Siguiendo la línea que inicié acerca de escribir, de vez en cuando, sobre viajes, algo que está más que trabajado por autores profesionales y amateurs, quisiera relatar mis impresiones en el viaje que tuve la ocasión de realizar hace poco, a la bella ciudad francesa de Nantes.
Podría hacerlo de muchas maneras, pero he decidido hacerlo de forma más sencilla posible, narrando por una parte lo que me gustó y por otra lo que no me gustó, pues a pesar de que calibro y selecciono detalladamente los destinos a los que me desplazo, hay cosas que no siempre uno espera y que no siempre te cuentan.
En general, la impresión que me dio la ciudad, fue de auténtica postal, su arquitectura, en lo que al casco histórico se refiere, no defrauda en absoluto: clásicos edificios de varias plantas y corte clásico, con sus tejados en tonos azules y abuhardillados, todo muy francés. La catedral, impresionante, grande, muy alta y recién restaurada, lo que le da un toque a nuevo y limpio que en cierta medida resta encanto a sus años, pero estas restauraciones resultan necesarias y su reciente pasado con varios incendios relevantes, así lo aconsejaban. Que decir de su magnífico castillo de origen medieval y que tras sufrir distintas reformas a lo largo de los siglos, ofrece hoy día un aspecto de cuento de hadas, con su foso de agua, su puente levadizo, sus torres y almenas y un interior que alberga un museo, edificios de distintas épocas y hasta un bunker de la segunda guerra mundial.
En torno a estos dos edificios fundamentales, se vertebra todo el entramado de calles de origen romano y medieval, que antaño estuviera rodeado por una muralla y por una red de canales fluviales del río Loira, que se abría y cerraba al estilo veneciano, creando una estructura de ciudad muy diferente a la actual, donde se han soterrado las mangas de río dejando una principal y alguna accesoria, para configurar su actual aspecto de ciudad uniforme atravesada por una manga principal de río y con algunas isletas en torno al conjunto central, que nada tienen que ver con la estampa original. Estas calles del centro histórico no decepcionan y muestran el encanto de ofrecerse salpicadas de edificios y plazas históricas, ofreciendo a pie de calle un sinfín de establecimientos de ocio, bares, tiendas y restaurantes.
No se puede pasar por esta ciudad sin conocer ese aspecto de su historia que la hizo especialmente conocida como centro neurálgico del comercio de esclavos con África y América especialmente. A nada que uno investiga acerca de la estructura de parte de la ciudad, su economía y las consecuencias que este tema ha tenido en Nantes, no puede dejar de estremecerse. Muy destacable el museo de la esclavitud, para no olvidar este pasado.
La importancia del río Loira condiciona el desarrollo de la urbe y recomiendo hacer uso del barquito de transporte de pasajeros, para visitar alguna de las islas que aún quedan y que tienen alternativas y belleza que ofrecer.
Por ir terminando con su historia y su influencia en la ciudad, hay un nombre del pasado que no puede obviarse, Ana de Bretaña, su singular historia como gobernanta de este territorio y reina de Francia, resulta digna de estudio a la par que sorprendente y su influencia en la estructura de la ciudad aún hoy día es visible. Otra etapa que tiene mucha presencia a los ojos del visitante, es la nefasta década de los años cuarenta, marcada por la II Guerra Mundial… los edificios que fueron sede de los jerarcas nazis, de la Gestapo y muchos otros se conservan en silencio y sin ser restaurados, a la espera que el tiempo haga su trabajo y los haga olvidar; la ciudad fue devastada por los bombardeos y como símbolo de aquella época queda en pie la torre de la que era fábrica de galletas “LU”, aún hoy muy reconocidas.
La ciudad es conocida también por ser la ciudad de los mil parques y no sé si serán mil, pero sí que los hay por doquier, muy cuidados, algunos tematizados y todos con una belleza, que en otoño cuando yo los visité, parecían salidos del pincel del más bucólico de los pintores.
Por último hay un nombre, Julio Verne, escritor universal y referencia de esta ciudad, cuya presencia impregna cada rincón de la misma. Su casa natal, los lugares asociados a su pasado, las actividades que recrean su vida y obra las encontramos allá donde nos movamos y quizá la mayor expresión de su talento, la encontraremos en la recreación que de su imaginación se hace en la Isla de las Máquinas, un islote más, con un parque temático que se ha convertido en seña de identidad de la ciudad, pero que ¡ojo visitante!, está siempre masificado, no es barato, ni es fácil obtener las entradas para visitarlo.
En definitiva un amplio compendio de buenas cosas que hacen muy atractivo este destino.
¿Qué es lo que no me gustó?, para empezar los horarios, especialmente los de las comidas, es lógico que cada lugar del mundo tenga sus hábitos y costumbres para hacer tal o cual cosa, también para comer y cenar, pero para un turista español que pasa poco tiempo en un destino como este, nos falta tiempo para adaptarnos a comer a las doce y cenar a partir de las seis, nuestros biorritmos y organismos no están adaptados y condiciona de sobremanera la organización de los tiempos del viaje. No es que sea algo malo, vaya por delante, pero sí digo que no me gustó.
En línea con las cuestiones alimenticias, sí hay algo que reprochar a esta ciudad, cuando uno viaja a Francia, sea cual sea el destino, da por hecho que se va a comer bien, que vas a encontrar una variada gastronomía con la riqueza culinaria de la que ha sido abanderada del buen comer en el mundo… pero, ¡oh, decepción!, la ciudad en su casco histórico está tan vendida al turismo, como tantas otras, que ha entregado la cuchara en lo que a comida tradicional francesa se refiere, en beneficio de locales y restaurantes de cocina internacional de dudosa calidad. Así todas las calles están plagadas de locales de comida oriental (vietnamitas, tailandeses, indios, etc..), italianos e irlandeses, quedando únicamente las creperías, donde degustar los crepes y galletes tradicionales, pero nada más, ni rastro de la tradicional comida francesa, todo está rendido al turismo de masas, al fast food y a la escasa calidad y servicio, una pena sin duda, la pérdida de valores tradicionales en detrimento de los beneficios económicos que aporta la globalización.
En línea con esta cuestión global, no puedo dejar de hacer mención a otro aspecto llamativo relacionado con la Inmigración, como fenómeno tan presente en los países civilizados. A partir de ciertas horas de la tarde, cuando el sol se pone y terminadas las tempraneras cenas, el aspecto de la ciudad cambia por completo, los espacios tomados por el bullicio y diversidad de personas de todo tipo de edades, aspectos y nacionalidades que se ven de día, pasa a convertirse en territorio de grandes grupos de inmigrantes africanos, que deambulan o se reúnen en grandes grupos, muchas veces sin saber que están haciendo. No me consta y desde luego en mi experiencia no supe de ningún problema o conflicto, pero tampoco puedo negar que la sensación de inseguridad ante las miradas fijas que recibimos tanto hombres como mujeres no es agradable.
Tras charlar de este tema con algunas personas del lugar y nuestra guía turística, nos dejaron claro que este es el motivo por el cual la presencia en las urnas de la extrema derecha en Francia es tan fuerte y apunta a en no mucho tiempo, hacerse con el poder en la República Francesa. Sin duda un tema sensible y delicado que merece una mayor atención.
Con sus luces y sus sombras, como todo destino, Nantes es una ciudad que merece mucho la pena visitar, bien comunicada, muy limpia, plagada de historia y atractivo turístico, es un destino muy recomendable. Si además usted es aficionado a las lecturas de Julio Verne, no encontrará mejor oportunidad.
Diciembre de 2025.