José Luis Fernández Juan: «La educación no debería enseñar únicamente a ganar; debería enseñar a levantarse»
20 historias breves para adolescentes entusiastas es un libro que aborda algunos de los problemas y desafíos que viven actualmente los adolescentes y propone enfrentarlos desde la personalidad, los valores y la capacidad de tomar decisiones. Su autor José Luis Fernández Juan nos responderá a todas nuestras preguntas. ¿20?
—¿Por qué otro libro para adolescentes?
—Porque quizá no necesitemos «otro libro para adolescentes», sino más libros que hablen con los adolescentes y no simplemente sobre ellos.
La adolescencia es una etapa en la que aparecen preguntas enormes: «¿Quién soy?», «¿Qué esperan los demás de mí?», «¿Por qué tengo que parecerme a los demás?», «¿Qué hago cuando me equivoco?», «¿Cómo reacciono cuando me rechazan?», «¿Hasta dónde debo llegar para formar parte de un grupo?». Son preguntas que no desaparecen porque las ignoremos.
20 historias breves para adolescentes entusiastas nace precisamente de esa necesidad. El libro utiliza historias como punto de partida para acercarse a situaciones que pueden resultar familiares para cualquier alumno de ESO: la presión del grupo, la inseguridad, la necesidad de aceptación, los conflictos, las decisiones, el miedo a equivocarse, la convivencia, la autoestima o la dificultad de mantener los propios principios cuando alrededor parece más fácil hacer lo contrario.
La intención no es entregar al adolescente un manual de instrucciones para vivir. Es ofrecerle un espejo, una pregunta y, sobre todo, una oportunidad para pensar. Y eso, desde mi punto de vista, tiene un enorme valor educativo.
—¿Qué significa exactamente ser un «adolescente entusiasta»?
—Ser entusiasta no significa estar siempre contento, sacar buenas notas, practicar deporte, tener muchos amigos o levantarse cada mañana dispuesto a comerse el mundo. Un adolescente entusiasta puede tener miedo. Puede sentirse perdido. Puede suspender un examen, discutir con sus padres, sentirse solo o no saber qué quiere hacer con su vida.
Para mí, el entusiasmo tiene más que ver con no renunciar a uno mismo. Un adolescente entusiasta es aquel que, incluso cuando las cosas se complican, conserva la capacidad de preguntarse qué puede hacer, qué puede aprender y qué clase de persona quiere llegar a ser.
El título no pretende presentar adolescentes perfectos. Al contrario: habla de jóvenes que están creciendo, probando, equivocándose y descubriéndose. El entusiasmo que propone el libro es una actitud: «No puedo controlar todo lo que me ocurre, pero sí puedo decidir cómo quiero responder». Y esa idea me parece especialmente importante en una etapa en la que muchas veces el adolescente siente que otros deciden por él.

—¿Cuáles son los problemas actuales de los adolescentes que aborda el libro?
—El libro parte de una realidad muy concreta: los adolescentes de hoy tienen oportunidades extraordinarias, pero también están sometidos a presiones que pueden resultar muy difíciles de gestionar.
La necesidad de pertenecer a un grupo, la comparación constante, la presión por destacar, el miedo al rechazo, los conflictos personales, la dificultad para aceptar las propias diferencias, la inseguridad, la toma de decisiones o la influencia de lo que los demás piensan son cuestiones que atraviesan muchas experiencias adolescentes.
Pero hay algo que considero fundamental: no quería escribir un catálogo de problemas.
No se trata de decir: «Los adolescentes tienen estos diez problemas y aquí están las diez soluciones». La vida no funciona así. Una misma situación puede ser vivida de manera completamente diferente por dos alumnos.
Las historias plantean situaciones y conflictos que permiten hacerse preguntas. ¿Qué harías tú? ¿Qué consecuencias tendría esa decisión? ¿Qué valor pondrías por delante? ¿Qué parte de ti estás dispuesto a defender?
El objetivo no es eliminar los problemas de la adolescencia. Es ayudar a desarrollar herramientas personales para enfrentarlos.
—¿Por qué recurrir a historias y no escribir directamente consejos?
—Porque cuando alguien nos dice «tienes que hacer esto», nuestra primera reacción puede ser cerrar la puerta. Especialmente durante la adolescencia.
Una historia breve, en cambio, entra por otro sitio. No obliga. Invita.
