La ética en el ejercicio de la abogacía (Con Óscar Fernández León) | Por Francisco José Chaparro Díaz

La ética en el ejercicio de la abogacía (Con Óscar Fernández León) | Por Francisco José Chaparro Díaz

Hace pocos días cumplí veintiocho años en el ejercicio profesional de la abogacía, son casi tres décadas, en las que me ha dado tiempo a ver de todo, en lo que al comportamiento de mis compañeros se refiere y también he podido escuchar de todo, sobre lo que los clientes y la sociedad en general piensa de nosotros, los abogados.

Nuestro comportamiento profesional, suele responder a cómo somos como personas y es ahí, en nuestra sociedad occidental, donde los valores en los que nos han educado y la ética que nos mueve, juegan un papel muy importante a la hora de definir nuestra manera de actuar y por ende, influirá en cómo se nos vea desde fuera.

He sido recibido para hablar de este tema por Don Oscar Fernández León, compañero de profesión, Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla y también escritor. Desde aquí, mi agradecimiento por su tiempo.

El contorno que me marca Oscar, acerca del ejercicio de la abogacía, se dibuja en torno a que gracias a que es una profesión regulada, los valores forman parte esencial de la misma, ya que su base esencial es la defensa de los ciudadanos. Las habilidades que desempeñamos en post de esta defensa, se encuentran impregnadas de esta ética profesional y se concretan en unos principios deontológicos que presiden su ejercicio y se manifiestan en nuestra conducta. Una abogacía sin ética profesional convertiría esto en una “jungla”, por lo que, esa ética no puede faltar y es algo consustancial a la profesión, sin perjuicio, y esto es importante, de la conciencia de cada uno, donde lo ideal sería que fueran alineadas, redundando en un mejor desempeño personal y una mejor imagen de la profesión en general.

Reflexionábamos como los cambios generacionales influyen en el comportamiento de los jóvenes que ejercen, pues educados de manera distinta a los más veteranos, son el reflejo de la sociedad que les ha tocado vivir; y donde parece que lo material y el dinero, se antepone a estos valores éticos, que parecen diluirse ante la presión del “todo vale”. Me comenta Oscar, que si bien no podemos obviar esa realidad, no es algo propio sólo de los jóvenes, pues hay compañeros veteranos cuyos comportamientos dejan que desear, si bien él aboga por el importante papel que tienen los colegios profesionales, para formar a sus miembros en torno a estos principios y valores, los cuales se han construido durante siglos y que con sus diferentes adaptaciones, se mantienen vigentes hoy día, dando coherencia a nuestra manera de actuar.

Probablemente muchos ciudadanos tengan la percepción de que algunos abogados son el brazo ejecutor de sus empleadores y que en ellos no hay atisbo de ética o valores morales, cuando actúan al dictado de quien les paga. En ese sentido, estamos ante uno de los grandes riesgos de la profesión, la mimetización entre abogado y cliente, donde olvidamos quienes somos y donde se pierde uno de los grandes principios deontológicos, la independencia. El Decano me recalca, que el abogado debe ser independiente, pues de lo contrario, cuando el abogado pierde la objetividad, en beneficio de la subjetividad que de su caso tiene el cliente, se estaría abocado al fracaso.

A veces, los conflictos jurídicos que afectan a los ciudadanos se derivan no ya tanto, de que se apliquen o no los valores, sino de la diferencia entre los valores que impregnan el comportamiento de las partes en conflicto, cuando su ética es diferente. Comentábamos el compañero y yo, el caso de la ciudadana magrebí que defendida por un letrado español, se enfrentaba a una legislación y un abogado de contrario que aplicaba sus propios valores, en los que la mujer no está en el mismo plano de igualdad que en la civilización occidental. Desde nuestra ética hay comportamientos que resultan inadmisibles, mientras que desde la suya se admiten perfectamente, por lo que en la capacidad de entendimiento que tengan los compañeros se hallará la solución al conflicto.

Terminábamos hablando acerca de los retos que en nuestra profesión está imponiendo la inteligencia artificial, pues yo le planteaba que viendo como se está implantando, observo que se está cercenando todo el proceso mental de análisis, síntesis, reflexión y decisión, necesario en la llevanza de los casos jurídicos, prescindiendo además de mano de obra, que está siendo sustituida por herramientas tecnológicas. Parece que la IA viene para sustituir, no sólo a personas, sino también funciones, procesos, y tal vez, a la ética profesional, pues si estamos dejando que la tecnología nos lo haga todo, puede ser que, sin darnos cuenta, nos esté introduciendo una nueva ética o intereses, la de las grandes corporaciones que las programan y venden, en detrimento de nuestros centenarios valores, que nos habían movido en nuestro comportamiento.

Aquí me decía que, evidentemente la IA nos ha permitido cosas muy buenas como la democratización de la información, el alcanzar cotas de trabajo que antes eran impensables y demás, pero que no podemos permitir que al final se anule nuestra voluntad de pensar y en eso, destacaba el papel del Consejo General de la Abogacía Española, junto con su homónimo a nivel europeo, que trabajan velando para evitar que la IA logre cambiar los sesgos y los valores que empapan nuestra profesión, pues se le presupone capacidad para hacerlo.

Concluíamos valorando que afortunadamente a día de hoy, la profesión goza de buena salud, desde el punto de vista ético y que esa visión que se tiene, a veces desde fuera, de que los abogados son personas sanguinarias, interesadas por el dinero, se explica desde la óptica de que la gran mayoría de los temas que nos toca manejar, están muy vinculados a lo emocional o lo material del cliente, pero que esa ética y valores que deben regir nuestro comportamiento profesional, es lo que nos debe hacer evitar que caigamos presa de la falsa realidad de la que se nos ve desde fuera.

No puedo estar más de acuerdo con mi compañero, con el que me he dado cuenta que comparto, aparte de profesión y afición a la escritura, los mismos valores éticos que nos guían en el día a día de nuestro ejercicio profesional, con la grata satisfacción, además, de corroborar que salvo excepciones, la inmensa mayoría de compañeros, estamos en la misma línea. Los desafíos de futuro son enormes, los cambios en la educación de los jóvenes, reflejo de los cambios sociales, las nuevas puertas que abre la IA, etc… ponen a esta profesión ante nuevos escenarios, donde las instituciones colegiales desempeñarán un papel fundamental, a la hora de formar a los colegiados en estos valores centenarios, que han impregnado nuestra profesión y que son, los que están llamados a mantener la coherencia en un oficio, el de abogado, que siendo milenario, se enfrenta a la mayor revolución que ha conocido. 

Junio de 2026.

Francisco José Chaparro Díaz - La ética en el ejercicio de la abogacía
Francisco José Chaparro Díaz – La ética en el ejercicio de la abogacía

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