Cuando un libro cambia la forma de mirar tu historia | Por Nieves García Aguilera
Leer nos permite conocer otras vidas, pero algunos libros también nos ayudan a comprender la nuestra
Por Nieves García Aguilera
Cuando hablamos de los beneficios de la lectura, solemos pensar en todo lo que nos aporta: amplía nuestro vocabulario, mejora nuestra capacidad de expresión, estimula la imaginación y nos acerca a otras culturas, épocas y formas de entender la vida.
Leer nos permite salir, durante unas horas, de nuestra propia realidad para entrar en la experiencia de otras personas. Nos invita a mirar desde perspectivas diferentes y a descubrir mundos que quizá nunca habríamos conocido de otro modo.
Sin embargo, existe otro beneficio del que se habla menos.
A veces, un libro no solo nos enseña algo sobre el mundo. También nos revela algo sobre nosotras mismas.
Hay lecturas que llegan en un momento concreto y encienden una luz sobre aspectos de nuestra historia que llevaban demasiado tiempo en la sombra. No cambian lo vivido, pero sí pueden transformar nuestra manera de interpretarlo.
Eso fue lo que me ocurrió cuando comencé a leer sobre las huellas que el alcoholismo familiar puede dejar en los hijos e hijas durante la vida adulta.
Buscaba información para entender mejor mi historia, pero encontré mucho más. Entre aquellas páginas aparecieron explicaciones para emociones, conductas y formas de relacionarme que durante años había considerado defectos personales.
De pronto, algunas piezas comenzaron a encajar.
Reconocerse entre las páginas
Reconocerme en aquellas descripciones fue doloroso, pero también esclarecedor.
Comprendí por qué me costaba poner límites, por qué tendía a responsabilizarme del bienestar de los demás o por qué anticipaba el conflicto incluso antes de que ocurriera.
También entendí mejor la necesidad de aprobación, el miedo a decepcionar y esa tendencia a cuidar de otras personas mientras relegaba mis propias necesidades.
Durante mucho tiempo pensé que aquellas conductas formaban parte de mi personalidad. La lectura, sin embargo, me permitió contemplar otra posibilidad: quizá algunas no definían quién era, sino que habían sido respuestas aprendidas en un entorno familiar imprevisible.
No es lo mismo pensar «soy así» que preguntarse «¿cuándo aprendí a reaccionar de esta manera?».
La primera afirmación parece encerrarnos en una identidad inamovible. La segunda abre una puerta a la comprensión y al cambio.
Aquellas lecturas formaron parte del proceso que me llevó a escribir Todo es por algo: historia de una hija de padres alcohólicos. Al poner por escrito mi experiencia, comprendí que narrar lo vivido era necesario, pero no suficiente. También necesitaba descubrir cómo aquella historia continuaba influyendo en mis decisiones y en mi manera de relacionarme.
Poner palabras a lo que sentimos
Uno de los grandes valores de la lectura es que nos ofrece lenguaje.
A veces llevamos años sintiendo algo que no sabemos nombrar. Percibimos culpa, miedo, inseguridad o agotamiento, pero desconocemos de dónde proceden.
Cuando un libro pone palabras a una experiencia, aquello que parecía confuso empieza a ordenarse.
En mi caso, leer sobre la codependencia me ayudó a comprender por qué había aprendido a situar las necesidades de los demás por encima de las propias y por qué, en ocasiones, confundía ayudar con hacerme responsable de la vida ajena.
Comprenderlo no significó buscar culpables ni explicar toda mi vida a través del pasado. Significó dejar de juzgarme por algunas de mis reacciones y empezar a observarlas con mayor conciencia.
Es fácil decir que repetimos patrones, pero reconocerlos no siempre basta. Necesitamos descubrir cómo se formaron y por qué seguimos recurriendo a ellos.
Solo cuando identificamos lo que nos sucede podemos empezar a transformarlo.
Sin conciencia, actuamos en piloto automático. Respondemos como aprendimos, aunque esa respuesta ya no nos ayude, y repetimos formas de relacionarnos que nos resultan conocidas, incluso cuando nos hacen daño.
Una lectura puede ser el primer paso para detenernos y preguntarnos si queremos continuar viviendo de la misma manera.
Un libro no realiza el proceso por nosotras ni sustituye, cuando es necesario, el acompañamiento profesional. Pero puede abrir una puerta.
Puede mostrarnos algo que nunca habíamos reconocido, ayudarnos a expresar lo que sentimos o permitirnos descubrir que otras personas han vivido experiencias parecidas.
También puede recordarnos que siempre estamos a tiempo de aprender otra forma de relacionarnos: expresar nuestras necesidades, decir que no, pedir ayuda o establecer límites sin sentir que estamos haciendo daño.
Para aprender algo nuevo, primero necesitamos reconocer aquello que hemos repetido hasta ahora.
A veces, esa conciencia comienza con una lectura.
Un libro puede darnos la palabra que nos faltaba, la pregunta que nunca nos habíamos formulado o la explicación que necesitábamos para mirar nuestra historia desde otro lugar.
Leer para conocer el mundo y comprendernos
Por todo ello, conservar el hábito de la lectura sigue siendo fundamental.
Leer amplía nuestra cultura, enriquece nuestros conocimientos y mejora nuestra capacidad de expresión. También nos acerca a realidades diferentes y nos ayuda a entender que cada persona observa el mundo desde su propia experiencia.
Por eso es importante transmitir el amor por los libros a las nuevas generaciones, sin convertir la lectura únicamente en una obligación académica.
Niñas, niños y jóvenes necesitan descubrir que leer también puede ser aventura, compañía, refugio y conocimiento. Tal vez un libro les ayude a poner nombre a una emoción, reconocer una situación injusta o sentirse menos solos ante una experiencia que creían únicamente suya.
Fomentar la lectura no consiste únicamente en recomendar libros, sino también en despertar la curiosidad y ayudar a cada persona a encontrar la historia adecuada para su momento vital.
Cuando alguien descubre el placer de leer, no solo adquiere un hábito cultural. También gana una herramienta para pensar, expresarse y conocerse.
Los libros que permanecen
No todos los libros permanecen en nuestra memoria, pero algunos se quedan viviendo dentro de nosotras.
Quizá olvidemos parte de su contenido, pero recordaremos la emoción que despertaron, la pregunta que nos dejaron o la frase que nos acompañó durante años.
También somos, en parte, los libros que hemos leído.
Cada lectura nos deja una idea, una palabra, una mirada diferente o una posibilidad que antes no habíamos imaginado.
Leer nos permite conocer otras vidas, pero a veces también nos devuelve una parte de la nuestra.
No somos únicamente lo que hemos vivido; también somos las historias que nos ayudaron a darle sentido.