Un lector puede encontrarse con una situación, reconocer algo de sí mismo y pensar: «Yo habría hecho lo mismo». O quizá: «No estoy de acuerdo». Y ahí comienza lo interesante.
La literatura permite que el lector se encuentre consigo mismo sin que nadie le señale con el dedo.
Una historia tiene algo que un consejo aislado no siempre consigue: consecuencias. Podemos observar qué ocurre cuando un personaje toma una decisión, cómo afecta a los demás, qué descubre sobre sí mismo y qué precio puede tener actuar de determinada manera.
Las historias breves funcionan como pequeños laboratorios humanos. El alumno puede equivocarse dentro de la historia sin tener que equivocarse primero en su propia vida. Y después puede llevar esa reflexión a su realidad.
—¿Qué papel desempeñan los valores en el libro?
—Los valores no aparecen como una lista que haya que memorizar.
No quería escribir «capítulo 1: respeto; capítulo 2: responsabilidad; capítulo 3: solidaridad».
Los valores tienen sentido cuando se ponen a prueba.
Es fácil decir que somos valientes cuando no tenemos miedo. Lo difícil es actuar correctamente cuando tenemos miedo. Es fácil decir que respetamos a los demás cuando pensamos igual que ellos. Lo difícil es respetar cuando existe desacuerdo. Es fácil hablar de personalidad cuando nadie nos presiona. Lo difícil es mantener nuestras convicciones cuando hacerlo puede significar quedarnos solos.
El libro plantea los valores dentro de situaciones humanas. La responsabilidad, la empatía, el respeto, la honestidad, la perseverancia, la generosidad o la capacidad de tomar decisiones adquieren verdadero significado cuando un personaje tiene que elegir.Y ahí aparece una idea que considero esencial para la educación: los valores no se aprenden únicamente escuchándolos; se construyen practicándolos.
Los valores también tienen mucho que ver con conocerse a uno mismo. Cuando tenemos que tomar una decisión, no solo importa lo que pensamos, sino también por qué lo pensamos y hasta qué punto estamos dispuestos a defenderlo. Por eso me interesaba que el lector pudiera reconocerse en algunas de las situaciones del libro y pensar qué haría él si estuviera en el lugar de los personajes. Al final, no siempre tenemos claro cuál es la mejor decisión, y precisamente esa duda también forma parte de aprender.
He intentado que los valores no aparezcan como algo perfecto o fácil de cumplir. Los personajes pueden equivocarse, cambiar de opinión o tomar decisiones que después tienen consecuencias. Creo que eso los hace más reales y permite entender que tener unos valores no significa acertar siempre, sino intentar ser coherente con lo que uno piensa y aprender también de las veces en las que no lo ha sido
—¿Qué aporta este libro que pueda interesar especialmente a un colegio?
—Puede aportar algo que en un centro educativo es especialmente valioso: un punto de encuentro entre la lectura, la educación en valores y la reflexión personal.
Un colegio no necesita solamente libros que los alumnos lean. Necesita libros que puedan generar conversación.
Una historia puede convertirse en una tutoría. En un debate. En una actividad de orientación. En una conversación entre profesor y alumno. Incluso en una reflexión individual que no necesita compartirse con nadie.
El libro puede funcionar desde diferentes áreas y no únicamente desde Lengua.
Puede utilizarse para trabajar comprensión lectora, expresión oral y escrita, educación emocional, convivencia, pensamiento crítico, responsabilidad personal o educación en valores.
Y hay otra cuestión importante: el libro no pretende sustituir al profesor. Al contrario. Puede convertirse en una herramienta para que el profesor tenga una puerta de entrada a conversaciones que, de otro modo, pueden resultar difíciles de iniciar.
—¿Está pensado para alumnos que tienen problemas?
—No. Y creo que esa es una de sus mayores virtudes. Está pensado para adolescentes. Todos. Porque no hace falta estar atravesando una situación especialmente complicada para preguntarse quién eres, qué quieres, cómo te relacionas con los demás o cómo tomas decisiones.
De hecho, uno de los riesgos de determinados materiales educativos es que parezcan dirigidos únicamente a «alumnos con dificultades». Este libro pretende justamente lo contrario.
