La epidemia de la prisa | Por Nieves García Aguilera

La epidemia de la prisa | Por Nieves García Aguilera

Vivimos acelerados, culpables y cada vez más desconectados de nuestro propio presente.

Hace unos días me caí en la calle.

Una de esas caídas inesperadas que ocurren en un segundo y, sin embargo, te cambian el ritmo de los días. Dolor en los brazos, un hueso roto, limitaciones, dependencia. De pronto, los gestos más cotidianos dejaron de ser automáticos. Vestirme, cocinar, abrir una puerta, peinarme o sostener una taza exigían una atención que nunca había imaginado.

Y quizá lo más difícil no fue solo el dolor físico, sino la obligación de detenerme.

Vivimos tan acostumbrados a ir deprisa que, cuando la vida nos obliga a parar, no sabemos muy bien qué hacer con el silencio. Parece que el cuerpo estorba cuando no produce, cuando no responde, cuando no obedece al ritmo de la agenda. Como si descansar no fuera una necesidad, sino una interrupción molesta.

Tal vez por eso hablo de epidemia.

Porque la prisa ya no afecta solo a nuestra agenda. Afecta a nuestra forma de pensar, de comprar, de relacionarnos, de descansar e incluso de sentir.

La epidemia de la prisa no se mide únicamente en calendarios llenos, correos pendientes o tareas acumuladas. Se mide también en la culpa que sentimos cuando nos detenemos. En la dificultad para mirar una película sin pensar que deberíamos estar haciendo otra cosa. En la incapacidad de esperar unos minutos sin mirar el móvil. En esa sensación permanente de estar llegando tarde a algo, aunque nadie nos esté esperando.

Una tarde encendí la televisión. Emitían una película antigua, uno de esos clásicos que he visto muchas veces y que, sin embargo, cada vez que vuelvo a mirar me parece nuevo. Conozco las escenas, los diálogos, los gestos, incluso sé lo que va a ocurrir después. Pero aun así me río. Me emociona. Me atrapa.

Mi hijo adolescente me miró con curiosidad.

—¿Qué haces? —me preguntó.

—Ver una película —le respondí—. Es un clásico.

Intenté explicarle que hay historias que no envejecen. Que algunas películas tienen la capacidad de acompañarnos en distintas etapas de la vida, y que aunque el argumento sea el mismo, quienes cambiamos somos nosotros.

Entonces se quedó mirándome un instante y me dijo algo que me atravesó:

—Nunca te había visto así.

No sé si se refería a verme tan quieta, tan sumergida en la película, tan entregada a una risa sencilla, tan lejos por fin de la lista interminable de tareas. Pero aquella frase me hizo más consciente que cualquier reflexión.

Mi hijo me estaba viendo disfrutar.

Y yo, quizá, llevaba demasiado tiempo sin permitírmelo.

Ahí comprendí que la epidemia de la prisa no solo nos roba tiempo. También nos roba permiso.

Permiso para parar.

Para descansar.

Para disfrutar.

Para estar presentes sin sentir que estamos fallando.

Porque a veces creemos que necesitamos pedir permiso para detenernos. Para sentarnos sin hacer nada. Para mirar una película sin sentirnos culpables. Como si el descanso tuviera que justificarse con agotamiento extremo. Como si solo pudiéramos parar cuando ya no podemos más.

Nos han enseñado a medir el valor de una persona por lo que produce, por lo que resuelve, por lo disponible que está, por la cantidad de tareas que sostiene sin quejarse.

Y así acabamos confundiendo productividad con valía.

Si hacemos mucho, valemos.

Si llegamos a todo, valemos.

Si respondemos rápido, valemos.

Si estamos siempre disponibles, valemos.

Pero ¿qué ocurre cuando no podemos? ¿Qué ocurre cuando el cuerpo se rompe, cuando la mente se satura, cuando la vida nos obliga a bajar el ritmo?

Tal vez entonces descubrimos algo incómodo: que no sabíamos descansar sin sentir culpa. Que no sabíamos disfrutar sin pensar en lo siguiente. Que no sabíamos estar presentes sin pedirnos permiso antes.

Quizá por eso vivimos con tanta prisa.

No solo porque tengamos muchas cosas que hacer, sino porque hemos aprendido a medir nuestro valor por todo lo que somos capaces de sostener.

También tenemos prisa porque vivimos en una sociedad que nos enseña a compararnos constantemente. Siempre parece haber alguien haciendo más, llegando antes, publicando más, vendiendo más, formándose más, cuidándose mejor o aprovechando mejor el tiempo.

Y así empezamos a correr no solo por obligación, sino por miedo a quedarnos atrás.

Corremos porque sentimos que, si paramos, alguien nos adelanta. Que, si descansamos, perdemos una oportunidad. Que, si dudamos, llegamos tarde. Que, si no estamos disponibles, dejamos de contar.

