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Los herederos de Flandes Fields | Por Patrizia Gaell

Los herederos de Flandes Fields | Por Patrizia Gaell

Es sabido que, en Occidente, las amapolas rojas se han relacionado desde tiempos inmemorables con la muerte, el consuelo y el recuerdo. En su epopeya La Ilíada, Homero ya utilizó esta frágil y efímera flor para aludir a la muerte de un guerrero en el campo de batalla —la planta dobla su corola tal como lo hace la cabeza de un soldado tras la agonía—. La comparativa amapola-muerte se utilizó también en las crónicas sobre las guerras de coalición o napoleónicas, cuando se refleja a estas vívidas y solitarias flores brotando copiosamente sobre las fosas en las que yacen los soldados caídos.

Sin embargo, la difusión mundial de este símil poético se alcanza durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Aparecen en ese momento multitud de poemas, escritos por poetas soldados y soldados poetas, que relatan la atrocidad de la guerra en un intento banal por aliviar el alma de los horrores sufridos. Célebre entre ellos por antonomasia es In Flandes Fields, del John McCrae, poeta, médico y oficial militar canadiense. In Flandes Fields, escrito durante la estancia del teniente coronel McCrae en la Segunda Batalla de Ypres, en Bélgica, es un hermoso y sobrecogedor poema en el que la amapola aparece como guarda y custodia de las almas de los soldados vencidos en batalla. Así, campos enteros de cruces donde se agitan las amapolas son el escenario a través del cual el poeta ensalza la valentía de las víctimas y les da voz para que alienten a sus hermanos a mantener la fe y a proseguir la lucha: «Proseguid nuestra lucha con el enemigo. Nuestros brazos magullados os extienden la antorcha. Sea vuestra para mantenerla siempre en alto. Si perdéis la fe en nosotros, los muertos, no encontraremos descanso, aunque las amapolas florezcan en los campos de Flandes». El poema se usó para llamar al reclutamiento y pronto se convirtió en elegía a los militares fallecidos en batalla.

Homenajeando póstumamente a John McCrae, que cayó en combate en enero de 1918, ese mismo año la profesora estadounidense Moin Michael escribió otro poema como respuesta al del teniente coronel. Lo llamó We Shall Keep the Faith, y en sus versos el potente rojo de la amapola se relaciona con la sangre y aparece como símbolo de valentía y honor: «Nosotros también apreciamos el rojo amapola. Crece en campos donde el valor conduce; parece señalar a los cielos que esa sangre de héroes nunca muere». Moin Michael cierra el poema adquiriendo el compromiso del pueblo de llevar siempre una amapola roja en su pechera como recuerdo latente hacia los perecidos en la contienda. Desde entonces, pues, se convirtió en tradición en cualquier acto conmemorativo hacia las víctimas llevar con orgullo esa flor en la chaqueta.

Otra de las respuestas a In Flandes Fields, no tan notoria como la de la profesora Michael pero no menos importante, es el poema The Answer, escrito por el teniente J.A. Armstrong y rescatado por la enfermera Ella Jane Osborn, que lo transcribió en las páginas de su diario personal fechándolo el 29 de julio de 1918. El yo poético aquí no es otro que el de los soldados que siguen sirviendo en el frente. Se trata de la aceptación de la lucha y la toma de la simbólica antorcha con la que en el poema de McCrae las almas de los fallecidos en combate pasaban a sus hermanos el relevo. El poema deja constancia de lo inquebrantable que es la fe de los que prosiguen la batalla, quienes, asegurando llevar alta esa antorcha, calman a los fallecidos y los instan a descansar y a dormir tranquilos el sueño eterno. «porque todo está bien».

La amapola, por tanto, como símbolo de la muerte. Un símbolo que no pierde vigencia y que sigue y seguirá usándose para narrar todas las atrocidades cometidas en tiempos de guerra. Y es que poco ha cambiado el mundo desde que aquellos valientes como I. Rosenberg, Rupert Brooke o A. Roberston, Wildred Owen, entre muchos otros, iniciasen la transcripción de lo expuesto ante sus ojos y lo vivido por sus almas. Líneas que reflejan la barbarie, el egoísmo, el sufrimiento, pero también la fe, el amor y el anhelo. Versos todos ellos que sobrecogen la sensibilidad humana del que la posee, avivando su imaginación con palabras que, aunque elegantemente vestidas, van dirigidas hacia un horror que nunca debió existir. Pero aunque los relatos se disfracen con belleza y las palabras se cubran con sus mejores galas, la realidad es que infierno se escribirá siempre con las mismas ocho letras.


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