Puede leerlo el alumno brillante, el tímido, el extrovertido, el deportista, el malote, el artista, el que todavía no sabe qué quiere hacer, el que tiene una enorme confianza en sí mismo y también el que duda constantemente.
Crecer no es un problema que haya que solucionar; es un proceso que hay que acompañar.
—¿Cómo puede conseguir un profesor que los alumnos no perciban el libro como «otra obligación escolar»?
—Probablemente, dejando que las historias hablen antes que el profesor. Si después de cada lectura convertimos inmediatamente el libro en un cuestionario obligatorio, podemos perder buena parte de su fuerza.
Una historia puede comenzar simplemente con una pregunta: «¿Tú qué habrías hecho?» Y, después permitir que aparezcan respuestas diferentes. Ahí empieza el pensamiento crítico.
Es importante que el adolescente pueda discrepar. Si un alumno dice «yo no estoy de acuerdo con la decisión del personaje», eso no es un fracaso de la lectura. Es precisamente una señal de que la lectura ha funcionado.
El objetivo no debería ser conseguir veinte respuestas idénticas. Deberíamos conseguir veinte alumnos capaces de argumentar veinte respuestas diferentes.
También puede ayudar a que el profesor no explique de antemano qué tiene que pensar el alumno sobre cada historia. A veces es más interesante dejar una situación abierta y escuchar primero sus reacciones. Incluso un comentario que parezca poco importante puede dar pie a una conversación que no estaba prevista y que conecte mucho más con ellos.
El momento en el que se lee también influye. Un adolescente puede identificarse con un personaje por algo que le está pasando en ese momento y no hacerlo unos meses después. Por eso no me interesa que el libro tenga una única interpretación. Si una historia consigue que alguien se quede pensando en ella después de cerrar el libro, ya ha conseguido algo importante.
—¿Puede utilizarse el libro para trabajar la convivencia en el aula?
—Sí, porque muchas dificultades de convivencia no comienzan con un gran conflicto. Comienzan con pequeños gestos: una exclusión, una burla, una etiqueta, un comentario, una decisión tomada sin pensar en las consecuencias.
Las historias permiten observar esos comportamientos desde cierta distancia. Y esa distancia resulta muy útil. Un alumno puede no querer hablar de sí mismo, pero quizá sí quiera hablar de un personaje. Puede decir: «El personaje se equivocó porque quiso quedar bien delante de sus amigos».
Y entonces el profesor puede preguntar: «¿Crees que eso ocurre en la vida real?». La conversación ya no es una acusación. Es una reflexión.
Ese mecanismo puede ayudar a trabajar aspectos esenciales de la convivencia: ponerse en el lugar del otro, comprender las consecuencias de nuestras decisiones, respetar las diferencias y aprender a gestionar los conflictos sin convertir cada desacuerdo en una batalla.
El profesor puede aprovechar las propias reacciones de la clase. Si una escena provoca risas, enfado o incomodidad, no hace falta pasar rápidamente a la siguiente pregunta. A veces esa reacción espontánea dice más que cualquier ejercicio escrito.
Otra posibilidad es relacionar alguna situación del libro con cosas que ocurren fuera del aula. No para convertir cada lectura en una lección moral, sino para que los alumnos descubran que esos conflictos también aparecen en sus relaciones, en las redes sociales o en decisiones cotidianas.
Hay que darles a los chavales tiempo para leer sin sentir que siempre tendrán que demostrar que han entendido el libro. Cuando desaparece un poco esa presión, algunos alumnos que normalmente participan poco empiezan a hablar. Ahí es cuando la lectura puede convertirse en algo verdaderamente suyo.

—¿Qué importancia tiene la personalidad frente a la presión del grupo?
—Enorme. Durante la adolescencia, pertenecer al grupo puede parecer una cuestión de supervivencia social. Queremos sentirnos aceptados, y eso es completamente humano.
El problema aparece cuando confundimos pertenecer con dejar de ser nosotros mismos.
Tener personalidad no significa llevar la contraria a todo el mundo. Tampoco significa ser rebelde. Significa poder decir «sí» cuando queremos decir sí y «no» cuando sabemos que debemos decir no. Significa aceptar que quizá no gustemos a todo el mundo. Significa tener criterios propios.
Una educación verdaderamente integral debería ayudar a los jóvenes no solo a responder correctamente un examen, sino también a responder correctamente ante determinadas decisiones de la vida. Porque llegará un momento en que nadie les dará cuatro opciones para elegir. Tendrán que elegir ellos.
