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José Luis el noruego | Por Juan Expósito

José Luis el noruego | Por Juan Expósito

Mi padre me dijo una vez una frase: Estudia una carrera, no por lo que vas a aprender en el aula sino por lo que vas a aprender en la cafetería. Imagino que lo que me estaba queriendo decir mi padre es: Hijo, te falta calle y te sobra cura. Te falta cerveza y te sobran hostias. Te falta gente y te sobra nido.

Si algo he aprendido de las dos carreras que hice (la carrera está sobrevalorada como está infravalorada la cafetería y la biblioteca, vaya de preaviso) son tres cosas, creo: Una es que la gente que te vas a encontrando (si tienes la suficiente capacidad de aprender) te enseña cosas tan importantes como lo son los libros, por ejemplo; la segunda, es que tú no tienes la razón de todo; y la tercera, es que siempre hay alguien que sabe más que tú en cualquier tema. Es decir, el valor de la humildad.

Las redes sociales y la opinión al aire de cualquier tema, como un confeti de vehemencia expulsado al aire del 4G (o 5G, me he perdido), suena para nosotros como un disparo de verdad que es asumible por nuestros seguidores en busca de seguidores prosélitos que nos van a decir que sí, que me gusta, que mola todo… También está la barra de bar. – Esto es así y punto.- “Y punto”, dice el interlocutor, como cerrando la discusión. Hasta aquí. No se hable más, Santo Tomás. Y uno se queda con cara de imbécil pensando “bueno… yo tenía algo de decir pero, si eso, ya no lo digo”. Creo que era Saramago el que decía “intentamos tener la razón para conquistar la opinión de la otra persona y ponerle una bandera en la mente.” Algo así decía, más o menos. Creo.

En este nuevo tiempo de Internet, que con el tiempo será una nueva Era después de la Contemporánea (desde 1879, lo de las cabezas cortadas a los reyes franchutes, ya saben) y que llamarán los exégetas o los historiadores o tuiteros de turno (vete a saber:) la Era Tecnológica o Era de Internet (o algo así), tenemos la posibilidad de más información. Todo está en Internet. Podemos corroborar un dato, una fecha o un nombre en un instante con los ordenadores que llevamos en el bolsillo. Tenemos, más que nunca en la historia, todo el conocimiento a nuestra disposición. Pero eso no nos hace más cultos. Nos hace, si acaso, más arrogantes porque creemos que tenemos la verdad, porque tenemos Google y porque creemos que el de enfrente no lo tiene… (pero sí, lo tiene… así que estamos empatados, en principio.) Tener un dato es una cosa (que está muy bien… siempre es bueno tirar de Wikipedia, que para algo está, oiga) pero saber es otra cosa distinta. Saber es contextualizar, conocer el antes, el después y el quizás. Poner en duda. La duda razonada. Contrastar. Relacionar… Y, por ende, querer aprender.

Es muy fácil esputar una información encontrada en Internet o repetir la opinión de un contertulio del programa de Ana Rosa como si fuera tuya. Digo Ana Rosa como digo cualquiera otra mesa de “debate” de cualquier otro programa donde la opinión más exaltada suele sentirse vencedor.

Pero más difícil, mire usted, es generar la opinión propia y argumentarla, reconocer que la opinión contraria es válida o tiene argumentos. Aprender. Es complicado dar la razón a quien en un principio tenía la opinión contraria, pero lo más difícil, en esta Era (que se llamará Era Tecnológica o Era de Internet, o algo así) es decir la frase:

-Mira, Maricarmen, no sé de esto o no tengo una opinión suficientemente elaborada.

Ay, compi, eso sí que es complicado y, en el fondo, esa es la verdadera sabiduría. La sabiduría es reconocer lo que no sabes.

Estamos en unos tiempos en lo que ser punk es dudar, es dar la razón, es decir no sé o no lo tengo claro. Lo contracultural es no tender al proselitismo y dar la opinión sin intentar conquistar la razón del otro, como si quisiésemos poner una bandera propia en la mente del otro.

Poneos en situación: Cumple de un amiguito de mi hija. Corro de padres con lata de cerveza en la mano (mirando de reojo a ver si viene la policía -y nos multan por escándalo en la vía pública, vagos, maleantes o padres de dudosa reputación-; todo por el maléfico hecho de abrirse una Mahou el viernes por la noche después del día currando). Los peques jugando a sus cosas de peques. Y nosotros, más pendientes de la poli que de los niños.

Sigamos.

