Creo que gran parte de mi vida la he pasado intentando descubrir quién era realmente.
No me refiero a saber qué quería estudiar, a qué deseaba dedicarme o cuáles eran mis sueños. Hablo de algo mucho más profundo. De esa búsqueda silenciosa que aparece cuando sientes que hay partes de ti que no terminas de comprender. De la necesidad de averiguar quién eres debajo de las heridas, de los miedos, de las expectativas ajenas y de todas aquellas experiencias que han ido moldeando tu forma de estar en el mundo.
Mirando atrás, creo que aquella búsqueda tiene mucho que ver con el trauma.
Cuando una persona crece en un entorno difícil, gran parte de su energía se destina a adaptarse, protegerse y sobrevivir emocionalmente. Aprendemos a estar pendientes de lo que ocurre a nuestro alrededor, a anticiparnos a los conflictos, a responder a las necesidades de otras personas o a convertirnos en aquello que creemos que esperan de nosotros.
Y cuando llevas demasiado tiempo sobreviviendo, a veces olvidas que también tienes derecho a descubrir quién eres.
Con los años he llegado a pensar que una de las consecuencias menos visibles del trauma es precisamente esa pérdida de identidad. Se habla mucho del dolor, del miedo o de las heridas emocionales, pero pocas veces hablamos de cómo determinadas experiencias pueden alejarnos de nosotros mismos. Cuando sobrevives durante demasiado tiempo, aprendes a adaptarte, a protegerte y a convertirte en quien necesitas ser para seguir adelante. Y, poco a poco, puedes terminar perdiendo el contacto con partes importantes de ti.
Quizá por eso durante tantos años sentí que me estaba buscando.
No porque estuviera rota.
Sino porque había partes de mí que habían quedado escondidas bajo las estrategias que desarrollé para sobrevivir.
Durante años conviví con una sensación difícil de explicar. Una especie de vacío existencial que parecía acompañarme a todas partes. No era exactamente tristeza ni tampoco soledad. Era más bien la sensación persistente de estar buscando algo que no sabía nombrar.
Hoy creo que aquello que buscaba era a mí misma.
No quería encontrarme en los juicios ajenos ni en las expectativas de quienes creían saber quién sería en el futuro. Tampoco en las opiniones de quienes observaban determinadas circunstancias de mi vida y daban por hecho cómo terminaría mi historia.
A veces basta una etiqueta, una experiencia difícil o una situación familiar complicada para que otras personas empiecen a construir una versión de nosotros que poco tiene que ver con quienes somos realmente.
Durante mucho tiempo sentí que estaba intentando descubrir quién era más allá de todas esas miradas, de lo que otros pensaban, de lo que otros esperaban y de los pronósticos que parecían escritos de antemano.
Porque una cosa es lo que te ocurre.
Y otra muy distinta quién decides ser a partir de ello.
A veces hay personas que observan nuestras circunstancias y creen que ya conocen el final de nuestra historia. Como si determinadas experiencias fueran una condena o una profecía imposible de desafiar. Sin embargo, una vida siempre es mucho más compleja que cualquier pronóstico.
Lo curioso es que, mientras intentaba encontrar respuestas en muchos lugares, ya existía un espacio donde esa búsqueda llevaba años desarrollándose en silencio: la escritura.
Con el tiempo comprendí que la escritura era mucho más que una pasión. Mientras escribía, me buscaba. Escribía para entender lo que me ocurría, para ordenar emociones, para dar sentido a experiencias que me costaba comprender y para escuchar una voz que a veces quedaba sepultada bajo el ruido de las heridas, el miedo o la necesidad constante de adaptarme.
Curiosamente, uno de los pocos lugares donde aquel vacío parecía desaparecer era precisamente la escritura.
Cuando escribo entro en un espacio difícil de describir. Como si existiera un mundo paralelo donde el tiempo funciona de otra manera. Puedo pasar horas escribiendo sin darme cuenta. Horas explorando recuerdos, emociones, preguntas o historias. Y, sin embargo, lejos de perderme, es precisamente ahí donde más me encuentro.
Años después descubrí que no era la única.
