Hoy, por dentro resuenan preguntas: ¿cuántas partes de mí quedaron ahí, atrapadas? ¿Cuántas voces internas permanecen sepultadas bajo ese silencio aprendido, tras esa obediencia muda?
Muchas, y, aun así, no me detengo.
Lo más demoledor no siempre es el esfuerzo, sino la forma en que se interpreta. En ese desfase entre lo vivido y su eco en otros surge una forma singular de soledad: la de no sentirse comprendida. La mirada colectiva no calibra con exactitud el peso de una historia ajena, ni el dolor exacto que anida en los suspiros contenidos.
Mulán no solo era fuerte a la intemperie… también al amparo de algo que más que abrigo era trinchera. Porque el coraje no radica solo en lo visible, sino también en lo invisible y en la incertidumbre de no saber si alcanzarás el final deseado. La verdadera fortaleza es comprender que continuar resistiendo no es en vano, aunque el sentido tarde en revelarse, aun cuando nadie lo celebre. De hecho, aquí estoy, en pie, cual árbol que enraizó en tierra árida, nutriéndose de lo que muchos habrían llamado “nada”.
Para algunos, el destino es una ruta conocida; para mí, un sendero que he ido trazando mientras avanzaba, sin mapa, sin respaldo, abriéndome paso entre la maleza. No me quedé esperando a que algo mejorara. Simplemente acepté que hay personas a las que no se puede cambiar, que por muy cerca que estén, siempre se sentirán lejos, en otra dimensión. Mas, en medio del frío inexorable que deja la carencia y el vacío, desarrollé una determinación capaz de construir andamios firmes, incluso sobre los fragmentos de una niña completamente rota.
En ciertos momentos me repito en voz baja este mantra: No, no fue casualidad. Mi destino no es un regalo: es una conquista personal.
Estas son las enseñanzas que hoy comparto: que cada uno carga sus propias batallas, que la resiliencia no siempre hace ruido y que avanzar un paso puede llegar a ser un acto de heroísmo capaz de cambiarlo todo. Recuerda a Mulán: su lucha no empezó en el campo de guerra, sino en su interior, cuando dejó de esconderse por temor a no encajar, decepcionar o no ser suficiente… Y, pese a todo, lo logró. Esa es la épica de lo íntimo que merece ser contada, aunque solo sea para salvarla del derrumbe del olvido.
Así que, nunca te rindas.
© 2025. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.
Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.
Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.
Orientadora Escolar.
Escritora.
Coach de víctimas de maltrato psicológico.
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