La dictadura de la felicidad | Por Nieves García Aguilera

La dictadura de la felicidad | Por Nieves García Aguilera

Estaba triste.

Y lo que más me preocupaba no era la tristeza.

Era sentir que no tenía derecho a sentirla.

Hacía semanas que me recuperaba de un esguince que me obligó a permanecer en casa. Acostumbrada a llevar una vida activa, aquella situación me resultó difícil. A ello se sumó otra preocupación importante: mi casero había decidido no renovarme el alquiler y me enfrentaba a una pregunta que cada vez inquieta a más personas en nuestro país: ¿dónde voy a vivir dentro de unos meses?

Estaba preocupada.

Estaba enfadada.

Estaba triste.

Pero una parte de mí insistía en repetirme que no debía sentirme así.

Que tenía muchos motivos para ser feliz.

Que había construido una buena vida.

Que otras personas atravesaban situaciones peores.

Y entonces comprendí algo inquietante: además de cargar con mis preocupaciones, estaba cargando con la culpa de no ser suficientemente feliz.

Vivimos en una época curiosa.

Nunca se ha hablado tanto de bienestar, salud emocional y crecimiento personal. Las librerías están llenas de fórmulas para alcanzar una vida plena y las redes sociales se han convertido en escaparates donde parece que todo el mundo sonríe un poco más que nosotros.

Sin embargo, cuanto más escucho hablar de felicidad, más me pregunto cuándo empezamos a convertirla en una obligación.

Porque una cosa es desear ser felices y otra muy distinta sentir que debemos estarlo.

La felicidad se parece cada vez más a una cinta transportadora.

Cuando creemos haber llegado a ella, alguien mueve la meta unos metros más adelante.

Si conseguimos estabilidad, buscamos seguridad.

Si alcanzamos una meta, aparece otra.

Si logramos calma, nos dicen que aún podemos mejorar.

Corremos detrás de la felicidad como quien persigue el horizonte. Cuanto más avanzamos, más se aleja.

Quizá por eso resulta tan agotador vivir en una sociedad que siempre parece susurrarnos que todavía no es suficiente.

No somos suficientemente productivos.

No somos suficientemente exitosos.

No somos suficientemente conscientes.

No somos suficientemente felices.

Y mientras perseguimos la próxima versión de nosotros mismos, olvidamos que la vida está ocurriendo ahora.

Con nuestras contradicciones.

Con nuestras dudas.

Con nuestros miedos.

Lo curioso es que la exigencia no termina ahí.

Nos enseñaron a perseguir la felicidad y terminamos persiguiéndonos a nosotros mismos.

Observando cada emoción.

Analizando cada pensamiento.

Buscando constantemente qué debemos sanar, mejorar o corregir.

Como si ser humanos fuera un proyecto inacabado que necesitara optimizarse sin descanso.

Lo descubrí durante aquellas semanas de reposo.

Mientras mi pie seguía lesionado y la preocupación por la vivienda continuaba acompañándome, me sorprendí analizándolo todo.

¿Qué me quiere enseñar esta situación?

¿Por qué me siento así?

¿Qué tengo que aprender?

Y de repente comprendí algo que me resultó profundamente liberador.

Tal vez no necesitaba aprender nada en ese momento.

Tal vez no necesitaba encontrar un significado oculto.

Tal vez no necesitaba transformar aquella experiencia en una lección.

Tal vez simplemente estaba triste.

Porque me dolía.

Porque estaba preocupada.

Porque tenía miedo.

Porque era humana.

A veces tengo la sensación de que hemos pasado de reprimir las emociones a analizarlas tanto que tampoco les dejamos existir.

Como si todo debiese tener un significado.

Como si cada caída debiera convertirse en una oportunidad.

Como si incluso el sufrimiento tuviera que justificar su presencia trayendo consigo una enseñanza.

Pero no todo dolor trae una lección.

No toda pérdida encierra un mensaje.

No toda herida tiene un sentido.

Y reconocerlo no nos hace pesimistas.

Nos hace honestos.

Tampoco creo que el sufrimiento sea necesario para crecer.

Hay cosas que nunca deberían haber ocurrido.

Hay pérdidas que nadie elegiría.

Hay injusticias que siguen siendo injusticias por mucho que intentemos envolverlas en palabras bonitas.

Lo que nos transforma no es el dolor en sí mismo.

Es lo que decidimos hacer con él cuando aparece en nuestra vida.

Mientras tanto, fuera de los libros de autoayuda y de las frases inspiradoras que inundan las redes sociales, la realidad sigue ahí.

Hay personas que no saben si podrán pagar el alquiler el próximo mes.

Jóvenes que trabajan y no pueden emanciparse.

Familias que abandonan los barrios donde construyeron su vida.

Personas agotadas que llegan a final de mes con más preguntas que certezas.

Y, además, se sienten culpables por no ser felices.

Quizá esa sea una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

Hemos convertido la felicidad en una meta tan exigente que muchas personas terminan sintiéndose inadecuadas por no alcanzarla.

Y, al mismo tiempo, hemos construido una sociedad que la vende como quien vende cualquier otro producto.

Siempre parece faltar algo.

Un curso.

Un viaje.

Un logro.

Una nueva versión de nosotros mismos.

Pero muchas de las cosas que sostienen verdaderamente una vida no pueden comprarse.

La tranquilidad de saber que tendrás un techo el próximo mes.

La compañía de quienes te quieren.

La sensación de pertenecer a un lugar.

La certeza de que puedes ser tú misma sin tener que fingir constantemente que todo va bien.

Tal vez la verdadera libertad emocional no consista en estar bien todo el tiempo.

Tal vez consista en dejar de pelearnos con aquello que sentimos.

En comprender que la tristeza, el miedo o la incertidumbre no son errores del sistema, sino parte de la experiencia de estar vivos.

Porque sentir tristeza cuando algo duele no es una señal de debilidad.

Es una señal de humanidad.

Y quizá la felicidad no sea una casa en la que vivir para siempre.

Quizá sea solo una visitante que aparece de vez en cuando.

Pero la tristeza también.

Y el miedo.

Y la incertidumbre.

La diferencia es que a la felicidad la invitamos a pasar.

A las demás emociones solemos dejarlas esperando en la puerta.

Tal vez la tristeza nunca fue el problema.

Tal vez el problema era sentir que no tenía derecho a sentirla.

Y quizá ahí, precisamente ahí, empiece la verdadera dictadura de la felicidad.

Nieves García Aguilera - La dictadura de la felicidad
Nieves García Aguilera – La dictadura de la felicidad

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