El poder del reencuentro | Por Lourdes Justo Adán
¿Conoces la conmovedora historia del noble perro Argos?
El rey Ulises (u Odiseo, en la mitología griega) era famoso por su ingenio y habilidad para la guerra. Participó con astucia en muchas contiendas, y se enfrentó a tormentas, sirenas, gigantes y brujas, hasta que, finalmente, regresó a Ítaca, su tierra natal, donde, después de tanto tiempo, todos lo daban por muerto. Allí se vistió de mendigo para no ser descubierto por sus enemigos, los cuales, no solo estaban abusando de la hospitalidad de su hogar, sino que también pretendían a Penélope, su mujer, con el fin de hacerse con el trono y tomar el control del palacio, aprovechando el vacío de poder existente. Esta, para ganar tiempo y evitar un conflicto de carácter sucesorio, prometió que se casaría con alguno de ellos cuando terminara la mortaja para su suegro Laertes, pero como realmente no tenía intención de casarse con ninguno, por las noches deshacía todo lo que había tejido durante el día.
Nadie advirtió la presencia de Ulises: ni su mujer, ni su hijo Telémaco, ni sus sirvientes más leales… El único que lo hizo fue su perro, el incondicional Argos. El anciano animal, otrora bello y vigoroso, yacía ahora lleno de pulgas sobre el estiércol. Al ver a su amo, levantó sus ojos cansados y agitó la cola para indicarle que él sí lo había identificado, demostrando su inquebrantable lealtad. Esta escena tiene una inmensa carga emocional, ya que muestra cómo el animal esperó pacientemente nada menos que veinte años para reencontrarse con su dueño. Sin embargo, Ulises, que no podía desvelar su identidad, solo le ofreció el silencio como respuesta. Esto provocó que una lágrima resbalara por su rostro barbado y andrajoso, conmovido por la pureza de una devoción que había perdurado más allá de la ausencia y el olvido.
¿Qué tal? Dolió, ¿verdad? Mientras que los demás personajes siguieron con sus vidas tras la partida de Ulises, la de Argos se paralizó. No hizo otra cosa más que esperarlo. Pese a las lamentables condiciones en que vivía, logró cumplir su propósito. Lo que sucedió después con el perro, lo podrás encontrar en La Odisea, de Homero.
Para mí, esta subtrama tan emotiva simboliza ese algo, que, a pesar de los años y las batallas, permanece latente e inalterable en lo más profundo de cada uno: nuestro verdadero yo, tan fiel como Argos.
Vivir es una constante lucha por salir adelante; para ello, adoptamos diferentes personalidades según las circunstancias: somos hijos, hermanos, estudiantes, profesionales, amigos, compañeros, padres, vecinos… Aun con toda esta vorágine de roles, nuestro Argos sabe con certeza quiénes somos realmente. Como si intuyese que, en nuestro camino hacia la realización personal, somos arrastrados por un guion dictado por el azar, en una perpetua tentativa de apartarnos de nuestra trayectoria.
Con la madurez que brinda la edad, hacemos balance de nuestro pasado: oportunidades desaprovechadas, decisiones tomadas, experiencias vividas… y nos despojamos de esa corteza polvorienta que hemos generado como respuesta a las adversidades. En este proceso de redención, es probable que sintamos el anhelo de rescatar todo lo que hemos sacrificado, aquello a lo que fuimos renunciando abrumados por las exigencias, como la curiosidad, la necesidad de aprender, de elegir, de disfrutar, de amar, de sorprendernos…
Podríamos definirlo como el reencuentro con un yo al que hemos privado de atenciones, casi siempre por enfocarnos en ese malsano deseo de pertenecer, de cumplir expectativas ajenas, mientras nuestra voz interior se desgañitaba insistiendo en que la verdadera pertenencia comienza por la autoaceptación y el amor racional a uno mismo… Pero no, no la escuchamos.
¿Cuántas veces te has ignorado al ocuparte de lo que se esperaba de ti, renunciando a lo que realmente querías?
Para mí, la autenticidad es el fruto de la introspección, de reflexionar sobre quién soy y quién quiero ser, más allá de las influencias y expectativas sociales. Este proceso, que requiere un enorme ejercicio de honestidad, permite que me conozca genuinamente, sin máscaras que solo me funcionan para encajar en ciertos entornos. Al aceptarme así, me libero de la obligación de ser perfecta ante nadie y me permito el lujo de tomar decisiones alineadas conmigo misma, en lugar de actuar por impulso o sometida a la presión externa, y también me concedo el derecho de equivocarme, porque cada error es parte de mi aprendizaje.
Ser auténtica representa un viaje de retorno, despojada ya de un caudal de creencias limitantes y miedos acumulados. No es una meta sino el valeroso acto de mirarme y aceptar la huella que la vida me ha dejado tras desgastarme; un homenaje a mi singularidad y un recordatorio de que mi existencia posee un propósito per se, aunque no cualquiera sea capaz de verlo o, simplemente, no le agrade. Sé que mi valor no precisa aprobación externa; se nutre de mi aceptación incondicional. Al asimilar este axioma, identifico mi propia brújula, la que me orienta para no aceptar nada que vaya en contra de mis principios o que pueda menoscabar mi autoestima. Además, me ayuda a comprender que mi verdadera serenidad no reside en la ausencia de problemas, sino en la fortaleza con la que los subsano. Cada experiencia deviene en una oportunidad para evolucionar, sabiendo que empuño la llave que desbloquea mi potencial, convirtiendo cada lance en un comienzo prometedor.
Mi proceso de crecimiento personal podría compararse con las palomitas, cuyo grano encapsulaba mi energía oculta, aprisionada en un resistente envoltorio de mansedumbre y conformismo. Las duras circunstancias que atravesé generaron la presión necesaria para impulsar mi cambio, la explosión del maíz. Súbitamente, me evidencié en plenitud, liberada ya de las ataduras que antes me oprimían.
Sí… tras el estallido, me transformé en una persona que parecía completamente nueva; pero no… simplemente estaba silenciada. Este nuevo estado no representa solo una liberación, es también la revelación de mi esencia, que emergió cuando derribé las barreras que otros construyeron para mí. Y al igual que cada palomita tiene una forma única, también yo —que ahora mismo, mientras escribo este artículo, reconozco que me he venido un poquito arriba— me manifiesto de manera irrepetible.
¿Qué he aprendido? Sobre todo, a valorar cada parte de mí, sin sombras. Celebro a diario este reencuentro con mi parte olvidada, esa que siempre ha estado esperándome, como Argos, quien, tras años de ausencia, movió la cola al reconocer a su amo, en señal de una fuerte conexión que nunca se perdió.
Y tú, querido lector/a, también puedes experimentar este reencuentro. No evites esa parte de ti que te sigue esperando. No respondas ignorándola; al contrario, sonríele y elige no distanciarte de ella nunca más. Al reconectar contigo mismo/a, comprobarás que lo mejor que puedes ofrecer son las lecciones que compartas y el ejemplo que des con tus acciones, no solo para enriquecer tu entorno, sino también para enriquecerte a ti.
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Lourdes Justo Adán
Especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.
Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.
Orientadora Escolar.
Docente.
Escritora.
Columnista.
Coach de víctimas de maltrato psicológico.
Bloguera: https://lourdesjustoadan.blogspot.com/
nubeluz174@gmail.com