La competitividad convierte la vida en una carrera silenciosa. Nadie nos da la salida, pero todos corremos. Nadie nos explica cuál es exactamente la meta, pero sentimos que detenernos sería perder.

Y quizá esa sea una de las formas más crueles de esta epidemia: hacernos creer que vivir despacio es quedarse fuera.

La prisa no siempre llega vestida de grandes obligaciones. A veces se cuela en lo pequeño.

Correos por contestar. Formularios por rellenar. Un curso interesante cuya oferta termina en las próximas veinticuatro horas. Una propuesta para acudir a una feria con mis libros, aunque las plazas son limitadas y debo responder cuanto antes. La agenda que no termina de cuadrar. El tinte pendiente. Las compras pendientes. Las gestiones pequeñas. Las decisiones que parecen no poder esperar.

La prisa también aparece en la cola del supermercado, cuando abres el monedero y quieres usar esas monedas que se acumulan desde hace días. Buscas las de veinte, las de diez, las de cinco. Haces cálculos rápidos. La cajera espera. La persona de detrás también. Tal vez nadie está pensando nada, pero tu cabeza ya ha decidido que molestas, que tardas demasiado, que deberías darte prisa.

Y de pronto sientes que la cabeza te va a estallar.

No por una gran tragedia.

No por una emergencia real.

Sino por la suma de pequeñas urgencias que, una tras otra, van ocupándolo todo.

Vivimos en una época en la que casi nada puede esperar.

Todo caduca.

Todo vence.

Todo tiene plazas limitadas.

Todo exige una respuesta inmediata.

Durante años nos prometieron que la tecnología nos regalaría tiempo. Íbamos a hacer las cosas más rápido para vivir con más calma. Ahorraríamos trayectos, llamadas, esperas, gestiones. Todo sería más cómodo, más ágil, más eficiente.

Pero algo salió mal.

En lugar de recuperar tiempo, aprendimos a llenar cada segundo.

Mientras esperamos el autobús, miramos el móvil. Mientras comemos, respondemos mensajes. Mientras descansamos, pensamos en lo siguiente que deberíamos estar haciendo. Incluso el ocio parece haberse convertido en otra tarea: ver la serie de la que todo el mundo habla, leer el libro pendiente, hacer deporte, cuidarse, organizarse, mejorar.

Siempre hay algo más.

Una notificación.

Una oportunidad.

Una obligación.

Una urgencia fabricada.

Porque muchas de las prisas que vivimos no son reales. Son creadas. Nos dicen que la promoción termina hoy, que quedan pocas plazas, que debemos decidir ahora, que no podemos dejar pasar esta ocasión. Como si pensar fuera un lujo peligroso.

Y quizá lo sea.

Porque cuando pensamos, tal vez compramos menos.

Decimos más veces que no.

Nos damos cuenta de que no todo lo urgente es importante.

La prisa no solo nos hace correr. También nos impide ver quién se está quedando con nuestro tiempo.

Quizá deberíamos empezar a preguntarnos quiénes son hoy los verdaderos ladrones de tiempo.

No siempre llevan máscara ni entran por la fuerza. A veces llegan en forma de notificación, de oferta limitada, de correo urgente, de mensaje que parece exigir respuesta inmediata, de red social que nos atrapa cinco minutos y nos devuelve media hora después.

Otras veces somos nosotros mismos quienes nos robamos tiempo, aceptando compromisos que no deseamos, llenando la agenda por miedo al vacío o confundiendo estar disponibles con ser necesarios.

Caemos poco a poco.

Sin darnos cuenta.

Un día dejamos de leer por placer. Otro dejamos de sentarnos sin hacer nada. Otro aplazamos una llamada, una conversación, una película, un paseo, una tarde tranquila.

Y cuando queremos reaccionar, descubrimos que no solo hemos perdido tiempo.

Hemos perdido presencia.

Por eso la prisa se ha convertido en una epidemia. Porque no es solo una mala organización personal. No es solo falta de tiempo. No es solo una agenda llena.

Es una enfermedad colectiva: una sociedad que vive acelerada, culpable y desconectada de su propio presente.

Una sociedad donde descansar parece sospechoso. Donde no contestar rápido parece desinterés. Donde dudar parece debilidad. Donde pensar antes de decidir parece una pérdida de oportunidad. Donde no hacer nada, aunque sea durante unos minutos, se ha convertido casi en un acto de rebeldía.

La prisa es también una magnífica herramienta de control. Una persona con prisa tiene menos tiempo para preguntarse qué desea realmente. Decide antes. Consume antes. Responde antes. Se equivoca antes. Y, muchas veces, se culpa antes.

Pero la prisa no solo afecta a lo que compramos o a cómo trabajamos.

También ha entrado en nuestros procesos emocionales.