—¿Qué relación existe entre el entusiasmo y el fracaso?
—Una relación enorme. Creo que tenemos que enseñar a los adolescentes que fracasar no es lo mismo que ser un fracaso. Son dos cosas completamente diferentes. Una mala nota no define a una persona. Una amistad que termina tampoco. Un proyecto que sale mal tampoco. Una decisión equivocada tampoco.
El problema aparece cuando convertimos un acontecimiento en una identidad: «He suspendido» puede convertirse en «soy malo estudiando». «Me han rechazado» puede convertirse en «nadie me va a querer». «Me he equivocado» puede convertirse en «no sirvo para esto».
Las historias permiten mostrar que una decisión puede tener consecuencias sin convertirse necesariamente en una condena. El entusiasmo consiste, en parte, en conservar la posibilidad de volver a intentarlo.
La educación no debería enseñar únicamente a ganar; debería enseñar a levantarse.
—¿Y qué ocurre con la autoestima?
—Que no deberíamos confundir autoestima con decirle constantemente a un adolescente que es maravilloso. La autoestima necesita algo más profundo. Necesita conocerse, reconocer fortalezas y limitaciones, aceptar que no somos perfectos y comprender que nuestro valor no depende exclusivamente de la opinión de los demás.
Si un joven necesita constantemente que alguien le diga que es bueno, guapo, inteligente o popular, su autoestima queda en manos de los demás.
El objetivo debería ser ayudarle a construir una valoración más estable de sí mismo.
Las historias pueden ayudar porque muestran personajes que dudan, se enfrentan a decisiones, descubren capacidades que no conocían o comprenden que estaban intentando ser alguien que no eran.
La autoestima también consiste en dejar de vivir permanentemente para la mirada de los demás.
Las redes sociales complican todavía más esta cuestión, porque la comparación está presente casi todo el tiempo. Por eso me parece importante que aprendan a distinguir entre lo que muestran los demás y lo que realmente viven.
En ese sentido, los personajes también pueden servir como espejo, pero no como modelos perfectos. Ver que ellos también tienen inseguridades permite al lector entender que tener dudas sobre uno mismo no significa ser menos valioso.
—¿Qué papel tienen las familias en la lectura de este libro?
—Un papel precioso, porque una historia puede continuar en casa.
No hace falta convertir la lectura en un interrogatorio. A veces basta con una pregunta durante la cena: «¿Tú qué habrías hecho?». O: «¿Crees que el personaje actuó bien?». O incluso: «¿Te ha recordado a algo que ocurre en vuestro instituto?».
Las respuestas pueden sorprender. El libro puede crear un lenguaje común entre adolescentes y adultos. Y eso es especialmente importante porque, durante la adolescencia, algunas conversaciones que antes eran fáciles empiezan a complicarse.
Hablar directamente de determinados temas puede generar rechazo. Hablar de una historia puede abrir una puerta.
Me gustaría que el libro no se quedara únicamente en la mochila del alumno. Me gustaría que algunas de sus historias llegaran también a la mesa familiar.
—Puede un libro enseñar a tomar decisiones?
—No puede decidir por nosotros, pero sí puede enseñarnos a pensar antes de decidir. Y eso es fundamental.
Tomar decisiones implica reconocer el problema, valorar alternativas, anticipar consecuencias y preguntarnos qué principios queremos respetar.
Los adolescentes toman decisiones constantemente. Algunas parecen pequeñas, pero pueden tener consecuencias importantes: ¿Qué hago cuando mis amigos quieren hacer algo que no considero correcto? ¿Intervengo cuando alguien está siendo tratado injustamente? ¿Pido ayuda cuando la necesito? ¿Reconozco que me he equivocado? ¿Sigo intentando algo después de fracasar?
Cada decisión es también una pequeña construcción de nuestra personalidad. Por eso las historias plantean situaciones en las que no siempre existe una respuesta cómoda. Porque la vida real tampoco viene con soluciones al final de la página.
Leer permite detenerse en una decisión y observarla desde fuera, algo que no siempre podemos hacer cuando estamos viviendo una situación real. Esa distancia ayuda a pensar con más calma.
