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Asesinos, tiempo y creatividad | Por Alex Velarde

Asesinos, tiempo y creatividad | Por Alex Velarde

«El arte ha muerto». «La posmodernidad ha matado al cine y a la literatura». «Han acabado con mi infancia». Estas afirmaciones hoy en día son muy comunes en los artículos de opinión y en las publicaciones de redes sociales. ¿Son ciertas? ¿Esos supuestos asesinos a los que señalan son en realidad culpables?

Cabe decir que las obras siempre han sido hijas de su tiempo, o bien un reflejo o un intento de escapar de este. Eso es inevitable, pues todos los autores viven en una época determinada. No se puede estudiar a Jonathan Swift, a Agatha Christie y a Brandon Sanderson de la misma manera. En el tiempo, por su parte, las sociedades y las formas de pensar cambian, y eso influye en las obras cinematográficas, televisivas, plásticas y musicales, entre otras. Pero algunas personas no suelen recibir con los mismos ojos lo nuevo. Estos pensamientos suelen a menudo coincidir con una insatisfacción hacia la era actual.

En los últimos años, temas como la diversidad y la inclusión han realizado pequeños y grandes avances. Hoy en día se pueden ver representadas en la ficción varios tipos de personas y aspectos que existen en la realidad, pero que durante mucho tiempo fueron apartados, cuando hacía años parecía imposible. Algunos grupos de gente ven estas representaciones como algo obligado y forzado que está acabando con la creatividad. Afirman que «las cosas ya no son como antes», «no están evolucionando bien» o que «cualquier tiempo pasado fue mejor».

¿Supone un problema que el protagonista de la serie británica de ciencia ficción Doctor Who, al que presentaron como un alienígena capaz de cambiar de cuerpo, se haya convertido en mujer? ¿Puede considerarse un atraso que esta misma serie, que siempre se ha caracterizado por su crítica social, se hayan tratado temas en las últimas temporadas como la segregación racial, la contaminación o los conflictos religiosos? Estas quejas de entrada son estúpidas, pero si existiese algún problema, quizás no se encuentra en el qué, si no en el cómo.

Muchos piden sutileza a la hora de tratar ciertos asuntos. Pretenden que todo sea tan alegórico que en ocasiones no se pueda ver, o incluso se pueda interpretar de diferentes maneras. Tanto una forma como otra pueden ser válidas, pero hay algo que nunca debe fallar: la historia.

En uno de los episodios más polémicos de la saga cinematográfica Star Wars hay una trama considerada de «relleno»: dos personajes viajan a un planeta donde hay un casino, niños esclavizados y animales utilizados para fines lúdicos. En esta franquicia, precisamente, siempre se han sacado a relucir aspectos como el totalitarismo, la corrupción, las mentiras y la manipulación política. La diferencia es que en unos casos lo consideraron unido con más fuerza y sentido a la trama, y en otros con «calzador». Quizás el problema sea la manera de contar la historia, el sentido de esta, la premisa o incluso la forma en que se quiere criticar.

En libros célebres como 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451 no tuvieron tapujos en exagerar rasgos de sus realidades presentes para diseñar peligrosos futuros cercanos, dando lugar a las distopías. El buen recibimiento, o recuerdo, de estas obras contrasta con las malas acogidas de muchos trabajos actuales que han tenido intenciones parecidas. Puede que la calidad de unos y otros tengan comparaciones odiosas, pero no sería justo achacar sus fallos a «la ideología y los tiempos actuales», porque criticar de esa forma a unos no dejaría en buen lugar a los otros. ¿Entonces, cuáles son los problemas? Sin duda, podría ser el tiempo, las vivencias y las percepciones que ha tenido cada uno, factores que atacan con más fuerza en la niñez.

La infancia es esa época en la que uno iba al colegio por obligación, destinado a sufrir, a disfrutar o ambas cosas. Entre los buenos recuerdos y los malos, uno siempre prefiere tender a recordar los buenos. Para algunos, esos ratos libres en los que pasaban leyendo Harry Potter, devorando comics, yendo al cine, jugando a videojuegos o imaginando mundos siempre estarán presentes. Al crecer, uno quiere seguir gozando de esos momentos, inmortalizarlos o incluso mejorarlos. Pero no siempre se consigue, pues las expectativas del buen pasado cada vez son más grandes, pero esos recuerdos en la mayoría de los casos se han mantenido intactos.

Algunos creadores saben, por su experiencia propia y sus observaciones, que la nostalgia puede ser un arma poderosa para alcanzar el éxito o lucrarse. Por ello han caído en una espiral de lanzar secuelas de clásicos, refritos y nuevas versiones. Algunos han sabido aprovechar bien esa ventaja, y a otros les ha salido el tiro por la culata. La razón es que los niños han crecido y son espectadores con pensamientos y filosofías muy diversas. Ellos serían incapaces de criticar a personajes de su infancia como la princesa Leia Organa, Sarah Connor o Ellen Ripley por ser personajes femeninos fuertes, pero no harían lo mismo con creaciones actuales.

Los asesinos, por lo tanto, son aquellas personas cobardes que reniegan, por miedo, de crear y prefieren experimentar con viejas y exitosas fórmulas. Esos asesinos viajan al pasado para rescatar lo que un día funcionó bien y traerlo con pequeños cambios hacia el presente, que no son más que intentos pobres para condecorarse. Entre esas variaciones, por supuesto, se encuentra un intento de parecer inclusivo y moderno con métodos, a veces dudosos, que ciertas personas suelen tildar de «propaganda» o «ingeniería social», sin ser del todo cierto. La clave está en abrir bien las mentes e idear formas óptimas de mejora a todos los niveles.

Un fenómeno no puede funcionar de la misma manera en 1970 que en 2021. La solución, por lo tanto, es mirar al futuro, teniendo en cuenta todo lo vivido. Se necesitan urgentemente buenas y ambiciosas historias, con nuevas y actualizadas visiones, y un público que vaya aceptándolas. Porque la inclusión y el progreso no son malos si realmente van hacia delante. Hay que salir de ese agujero de mediocridad predominante y dejar de remover el pasado difuso de la gente. Solamente de esa forma se podrá avanzar.

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