Conocí la historia de mujeres como Janet Frame, Alda Merini, Leonora Carrington o Kate Millett. Mujeres muy distintas entre sí, procedentes de contextos diferentes y con trayectorias únicas. Sin embargo, todas parecían compartir algo que me resultaba profundamente familiar.
Todas tuvieron que luchar para preservar su identidad frente a quienes intentaban definirlas.
Janet Frame pasó años marcada por un diagnóstico erróneo de esquizofrenia y estuvo a punto de ser sometida a una lobotomía. Alda Merini transformó el sufrimiento y el estigma en poesía. Leonora Carrington convirtió algunas de las experiencias más difíciles de su vida en arte y literatura. Kate Millett cuestionó la facilidad con la que determinadas conductas femeninas eran etiquetadas, juzgadas o patologizadas.
Lo que más me impresionó de ellas no fue únicamente lo que habían vivido. Fue comprobar que se negaron a permitir que aquello que les había ocurrido se convirtiera en la única explicación de quiénes eran.
A lo largo de la historia, muchas mujeres fueron definidas antes de ser escuchadas. Sus emociones fueron interpretadas por otras personas. Sus diferencias fueron convertidas en defectos. Sus voces quedaron ocultas bajo palabras elegidas por otros.
Y, sin embargo, ellas escribieron.
Escribieron para reclamar algo tan sencillo y revolucionario como el derecho a explicarse a sí mismas.
Quizá por eso sus historias siguen resultando tan actuales.
Porque las etiquetas han cambiado, pero la necesidad humana de ser comprendidos continúa siendo la misma.
Durante mucho tiempo pensé que comprender mi historia consistía únicamente en entender lo que me había ocurrido. Hoy creo que comprenderme también implica descubrir quién soy más allá de ello.
Durante años pensé que estaba intentando comprender mi historia. Hoy creo que, en realidad, estaba intentando recuperar a la persona que había quedado escondida bajo ella.
No somos nuestras heridas, pero tampoco somos quienes seríamos sin ellas.
Somos lo que decidimos construir a partir de ellas.
Con los años también he comprendido que existe una gran responsabilidad en todo este proceso. No podemos cambiar lo que nos ocurrió. No podemos borrar determinadas experiencias ni evitar las huellas que dejaron. Pero sí podemos decidir qué lugar ocuparán en nuestra historia.
A veces existe el riesgo de que el dolor, el trauma o las etiquetas terminen eclipsando el resto de nuestra existencia. Como si una parte de nuestra vida acabara definiendo el conjunto de quienes somos.
Y creo que precisamente ahí nace gran parte de esa búsqueda: en la necesidad de construir una identidad propia que no esté basada únicamente en la supervivencia. Una identidad capaz de integrar lo vivido sin quedar definida por ello.
Quizá por eso la búsqueda de identidad nunca termina del todo. No creo que exista un momento mágico en el que, de repente, nos comprendamos por completo. Al menos esa no ha sido mi experiencia. Más bien siento que me he ido encontrando poco a poco. Libro a libro. Página a página. Pregunta a pregunta.
Cada libro que he escrito soy más yo.
Cada uno me ha permitido comprender algo que antes no veía, reconciliarme con una parte de mi historia o mirar con más compasión a la persona que fui.
Y quizá ahí reside el verdadero poder de la escritura. No en cambiar lo que nos ocurrió ni en borrar las heridas, sino en ayudarnos a reunir los fragmentos dispersos de nuestra historia y construir un relato propio.
Llega entonces un momento en el que comienzas a reconocerte.
Un momento en el que dejas de luchar contra ti misma.
Un momento en el que consigues abrazar a esa niña que se quedó atrás esperando ser vista, comprendida y escuchada.
Y descubres que las partes de ti que parecían perdidas nunca desaparecieron del todo.
Simplemente estaban esperando a que regresaras a buscarlas.
Tal vez por eso sigo escribiendo.
Porque nadie tiene derecho a decidir quién eres.
Y porque algunas personas escriben para contar historias.
Y otras, además, escribimos para encontrarnos en ellas.
Nieves García Aguilera
Escritora y activista contra el estigma de la salud mental