Queremos sanar deprisa. Superar una ruptura deprisa. Recuperarnos de un duelo deprisa. Volver a estar bien deprisa. Encontrar nuestro propósito deprisa. Tener respuestas deprisa.

Como si el alma también pudiera funcionar con entrega urgente.

Pero los procesos humanos no obedecen al ritmo de una notificación.

Un duelo no se resuelve porque alguien nos diga que debemos seguir adelante. Una herida no cicatriza porque hayamos leído una frase inspiradora. Una decisión importante no siempre puede tomarse bajo presión. Y una vida no se construye corriendo de una urgencia a otra.

A veces pienso que hemos confundido movimiento con avance.

Vamos deprisa, sí.

Pero no siempre sabemos hacia dónde.

Contestamos mensajes, rellenamos formularios, cumplimos plazos, compramos ofertas, encajamos citas, hacemos listas, tachamos tareas. Y al final del día sentimos que hemos hecho mucho, pero no siempre que hayamos vivido más.

La prisa tiene una manera muy silenciosa de robarnos presencia.

Nos roba la conversación lenta. La sobremesa sin mirar el reloj. El paseo sin destino. La lectura sin interrupciones. La espera sin culpa. El silencio sin necesidad de llenarlo.

Incluso nos roba la posibilidad de equivocarnos con calma.

Quizá por eso nos cuesta tanto estar quietos.

Porque cuando nos detenemos empiezan a aparecer preguntas.

¿Esto lo quiero de verdad?

¿Estoy viviendo como deseo o cómo puedo?

¿Tengo prisa porque algo me importa o porque alguien ha decidido que debo tenerla?

¿Estoy eligiendo o solo reaccionando?

Tal vez la prisa nos resulta cómoda precisamente porque evita que nos escuchemos demasiado.

Durante mucho tiempo pensé que estar ocupada era estar a salvo. Si hacía, si resolvía, si producía, si llenaba la agenda, no tenía que detenerme demasiado en ciertas preguntas. No tenía que mirar algunos recuerdos. No tenía que escuchar del todo ciertas emociones.

A veces estar siempre ocupada también es una forma de no escucharse.

Una forma elegante de huida.

De mantenerse en movimiento para no sentir demasiado.

De convertir la vida en una lista interminable de tareas para no enfrentarse al silencio que aparece cuando todo se detiene.

Y quizá por eso tantas personas caemos.

Algunas caen literalmente, como me ocurrió a mí. Otras caen en el agotamiento, en la ansiedad, en la tristeza o en la sensación de estar haciendo mucho y, aun así, no llegar nunca.

Caemos porque llevamos demasiado tiempo vendiendo o perdiendo nuestro tiempo sin preguntarnos cuándo dejamos de habitarlo.

No quiero romantizar una caída.

No hacía falta romperme un hueso para aprender a descansar.

El sufrimiento no debería ser el precio de la conciencia.

Pero aquella caída me obligó a mirar algo que llevaba demasiado tiempo evitando: mi incapacidad para detenerme.

Me obligó a aceptar ayuda.

A estar quieta.

A mirar una película sin hacer nada más.

A reírme con una escena conocida.

A conversar con mi hijo.

A descubrir que quizá no había perdido solo movilidad.

Había recuperado presencia.

Hay una canción que habla de haberse olvidado de vivir. Y pensé en eso. En cuántas veces confundimos cumplir con vivir. En cuántas veces llenamos la agenda para no sentir el silencio. En cuántas veces decimos “no tengo tiempo” cuando, en realidad, lo que ocurre es que hace años dejamos que otros decidieran el valor de nuestro tiempo.

Bendita no fue la caída.

Bendita fue la pausa.

Bendito ese instante en el que, por fin, dejé de correr lo suficiente como para darme cuenta de que seguía aquí.

En este presente imperfecto.

Con dolor, sí.

Con limitaciones, también.

Pero también con una película antigua, una risa inesperada y la extraña sensación de que la vida no necesita grandes acontecimientos para recordarnos lo esencial.

A veces basta con detenerse.

O con que algo nos detenga.

Quizá necesitamos recuperar el derecho a ir despacio. A pensar antes de responder. A no comprar algo solo porque la oferta termina hoy. A no justificar cada pausa. A no convertir la vida en una lista interminable de tareas pendientes.

A recordar que no todo lo urgente merece nuestra atención.

Y que no todo lo importante grita.

A veces lo importante habla bajo.

Como el cuerpo cuando pide descanso.

Como la mente cuando necesita silencio.

Como la vida cuando nos recuerda que no hemos venido solo a cumplir plazos.

Quizá vivir no consista en llegar antes.

Quizá consista en estar presentes cuando llegamos.

Porque hay semillas que no florecen antes por regarlas con prisa.

Solo florecen cuando llega su tiempo.

Nieves García Aguilera - La epidemia de la prisa
Nieves García Aguilera – La epidemia de la prisa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *