Albert Oltra: “Quiero que el lector salga perturbado. La literatura debe obligarnos a mirar los abismos que evitamos”
Querida Llorona o del Panóptico mezcla realismo mágico, filosofía existencial y simbolismo. ¿Cómo surgió la necesidad de unir todos esos elementos dentro de una misma novela?
Estas nacieron de una inquietud: transmitir lo que era inexplicable para mí.
No tengo otra herramienta para que el lector dé un paso más que introducir diferentes elementos fantásticos y percibidos casi cotidianos que eleven mi reflexión. Eso es el realismo mágico, en mi opinión.
El simbolismo reside en un mismo poso: ¿qué significa que haya tinta en el pueblo? ¿olor a ajo? ¿Que el cartel del cementerio rece: “Prohibido dormir en las tumbas”?
La filosofía ya es modus operandi, digamos. No me voy a esconder de lo que me enseñó a hacer literatura u ofrecerme esas ideas para crearla. La filosofía ortodoxa comenzó a fatigarme. Quería historias. Literatura necesitada de filosofía. Entonces, comencé a unir cabos y justificó el título de la obra: Querida Llorona o del Panóptico. Un título emocional y otro filosófico.
Julia, “La Llorona”, parece vivir constantemente entre lo humano y lo inexplicable. ¿Qué representa realmente este personaje para usted?
Para mí, Julia representaría un puente para todos los personajes de la novela. Las ausencias, las palabras suyas son para mí fruto de una represión sufrida mas también astucia y atrevimiento.
Es un personaje que a día de hoy me sorprende. Porque sí, hubo un momento que admito que los personajes cobraron vida propia y yo no supe qué hacer.
Tenía vértigo pero, lo amaba porque Julia quedaba explicando qué veía más allá de los demás personajes.
Estoy orgulloso de ella, porque hemos luchado juntos todas las fuerzas que nos perseguían y atemorizaban. Julia es un yugo al que con gusto me arremetí.
En la novela hay un conflicto constante entre fe y razón. ¿Cree que esa lucha sigue siendo una de las grandes batallas interiores del ser humano actual?
No sabría decirle… A mi parecer, por personas con las que he tratado, debatido. Sí, podría declarar que es una batalla grave en el ser humano. Al fin y al cabo, la fe “racional” que diría Kant es la que permite dar nombre a lo que está por encima de los fenómenos; lo que nuestra sensibilidad puede percibir.
Sin embargo, aquí surge mi problema espiritual: lo que atraviesa, lo inexpicable, los momentos de contemplación tan elevados que parecen el fin de lo superficial, no quiero que tengan juicios racionales.
Aunque, en Occidente, se nos requiere demasiada respuesta material a tantas necesidades del espíritu perdido.
Esa es mi batalla personal. Quizá la de muchos, también.
El concepto del “Panóptico” tiene una enorme carga filosófica y simbólica. ¿Qué significado adquiere dentro de la historia?
El Panóptico es una estructura de vigilancia donde el vigilante tiene una visión totalizante sobre lo que ocurre y los que son objetos de esa observación, se saben vistos pero no saben cuándo.
Como resultado, cuidan sus acciones para no ser reprimidos por esa vigilancia ausente, aunque no vista o presente.
El pueblo sería como ese Panóptico, que tiene en cuenta a todos sus personajes, los asfixia. Además, de vez en cuando parece una lucha con un sueño o una ilusión; lo invisible pero, inevitable.
A pesar de su juventud, su obra aborda temas muy profundos como la muerte, la lucidez o la angustia existencial. ¿De dónde nace esa inquietud tan temprana por esas cuestiones?
Nace de una mirada al pasado. Puede que me enfrascara con la melancolía y las actitudes solitarias bastante temprano; no quiere decir que no haya gozado de felicidad y comodidad con mi bella familia.
Los boleros, los clásicos cinematográficos, el jazz, la bossa nova, la literatura. Todas estas artes requerían la mayor de mis atenciones, porque lo quisiera o no eran las únicas que me evadían tanto o más como el amor, ¿por qué no decirlo?
La cuestión es que me angustiaba con facilidad y me divertía con la misma. Sin embargo, cuando me he sentido salvo ha sido sabiendo que a riesgo de tener ciertos debates incurables, seguiré caminando con determinación.
Y, en este itinerario, dar al encuentro con personas con pesares idénticos y mundos diametralmente opuestos a los míos. Algunos, bellos y sin fondo.
Santiago “Pistola”, el terrateniente y alcalde, proyecta una presencia muy oscura dentro de la novela. ¿Hasta qué punto quería reflejar el poder como una forma de vigilancia o control?
Hasta el punto en que este poder es arma de doble filo y recae sobre uno mismo. La doble cara del poder es una de las cuestiones que más llaman mi atención. El hombre con afanes napoleónicos atrapado por su ambición, por tanto, derrotado.
La vigilancia y el control tendrían su origen en la decadencia, cuando ya no se puede sostener el castillo de naipes. Cuando uno es despojado de su poder y consciente de lo que hizo, ¿hay posibilidad de redención?
El cura Sandalio Quiroga intenta devolver la fe a una comunidad perdida, pero también parece enfrentarse a sí mismo. ¿Le interesaba explorar las contradicciones internas de quienes intentan guiar a otros?
Por supuesto. Sandalio recoge el testigo de la fe y la intenta transmitir a un pueblo decadente y desalmado. La duda parece imposible para alguien que tiene férreas creencias reivindicadas a lo largo de tanto tiempo.
¿Cómo es el camino del mártir? ¿Qué dudas precipitan a Sandalio para ser huérfano espiritual, ahora?
De tanto estar volteado ante los ídolos, olvidó lo que corría detrás de sus espaldas, que es mucho.
La novela plantea una pregunta inquietante: “¿Somos dueños de nuestras decisiones o alguien nos observa?
”. ¿Cree que hoy vivimos más vigilados —social, emocional o digitalmente— de lo que pensamos?
Es el juego: que el sujeto sienta que es libre de acción y consumo. La vigilancia es imperceptible. Esto nos aferra a no querer buscarla porque no la vemos. Caemos en el juego kafkiano, lo absurdo de la burocracia, la alienación moral, la ocultación de perspectivas más profundas. Cuanto más superficiales y dispuestos al consumo, tanto mejor para los que dirigen el juego.
Para los grandes peces somos una masa hegemónica; lo demás es una distracción.
Hay una fuerte sensación de incomodidad y tensión emocional a lo largo de toda la obra. ¿Busca que el lector salga transformado o incluso perturbado tras la lectura?
Seré taxativo: sí.
No como inclinación al sufrimiento fácil del lector, sino como forma de bucear ciertos abismos que evitamos, no cuestionamos y forman parte radical de nuestra existencia. La literatura, todos los libros que me quebraron tuvieron la característica de hacerme respirar el mundo con búsqueda y sed de verdad.
No aspiro a menos. Admito mi ambición e incluso delirio por ello. Pero, reconozco que hay demasiados lectores con esta misma sed de entendimiento.
Como estudiante de Filosofía, ¿qué autores o corrientes filosóficas han influido más en su manera de entender la literatura?
En un principio:
Platón, por lo brillante de los Diálogos y la capacidad de contradecir sus mismas ideas. San Agustín y Confesiones por el matiz teológico y búsqueda incesante de Dios con la filosofía y el martirio. Nietzsche, por la capacidad de unificar el mundo griego y el venidero con una destreza inigualable. Diría también, como es obvio, Foucault junto con el posestructuralismo, por precisar estructuras de poder más allá de lo que parece estático o cíclico. Por último, Unamuno y el existencialismo cristiano español.
En su biografía afirma que escribir es una necesidad vital y una forma de revelar aquello que permanece oculto. ¿Qué verdades personales siente que dejó encerradas dentro de esta novela?
Sobre todo, mi capacidad de contradicción. Siento que eso es más que suficiente. También, la sensación de juicio y vigilancia que me asfixia y eleva de manera simultánea.
Encierra mi intensidad, la gana por recibir la frase que exprese la idea de la forma más elegante y digerible para el lector.
Mi fe y mis crisis radicales.
Percibo que el libro no escasea de preguntas existenciales. Eso era mucho que en mí había enclaustrado.
Querida Llorona o del Panóptico es su primera novela. Después de un debut tan intenso y simbólico, ¿hacia dónde cree que evolucionará su literatura en el futuro?
El futuro en la literatura pienso que es incierto. Los temas, la forma de ejecutar la prosa, los personajes te eligen a ti, en cierto modo. Escribo lo que sé, lo que pienso y con la escritura pretendo transformar y trascender; como especie de cambio de paradigma. Si bien es cierto que esto es así, en mi cabeza merodean otros proyectos, a saber: relatos, cuentos o novelas. En todos ellos, descubro una nueva voz y estilo que ejecutar.
No quiero quedar inmóvil con lo que estoy cómodo como escritor.
Hay en mí una gran necesidad de cambio.

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