Algunas veces reflexiono sobre ciertos temas, los cuales para entenderlos hay primero que acudir a los datos y a partir de ellos, sacar conclusiones, buscar sus causas y en definitiva, hacerse una configuración en la cabeza que encaje todas las piezas del puzle.
Reflexionando un día con un buen amigo, acerca del coste de la vida, me exponía como ejemplo demoledor de la terrible subida que ésta ha experimentado, como cuando nosotros éramos niños, en nuestra familia trabajaba sólo nuestro padre, mientras nuestra madre cuidaba de la casa, los hijos, las labores domésticas en general; pues bien, él solo, fue capaz a base de trabajo duro, de sacar adelante a toda la familia, que en aquel tiempo no era infrecuente que fuera de más de dos hijos. Ellos solos a lo largo de su vida laboral, habían conseguido una vivienda, vehículos, habían dado estudios a los hijos, y en muchos casos, habían conseguido una segunda residencia, viajar de vez en cuando y en definitiva, obtener una mejora de vida que en los tiempos en los que vivimos parece antojarse como un imposible.
Bien es cierto, que hoy día disponemos de una serie de comodidades, servicios, bienes de consumo y demás, que hace cuarenta años ni siquiera existían, pero no es menos cierto, que también gastamos y hacemos uso de gran parte de nuestros recursos en cosas que no necesitamos y que se consumen por una artificial necesidad que nos han creado y que voluntariamente hemos hecho formar parte de nuestra vida.
Pero ese tema, quizás forma parte de esas causas o consecuencias a las que antes me refería, antes de ello, quiero analizar algunos datos a los que he accedido para escribir este artículo.
La subida en el coste de la vida se explica técnicamente con el concepto de la inflación, para aquellos no avezados en la materia, diremos que la inflación es “el crecimiento general del nivel de precios de consumo en una economía” (Fuente: Banco de España, 2.026).
Para que todos lo entendamos, viene a significar, que la subida del nivel de los precios en los productos de consumo, hace que nuestro dinero pierda valor, ya que, si los precios aumentan, podremos comprar menos productos con la misma cantidad de dinero, perdiendo poder adquisitivo. Imposible no acordarse del clásico reportaje de televisión en el que entrevistan a las señoras en el mercado diciendo que antes con cincuenta euros llenaban la bolsa de la compra y que ahora no se llena ni la mitad, o como no, el precio de los carburantes, los cuales últimamente, a cuenta de las guerras de Ucrania y de Irán, han disparado su coste, inflaccionando la economía de todos los países.
Centrándonos en España, si partimos de la post guerra y los años cuarenta, con una economía devastada por el conflicto bélico, los precios se mantuvieron controlados, por escasez, control gubernamental y otros motivos, hasta que ya en los cincuenta empiezan una escalada imparable, que no ha dejado respiro ni un solo año hasta nuestros días.
El acumulado desde entonces hasta ahora ha hecho que todo cueste mucho más que entonces, y eso que, los picos de inflación que se miden con el IPC anual, han tenido subidas en otros tiempos, impensables a día de hoy. Véase que si en el año 2.022 el IPC llegó a subir hasta un 8,87%, en 1.958 lo hizo un 14,54%, en 1.965 un 16,37% y en 1.977, ojo al dato, un 27,82%, durante los años ochenta lo usual era que cada año oscilara entre el 16 y el 4%. Estos bruscos picos, respondían en parte a ciertos acontecimientos puntuales y sobre todo a la incorporación progresiva de nuestro país a la esfera internacional, acompasando su coste de vida a economías, especialmente la media europea, que iban muy por delante de la nuestra. La incorporación de España a la Unión Europea y los mecanismos de control tanto locales como de la Unión, han permitido desde entonces que el IPC se modere y estabilice, evitando subidas bruscas, pero no pudiendo evitar que el acumular subidas año tras año, provoque el encarecimiento del coste de la vida al que me estoy refiriendo.
Con datos actuales en la mano (INE y Banco de España), resulta que el salario medio neto mensual en nuestro país oscila entre 1.600 y 1.700 €, con grandes diferencias entre unas CC.AA. y otras, resultando que, igualmente como media nacional, una pareja para vivir necesita entre 1.800 y 2.500 € netos mensuales y si ya se tienen uno o dos hijos, esta cifra sube a entre 2.500 y 3.500 € mensuales.
Dependiendo de la localidad en la que se resida, las diferencias también son muy notorias, así en ciudades como Madrid, Barcelona y Palma, se necesitan en torno a entre 1.800 y 2.000 € mensuales para disponer de un estándar de calidad de vida, mientras que esto mismo se puede obtener por entre 1.100 a 1.200 € por persona y mes, en otras ciudades como Lugo, Jaén, Cáceres o Zamora.
La vivienda, sea en régimen de propiedad o de alquiler es el principal gasto mensual de cualquier hogar, en lo que ya se ha convertido hace tiempo en el principal problema de este Pais. (Recomiendo la lectura de mi artículo “Acerca del problema de la vivienda en España”, publicado en elescritor.es, marzo de 2.025).
Con este panorama, en un mundo donde las tensiones económicas a nivel global, los acontecimientos geopolíticos y cualquier circunstancia de índole económica, termina reflejándose en una subida de precios en el bolsillo del consumidor final, es obvio que esa inflación a la que hacíamos alusión, hará que cada vez podamos adquirir menos si disponemos de lo mismo, cuando no de menos, por lo que la calidad de vida tenderá a empeorar. O se empieza a renunciar a gastos superfluos, innecesarios o artículos de lujo e innecesarios, que sería el camino más lógico para equilibrar la balanza, o Usted tiene la capacidad de generar más dinero mensualmente, lo cual suele ser más difícil para la mayoría; ambas opciones son válidas ya que parece que la tendencia inflacionista es algo que no se va a detener o al menos no se atisba un escenario lógico que así nos lo muestre.
Si la generación de nuestros padres, como decía mi amigo, pudieron sacar a delante ellos solos una familia, creando un patrimonio, la nuestra a duras penas obtiene los recursos para mantenerse en un pseudo estado de bienestar, ganando para pagar y con dificultades para el ahorro, siendo la vivienda algo al alcance de pocos; pero lo peor es que la generación que viene a continuación de la nuestra, apunta a que va a tener incluso más dificultades, con lo que o se ponen alternativas desde la clase política y los consumidores empezamos a renunciar a cosas que hemos hecho ya nuestras considerándolas indispensables, sin serlo, o lo que está por venir será duro y para los jóvenes, especialmente duro.
Mayo de 2026.