Es interesante que distintos personajes puedan tomar decisiones diferentes ante un mismo problema. Así el lector descubre que elegir no siempre consiste en encontrar una única respuesta correcta.
A veces, la mejor decisión no es la más fácil ni la que recibe más apoyo del grupo. Las historias permiten mostrar ese conflicto sin convertirlo en una lección cerrada.
Quizá lo más importante es aprender que decidir también implica hacerse responsable de lo que viene después. No podemos controlar todas las consecuencias, pero sí podemos pensar por qué hemos elegido.
—¿Por qué es importante que un adolescente aprenda a pensar por sí mismo?
—Porque vivir consiste, en gran medida, en tomar decisiones en medio de influencias.
La familia influye. Los amigos influyen. El colegio influye. Internet influye. Las redes sociales influyen. La sociedad influye. Eso no es necesariamente malo. El problema aparece cuando dejamos de distinguir entre influencia y dependencia.
Pensar por uno mismo no significa ignorar a los demás. Significa escuchar, analizar, contrastar y finalmente construir un criterio propio.
Ese es uno de los grandes objetivos que me gustaría que el libro despertara: que el lector no se limite a preguntarse «¿qué debería hacer?», sino también:
«¿Por qué creo que debería hacerlo?»
Esa segunda pregunta es mucho más poderosa.
Aprender a pensar por uno mismo también significa aceptar que podemos cambiar de opinión. Tener criterio propio no consiste en defender siempre la primera idea que tenemos, sino en saber revisarla cuando aparecen nuevos argumentos.
En la adolescencia, además, muchas decisiones están condicionadas por la necesidad de pertenecer a un grupo. Por eso es importante aprender a distinguir entre hacer algo porque realmente queremos y hacerlo simplemente para no sentirnos diferentes.
Un libro puede abrir ese espacio de reflexión sin decirle al lector qué respuesta tiene que dar. Si consigue que se cuestione una idea que daba por sentada, ya está contribuyendo a formar su propio criterio.
Pensar por uno mismo no significa tener todas las respuestas, sino atreverse a hacerse preguntas y buscar respuestas propias. Y quizá esa sea una de las herramientas más útiles que podemos darle a un adolescente para afrontar lo que viene.
—¿Qué puede encontrar un profesor en este libro que no encuentre en un simple libro de lectura?
—Puede encontrar posibilidades. Cada historia puede ser leída de varias maneras. Puede ser simplemente una historia. Puede utilizarse como lectura comprensiva. Puede generar un debate. Puede convertirse en una actividad de escritura. Puede servir para una tutoría. Puede iniciar una conversación sobre convivencia. Puede utilizarse para que los alumnos representen una situación y planteen finales alternativos. Puede, incluso convertirse en un pequeño proyecto de aula: «¿Qué habrías hecho tú y por qué?».
El valor de un libro educativo no está únicamente en todo lo que contiene, sino también en todo lo que permite hacer con él. Y este libro pretende precisamente eso: ofrecer historias breves que puedan abrir conversaciones largas.

—¿Por qué considera importante que las historias sean breves?
—Porque la brevedad no significa superficialidad.
Vivimos en una época en la que la capacidad de atención compite constantemente con una enorme cantidad de estímulos.
Un relato puede tener una ventaja educativa: permite entrar rápidamente en una situación, comprender un conflicto y llegar al momento de la reflexión sin exigir una lectura excesivamente prolongada. La brevedad facilita su utilización en el aula. Un profesor puede trabajar una historia durante una sesión. Un alumno puede leerla en casa sin sentir que se enfrenta a una tarea interminable.
Una historia breve puede quedarse dando vueltas en la cabeza. A veces un texto de pocas páginas genera una conversación de una hora. Ese es precisamente el tipo de brevedad que interesa: pocas páginas, pero muchas preguntas.
—Si tuviera que elegir una sola enseñanza del libro, ¿cuál sería?
—Que cada persona tiene la posibilidad de decidir qué clase de persona quiere ser.
No podemos controlar todo lo que nos sucede. No elegimos siempre las circunstancias. No podemos conseguir que todo el mundo nos comprenda. No podemos evitar todos los errores. Pero sí podemos trabajar nuestra respuesta. Podemos elegir la honestidad frente a la mentira. El respeto frente a la humillación. La perseverancia frente al abandono. La empatía frente a la indiferencia. La personalidad frente a la presión. La responsabilidad frente a la excusa. Eso no convierte la vida en fácil. Pero sí puede convertirnos en personas más preparadas para vivirla.
