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El legado de Tula: de mascota a musa | Por Lourdes Justo Adán

El legado de Tula: de mascota a musa | Por Lourdes Justo Adán

¿Conocéis mi libro Algo muy valioso, publicado en 2019?  Pocos lo saben, pero tiene una curiosa conexión con la historia que voy a contar a continuación.

Se llamaba Tula y era la perra más buena y cariñosa que he conocido jamás. Para describirla, yo solía decir que era negra, con calcetines y babero blanco. Sí, era así de guapa. Jugaba con ella a las carreras, al escondite y a lanzarle cosas. Siempre me recibía moviendo la cola porque su alegría era enorme y su lealtad, inquebrantable. Yo apenas tenía once años.

Con el paso de los meses, nuestro cariño creció, pero un desafortunado día, sin tener la oportunidad de despedirse de mí, desapareció. Lloré a mares. Se había ido de mi vida, pero no de mi corazón, porque nuestras almas ya estaban entrelazadas de tal forma que su ausencia no pudo romper ese vínculo que habíamos forjado.

Y ya nada lo romperá.

Aunque mi perra estuvo poco tiempo conmigo, fue capaz de transformar decisivamente mi forma de ver el mundo. A eso vino. Su compañía fue una lección de respeto hacia todas las criaturas vivientes.  Esa fue su misión durante su breve, pero trascendental estancia en mi vida.

Siendo ya adulta, llegaron a mi casa más animalitos. Todos ellos heridos, enfermos, abandonados y hambrientos. Almas rotas sin nombre, sin cariño, sin casa que, de pronto, pasaban a tener eso y más.  Los quise como a miembros de mi familia, que es lo que fueron para mí. Sin embargo, a pesar de todo lo que les ofrecía, no era capaz de evitar lo inevitable, y pasados los años, cruzaban el arcoíris. El destino -o quien rayos fuese- se mostró indiferente ante mi dolor. No le importó en absoluto cuánto les quería ni cuánto deseaba que se quedasen conmigo eternamente… Igualmente se los llevó. Tuve que admitir una dolorosa realidad: su tiempo con nosotros es limitado.

La última en irse de mi lado fue mi gatita Chuspurina, tras nacer en mi casa y convivir apaciblemente 21 años conmigo.

Así que, aprovechad cada momento con vuestros compañeros peludos. Abrazadlos, mimadlos, jugad con ellos, hacedles saber cuánto les queréis y atesorad un sinfín de momentos felices con ellos… Porque una vez que se van, lo único que queda son los recuerdos.

Sé que más de una persona no me entenderá. No a todo el mundo le cabrá en la cabeza que las personas podemos establecer vínculos afectivos con otras especies. Tampoco que el paso de Tula por mi vida me pudiese enseñar tanto. Es que, si bien yo albergaba cierta predisposición natural y me gustaban los animales como una categoría general, al acariciarla o al mirarla a los ojos, entendí que debía verlos en singular, reconociendo y apreciando su individualidad. Se me activó una cosa fundamental que se llama empatía. No soy especial por ello, ya que el respeto hacia los animales debería ser la norma, no la excepción. Todos merecen ser tratados con dignidad y amor. Es la única forma aceptable de interactuar con nuestros compañeros de planeta.

Ella me enseñó a entender que los demás animales también sufren, por ejemplo, aquellos que malviven en laboratorios, granjas, circos, zoos, comercio ilegal… La única diferencia es su especie. Su sufrimiento es alarmante. Debería preocuparnos y obligarnos a tomar decisiones al respecto. Sé que existen infinidad de problemas en el mundo, pero dedicarse a comparar constantemente lo que les ocurre a los animales con los problemas humanos, no resuelve ni unos ni otros. No es un campeonato para descubrir quién encuentra la injusticia más terrible. Las arbitrariedades no compiten, al contrario, podemos y debemos preocuparnos por varias simultáneamente. De hecho, es encomiable que haya muchas personas lamentándose –y, sobre todo, ocupándose– por diferentes cuestiones a la vez.

Mientras escribo esto, tengo a mis dos gatos acurrucados en mi regazo, inspirándome y transmitiéndome una serenidad indescriptible. Es algo que solo pueden saber aquellos que compartimos nuestra vida con animales.

Solo quería haceros partícipes de esta historia para rendirle un homenaje a mi perra Tula, quien sembró la semilla no solo de una revolucionaria perspectiva de la vida, sino de un innovador estilo de vivir. Sin ella, mi transformación nunca hubiese sido posible. Además, deseaba recordaros que cada 10 de diciembre se celebra el Día Internacional de los Derechos de los Animales, con el fin de reflexionar sobre el respeto que se merecen e insistir en las alternativas más éticas para satisfacer nuestras necesidades alimentarias, de vestimenta, de salud, higiene y ocio. Hay mucha bibliografía al respecto, por si alguien se interesa por este tema. Generemos un cambio de conciencia para conseguir que se respeten sus derechos. Entre todos, podremos lograrlo.

……

Lourdes Justo Adán

Maestra especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar

Escritora.

Coach de víctimas de maltrato psicológico.

Docente desde hace treinta años.


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