¿Has leído la letra pequeña de tu insta?

¿Has leído la letra pequeña de tu insta?

Desde el primer momento en el que nos registramos en una red social, tenemos muy claro que lo que publicamos en ellas no es nuestra realidad, solamente mostramos lo que nos gusta, lo que brilla o de lo que nos sentimos orgullosos. Pero lo que no sabemos durante ese registro en los escaparates de internet, es que nuestro cerebro no firma el contrato leyendo la letra pequeña.

Nos exponemos a un público amigo en la mayoría de los casos, al que otorgamos el poder de juzgar cada uno de nuestros movimientos. Juzgan cada día regalando corazones o no haciéndolo, visitando nuestras etiquetas y dejando comentarios. Es común ver a adolescentes que se preocupan por el número de visitas a su perfil o likes en sus publicaciones, tanto es así, que las redes sociales se plantearon ocultarnos esa información por nuestro propio bien. Pero de lo que no nos damos cuenta y para mí es el factor más grave, es que somos nosotros mismos los que acabamos convirtiéndonos en los jueces más duros.

Conozco casos en los que han llegado a hacerse cerca de cien fotos en el mismo lugar para luego elegir una y publicarla. Para elegir esa foto, esa que sí le gustaba, esa persona ha tenido que decirse noventa y nueve veces que “NO” a sí mismo. Nos cargamos de reproches, de un minucioso y duro examen, buscando la perfección que sabemos que no existe.

¿Y qué es la perfección hoy en día? Cada uno tenemos unos estándares que nos llevan a buscar un cuerpo más trabajado, viajes más exóticos, reuniones con gente importante, noches de fiestas exclusivas, parajes extraordinarios o cualquier otro factor, que nos hace parecer personas de éxito, a las que merece la pena premiar con un like y muchos subscriptores. Estándares de belleza, de posición económica o social que miden lo que valemos. Eso es lo que firma tu cerebro cuando das el “ok” a cualquier red social, vales lo que los demás te valoren.

Parece absurdo o ridículo decir que personas adultas permiten que razones tan aleatorias como sus comentarios de twitter, sus fotos en instagram o sus videos en facebook y la repercusión que estos tienen entre sus seguidores, miden su valía y ciertamente, cualquier persona con un cierto equilibrio mental, sabe que esto no es así. Pero el subconsciente juega malas pasadas, las cláusulas que nuestra autoestima no leyó en el contrato que nos hacía exponernos al público digital, hacen a veces que lleguemos a sentirnos mal. Y es que, no conozco ninguna persona, que no se haya decepcionado cuando sus expectativas con una publicación eran unas y estas no fueron cumplidas, cuando la foto alucinante que se hizo en un lugar espectacular, no acumuló más de cien “me gustas”.

Si nosotros como adultos, con una autoestima forjada durante años, que tenemos bastante claro lo que valemos, nos preocupamos, aunque solo sea un instante, por esta serie de cosas, cómo esperamos que no afecte a las nuevas generaciones. Estamos creando jóvenes inseguros y frustrados, que nunca llegan a cumplir sus expectativas autoimpuestas.

Cuando somos niños, la opinión que más nos importa es la de nuestros padres o adultos cercanos, cuando crecemos y entramos en la adolescencia todo esto cambia, otorgando esa importancia a las relaciones con nuestros iguales, es decir, la opinión que más valoran los adolescentes es la de sus compañeros de clase y amigos. Y eso está bien, es parte del crecimiento y la maduración, lleva a los padres a un verdadero quebradero de cabeza porque pasan a un segundo plano y así es difícil asegurarse de que su hijo sigue el camino que consideran correcto, pero es natural y positivo. ¿Pero qué pasa cuando dentro de este proceso metemos las redes sociales? Hacemos que estos niños que desean ser aceptados, hagan cualquier cosa para ganar seguidores, imitando conductas a adultos de estas redes y sintiéndose frustrados entre otras cosas por no tener un físico que no les corresponde. Esto puede llegar a derivar en conductas autodestructivas e incluso trastornos. Con las redes sociales estamos dándoles el poder de que decidan los demás lo que es aceptable y deseable en nosotros, tanto físicamente como en nuestras actitudes. Este es el mensaje que los niños y adolescentes que las manejan, reciben día a día.

¿Quiero decir con todo esto que deberíamos borrar todas nuestras redes sociales y hacer desaparecer este nuevo estilo de vida? Rotundamente no. Las redes sociales me hacen estar en contacto con gente que hacía años que no veía y me hacen sentir cercana con las personas que viven lejos. Antiguamente tus amigos más íntimos, te hacían una cena encerrona en su casa cada vez que volvían de viaje y te obligaban a tragarte las 2500 fotos que habían hecho de su viaje a Japón, hoy, con las redes sociales, exponen todas las fotos que quieren y el resto podemos verlas cuando queramos o no verlas si no queremos.

Estos expositores de nuestras vidas se pueden utilizar de una manera muy positiva, pero debemos poner el foco en lo importante y estar muy pendientes de qué es lo que realmente firmamos en ese contrato y qué es lo que firma cualquier persona cuando se inicia en ese mundo. Los niños no están preparados para ello y cuando tengan una edad para comenzar en él, deben tener un adulto al lado que les lea la letra pequeña.


Bárbara Haya es una profesora y escritora, nacida en Madrid en 1991 y autora de la novela “Pretérito imperfecto: el tiempo no vuelve”. Descubre más sobre ella en su web y en su cuenta de Instagram:

https://barbarahayaqueipo.wixsite.com/preteritoimperfecto

https://www.instagram.com/barbarahaya/

Bárbara Haya
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