—¿Qué le diría a un alumno que piensa que los libros de valores son aburridos?
—Le diría: «Perfecto. No tienes que estar de acuerdo conmigo». Probablemente empezaría por ahí.
No quiero que un adolescente abra el libro pensando que alguien va a darle una lección. Quiero que lo abra pensando: «A ver qué pasa». Que conozca una historia. Que se sorprenda. Que se enfade con un personaje. Que piense que otro está equivocado. Que cambie de opinión. Que cierre el libro y continúe pensando.
El mejor indicador de que una lectura ha funcionado no sea que el alumno diga «qué bonito», sino que diga:
«Yo habría hecho otra cosa».
En ese momento ya estamos educando.
—¿Por qué debería un centro educativo incorporar 20 historias breves para adolescentes entusiastas a sus alumnos de ESO?
—Porque un centro educativo no educa únicamente para aprobar asignaturas. Educa para vivir.
Los alumnos necesitarán matemáticas, lengua, informática, ciencias, idiomas y muchas otras disciplinas. Pero también necesitarán aprender a relacionarse, decidir, equivocarse, defender sus ideas, escuchar a otros, gestionar conflictos y construir una personalidad propia. Este libro puede ser una herramienta sencilla para trabajar esa dimensión.
No pretende resolver todos los problemas de la adolescencia. Ningún libro puede hacerlo. Tampoco pretende sustituir la labor de los docentes, las familias, los orientadores o los profesionales.
Pretende algo más realista y, quizá, más útil: abrir conversaciones que merecen ser abiertas.
Un centro puede comprar un libro y conseguir veinte historias. Pero el verdadero valor puede estar en las cien, doscientas o mil conversaciones que esas historias sean capaces de provocar. Y eso sí me parece una buena razón para que un colegio apueste por él.
—Para terminar: si usted tuviera delante a un director de colegio que todavía duda sobre elegir y trabajar el libro para sus chavales, ¿qué le diría?
—Le diría que no compre y trabaje el libro porque le digan que es bueno. Que lo abra. Que lea una historia. Que se pregunte si esa situación podría suceder mañana en uno de sus pasillos. Que imagine a un grupo de alumnos hablando sobre ella. Que piense en ese estudiante que normalmente no participa y que quizá, al hablar de un personaje, se atreva por primera vez a dar su opinión. Que imagine al tutor utilizando una historia para iniciar una conversación que llevaba semanas intentando comenzar. Que piense en una familia leyendo juntos una de las historias y descubriendo que, después de mucho tiempo, han encontrado una forma sencilla de hablar sobre algo difícil.
Y entonces que decida. Porque 20 historias breves para adolescentes entusiastas no pretende ser un libro que diga a los jóvenes cómo deben vivir. Pretende acompañarlos mientras descubren cómo quieren hacerlo. Y quizá esa sea una de las tareas más importantes de la educación: no fabricar alumnos perfectos, sino ayudar a formar personas capaces de pensar, elegir, convivir, reflexionar, levantarse después de caer y conservar su personalidad cuando el mundo les pide que sean iguales a todos los demás.
Y quizá ahí esté el verdadero valor de un libro como este: no en las respuestas que ofrece, sino en las conversaciones que consigue provocar cuando ya no estamos leyendo. En una época en la que los adolescentes reciben miles de mensajes sobre quiénes deberían ser, detenerse a escuchar una historia puede convertirse en un pequeño acto de libertad. Leer, reconocerse, cuestionarse, conversar… también es educarse. Y cuando un libro logra entrar en un aula, en una tutoría o en una familia y abrir ese espacio, deja de ser solamente un libro: se convierte en una oportunidad.
Por eso, si un director me preguntara finalmente qué puede aportar 20 historias breves para adolescentes entusiastas a su colegio, le respondería algo muy sencillo: quizá no cambie la vida de todos sus alumnos, pero puede ayudar a que alguno de ellos encuentre una pregunta que necesitaba hacerse, una palabra para expresar lo que sentía o el valor para mirar su propia historia de otra manera. La educación empieza exactamente ahí: en ese instante en que alguien se siente escuchado, se atreve a pensar por sí mismo y descubre que su voz también merece un lugar.