Escribir para volver a mí | Por Nieves García Aguilera
Todavía conservo el diario que mi madre me regaló en un cumpleaños cuando era niña. Recuerdo perfectamente aquella sensación de abrirlo por primera vez y descubrir que existía un lugar donde podía decirlo todo sin miedo a ser juzgada.
Creo que, sin saberlo, empecé a escribir para sobrevivir.
Después llegaron los poemas, las cartas y las revistas literarias en las que participé siendo muy joven. Durante años mantuve correspondencia con personas que ni siquiera conocía en persona. Y mirando atrás, entiendo que para mí siempre fue más fácil mostrarme a través de las palabras que cara a cara. Había algo profundamente liberador en escribir. Como si aquella escritura se convirtiera en una especie de refugio, en una amiga silenciosa que nunca me fallaba.
Escribía cuando sufría.
Escribía cuando me sentía incomprendida.
Escribía cuando necesitaba escapar de mí misma y también cuando necesitaba encontrarme.
Porque escribir no solo me permitía expresarme. Me permitía existir de una forma más auténtica.
Convivo con TDAH y trastorno límite de la personalidad, dos realidades profundamente relacionadas con la intensidad emocional. Durante gran parte de mi vida no entendía por qué sentía todo de una manera tan desbordante, pero incluso hoy sigo viviendo las emociones con muchísima intensidad. Hay días en los que mi mente sigue siendo un ruido constante y mi mundo emocional parece imposible de ordenar.
Y entonces escribo.
Ahora entiendo que muchas veces la escritura fue mi forma de regular todo aquello que no sabía sostener de otra manera.
Mientras escribía, el caos interno empezaba a tener estructura. Las emociones dejaban de ser únicamente una tormenta dentro de mí y se transformaban en palabras. Y cuando algo logra convertirse en palabra, de alguna manera también comienza a comprenderse.
Eso es algo que he descubierto con el tiempo: escribir no solo libera, también ordena.
A veces vivimos emociones tan intensas que resulta difícil distinguir qué sentimos realmente. Todo se mezcla. Todo duele. Toda pesa demasiado. Pero cuando escribimos, nos detenemos. Observamos. Escuchamos. Nombramos.
Y poner nombre a lo que sentimos puede cambiar muchas cosas.
Muchas personas viven desconectadas de sí mismas sin darse cuenta. Funcionan en automático, sobreviven como pueden, cumplen responsabilidades y siguen adelante sin preguntarse qué ocurre realmente dentro de ellas. La escritura emocional y reflexiva abre precisamente esa puerta: la del encuentro con una misma.
Escribir obliga a mirarse.
Y mirarse de verdad no siempre es cómodo.
A través de la escritura descubrimos heridas, contradicciones, miedos y vacíos que quizá llevaban años escondidos bajo el ruido cotidiano. Pero también descubrimos fortalezas, deseos y partes de nuestra identidad que no conocíamos.
Durante mucho tiempo conviví con una profunda sensación de vacío y con problemas de identidad. Cambiaba constantemente de gustos, de estilo o de forma de mostrarme al mundo, buscando algo que me ayudara a sentirme definida. Como si estuviera intentando encontrarme a mí misma en todas partes sin acabar de reconocerme nunca del todo.
Hoy entiendo que muchas veces escribía precisamente para responder una pregunta que me acompañó durante años: “¿Quién soy realmente?”.
Y quizá esa sea una de las mayores fuerzas de la escritura: permitirnos descubrir quiénes somos debajo de las máscaras, los miedos y las heridas.
Porque escribir también es una forma de escucharse.
Hay pensamientos y emociones que no aparecen cuando hablamos, pero sí cuando nos quedamos a solas frente a una hoja en blanco. Es como si la escritura lograra atravesar ciertas defensas internas y nos acercara a una verdad más íntima y profunda.
En mi caso, escribir ha sido muchas veces una manera de volver a mí.
Es curioso, porque cuando hablamos de escritura solemos pensar en literatura, técnica o creatividad, pero pocas veces hablamos de ella como herramienta de regulación emocional y autoconocimiento.
Y, sin embargo, escribir puede convertirse en un espacio profundamente terapéutico.
No porque sustituya una ayuda profesional —que en muchos casos es necesaria e importante—, sino porque nos ayuda a observarnos con más honestidad y compasión.
A mí me ayudó a entender muchas cosas.
Me ayudó a comprender heridas que durante años no había sabido explicar. A reconocer patrones emocionales. A entender el impacto que determinadas experiencias habían dejado en mí. A ordenar recuerdos, emociones y fragmentos de una historia que durante mucho tiempo sentí rota.
También me ayudó a reconciliarme conmigo misma.
Creo que durante años viví peleada conmigo misma. Con mi intensidad emocional. Con mis cambios internos. Con mi sensibilidad. Sentía que había algo incorrecto en mí. Y escribir fue, poco a poco, una forma de empezar a mirarme desde otro lugar.
Con menos juicio.
Con más comprensión.
Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: escribir es como volver a empezar. Tienes de nuevo la posibilidad de reescribir la forma en la que te cuentas tu propia historia.
Sigo creyendo en la posibilidad de reconstruirnos. No porque la vida no duela, sino porque me niego a pensar que las heridas tengan siempre la última palabra.
Y quizá por eso sigo escribiendo.
Porque cada vez que escribo siento que vuelvo a conectar conmigo. Me ayuda a estar más presente, menos disociada, más consciente de lo que siento y de quién soy. Es una pausa dentro del ruido mental. Un lugar donde puedo respirar.
Por eso escribir forma parte de mi vida cotidiana. Es de las primeras cosas que hago por la mañana y también uno de mis últimos refugios antes de terminar el día.
No escribo buscando perfección.
Escribo buscando verdad.
A lo largo de mi vida, la escritura ha sido refugio, memoria, reconstrucción y también resistencia. Gran parte de mis libros nacen precisamente de ahí: de la necesidad de transformar el dolor en comprensión y de poner palabras a aquello que durante mucho tiempo permaneció silenciado.
En Todo es por algo: Historia de una hija de padres alcohólicos hablo de heridas familiares, trauma y supervivencia emocional. En Más allá de las etiquetas: enamorada del alma, no del género hay también una búsqueda profunda de identidad, autenticidad y libertad interior. Y en ambos casos la escritura estuvo presente como una forma de entenderme y reconstruirme.
Con el tiempo he comprendido que escribir no siempre cambia lo que nos ha ocurrido, pero sí puede cambiar la forma en la que convivimos con ello.
Y eso ya es muchísimo.
Porque cuando el dolor logra convertirse en palabra, deja de ser únicamente sufrimiento. También puede transformarse en conciencia, comprensión y sentido.
Tal vez por eso sigo creyendo tanto en la escritura emocional y reflexiva. Porque no se trata solo de escribir lo que nos pasa, sino de atrevernos a mirar lo que sentimos sin escondernos de nosotros mismos.
Escribir es describir, comprender y acompañar. Nunca juzgar.
Y quizá, en el fondo, escribir sea precisamente eso: una manera de volver a casa dentro de una misma.
Nieves García Aguilera
Escritora y activista contra el estigma de la salud mental