Sale, no sé por qué muy bien, el tema de conversación de Noruega. Sí, esas cosas pasan. Un padre, pongamos José Luis, que estuvo hace unos años de vacaciones visitando los Fiordos, desayunando salmón y pisando nieve mientras lee el Trotamundos de Noruega con fruición, centra la conversación con su vasta experiencia (de una semana); bueno, no con su experiencia sino con aseveraciones del tipo: Es que en Noruegaes que los noruegos o es que las noruegas… son asín y asán… Recordemos: corro de padres y madres en un cumpleaños (que ya tenemos nuestra experiencia, nuestros pelos blancos y nuestras mochilas, en un parque, pongamos, de La Latina, Madrid.)           En ciertos momentos los fieles y pacientes oyentes asentimos, con atención relativa: Es que en Noruega, es que los noruegos y es que las noruegas… Ya saben… Y una madre que quiere intervenir en algunas ocasiones y José Luis que no le deja intervenir porque él lo sabe todo… porque una semana en un país da para mucho y Noruega es, al fin y al cabo, como mi pueblo, Alconchel, en Badajoz… y se ve que Noruega se conoce en un rato.

Tras media hora me da por decirle a la madre que quería intervenir (por callar a José Luis un poco… y por joder, más que nada) que qué quería decir. La mujer apura la Mahou, me mira sonriente con unos ojos azules sonrientes, se toca el flequillo del pelo rubio (después de tirar la lata a la basura) nos dice: – Bueno, es que soy de allí. Del mismo Oslo. Pero vamos, como si fuese del mismísimo Carabanchel, pero de Oslo… De todo lo gordo de Oslo…, vamos.-  Dice, más o menos.

La chica se llama Anniken y la llamamos Ana, así, por hacerlo familiar. Es de Oslo, por si quedaba alguna duda.

Todos los interlocutores pensábamos que José Luis iba a achantar el boquino y escuchar a la noruega… pero, sorpréndanse: NO. Es que en Noruega pasa que… es que los noruegos sois así y las noruegas sois asá… Nos explica el pavo. ¡Y sin inmutarse, oye (os tuteo desde ahora)! Sin que se le ponga la cara colorada ni echarse medio paso para atrás por tener enfrente a alguien que sabe más. Anniken (o Ana) me mira de soslayo flipando en colores (colores salmón, claro), se abre otra Mahou (que le llevo yo) y se la bebe de un trago y sigue escuchando a José Luis. Que, por cierto, se rasca los huevos mientras habla del país nórdico. Le suda todo que haya una noruega mientras él dice cómo es Noruega.

Y así somos. Somos como José Luis, en general. Sabiendo más de Noruega que una noruega porque estuvo una semana allí y porque se leyó en diagonal el Wikipedia en el avión, mientras su mujer dormía. Pobrecina. 

Decir no sé o igual tú sabes más que yo, es un acto de rebeldía.

Sabemos de medicina más que el médico, de música más que el médico, de epidemiología más que el epidemiólogo, de panes más que el panadero y de teatro más que el director de teatro… Y de Noruega más que Anniken (o Ana)…  Y no nos conformamos con saber, sino con decirlo ante la audiencia que sea, para demostrar nuestra grandeza de experiencias y, por tanto, nuestra estupidez.

Lo moderno, digo yo, es aprender del que sabe más que tú porque lo normal es que un matemático sepa más que tú, que eres filósofo, de matemáticas. Y lo normal es que un filósofo sepa más que tú de filosofía, que eres matemático. Otra cosa es que seas gilipollas… que sabrá más de gilipolleces que tú… y, hasta en eso, aprendamos del que sabe más que tú, que ser sabio es saber aprender.

Así que hay que aprender mucho de José Luis. Gracias, José Luis… tu gilipollez nos ilumina… eres la tea que enciende nuestra oscuridad…

Creo yo.

Mi padre me dijo una vez una frase: Estudia una carrera, no por lo que vas a aprender en el aula sino por lo que vas a aprender en la cafetería…          

Así es… Y, también, en los corrillos de padres y madres en los cumples de nuestros vástagos, padre.- Digo yo…

Mientras tanto, dime, Anniken, cómo es Noruega… Pero no perdamos la perspectiva de que José Luis lo sabe todo de tu país… porque, sobre todo, él siempre sabrá más de ti en todo… José Luis es la luz…

Gracias.


Juan Expósito es actor, profesor y director de teatro. Tiene un podcast llamado: El hombre que CASI.

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