https://elescritor.es/

Cervantina | Por Altea Cantarero

Cervantina | Por Altea Cantarero

“Cervantina”, me llamaba mi abuelo.

“Cervantina”… como una cervatilla de las letras.

No me recuerdo sin leer, sin escribir. No recuerdo la existencia de un tiempo prelingüístico, una vida sin lectoescritura. Tal vez porque mi madre ha sido siempre maestra y nos inculcó obsesivamente el amor por la lectura, por los cuentos, por los libros, casi como con un reverencial respeto. En mi casa de infancia, para mis hermanas y para mí, leer era más que una buena costumbre. Era un legado, un honor, un placer, un refugio. Un regalo de la vida. Un deber, también, pero un deber hermoso, como naciente de la certeza, de la convicción profunda sobre que una vida sin lectura (un día sin leer) era tiempo perdido, no merecía la pena. Que en leer (escribir) había algo radicado en el más genuino sentido de la vida. Leo, luego escribo; escribo, luego existo… y podríamos intercambiar los tres –leer, escribir, existir…- a discreción.

En mi casa los cuentos, los libros, eran en sí como una belleza preceptiva, como una primitiva religión. Mi madre hablaba de leer como quien habla de una especie de poder prehistórico, vetusto, misterioso pero a la vez cotidiano por necesario. Algo así como el agua o el aire…. tan secretos y milagrosos como ordinarios. Cuando pedíamos un cuento nuevo jamás nos era negado. Qué riqueza, fui la niña más rica del mundo. Mi madre (mi padre, también) decía que en eso siempre se podía gastar, que eso nunca era malgastar. Si es un cuento, un libro, lo que queráis. No era un capricho, no era como pedir una muñeca o un estuche nuevos, algo tal vez prescindible, algo fruto de la vanidad o la incesante necesidad de novedad… Tenía algo de otra dimensión, acaso moral. Era el credo. Era leer.

Algunas veces el cuento, el libro, era la ofrenda del Ratoncito Pérez a cambio de un sufrido diente. O la herencia para la hermana más pequeña… Mis padres nunca nos premiaron por las buenas notas (es solo vuestra obligación), eran demasiado austeros y rigurosos con el deber, como buenos hijos criados por padres de posguerra… pero mi madre nos compraba un libro para inaugurar el verano, esa vida eterna de la infancia, y nosotras sabíamos que, en realidad, aquello sí era un premio. Un auténtico y verdadero don.

Y así mi vida (mi cosmos, mis confines) se expandía hacia esos otros mundos siderales que están en este, convirtiendo el sueño en tinta a través de mis dedos, esas manos mías de campesina (nunca fueron de señorita, ay), ya con dedos deformados de empuñar la pluma, como los de la vieja Jo, siempre manchados de forma inconveniente.

Nunca le agradeceré lo suficiente haberme inculcado ese amor, un amor con sus rigores propios, sus inclemencias, sus asperezas, claro, como todo amor real. Esa incomprensión ante una vida sin lectura, sin escritura (para mí fueron siempre tan hermanas), casi un prejuicio.

¿Y qué decir de domeñar la letra, una forma de trazarla en particular? Nunca fui de buscar una caligrafía primorosa, de niña bien educada, pero sí de encontrar una voz propia también ahí, en todas su maneras. Observar la letra de otras personas es todavía en mí una impúdica obsesión de entonces.

Leer en mi casa tenía, así, parte de extraña profesión de fe, pero sobre todo era una poderosa soberanía. De niña oteaba los volúmenes “de mayores” en el salón (más vastos, más oscuros, con letra más pequeña) y mi madre me hacía confiar en que llegaría un día en que podría abrirlos y ellos se abrirían ante mí… llegaría una edad en que los comprendería, como un rito de paso ancestral, casi carnal… llegará un día en que te hagas mujer, habrá sangre roja entre tus piernas y podrás sangrar sin morir… y habrá libros arcanos que podrás abrir como una cueva de ladrones, en los que de pronto se hará la luz…

“Cervantina”, me llamaba mi abuelo, con una ternura orgullosa, con sus manos de atlante manchego descansando sobre su eterno Quijote, mientras la calidez de sus ojos grises me hacía un honor (“cervantina”) que ya en aquella niñez antigua, de redacciones y poesías en el cole, yo percibía como una insólita dignidad. Como una especie de responsabilidad casi sacra para con las letras que, en lugar de hundir mis hombros de niña, los hacía crecer hasta lo invisible.

“Cervantina”. Guardaré siempre ese apelativo, que condensa tantas cosas, sueños, tiempo, infancia. Memoria.

Whitman dijo “esto no es un libro, quien lo toca, toca a un ser humano”. Leer es también entrar en el mar, adentrarse en el océano ignoto, dominado tal vez por hidras, sirenas, gigantes medusas o, solo, la tempestad.

Leer (escribir) es subirse a un barco sin mirar atrás so pena de ser piedra.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.