La tradición es un puente entre generaciones | Por Lourdes Justo
Mira a tu alrededor: color y brillo por todas partes; imágenes que han resistido silenciosamente el paso de los siglos. Entre tantos símbolos que nos rodean, el árbol decorado se ha convertido, al menos para mí, en uno de los más reconocibles de la Navidad, aun sabiendo que no todo el mundo lo mira con los mismos ojos ni le concede la misma importancia.
Su estampa condensa lo que entiendo por espíritu navideño, esa construcción histórica moldeada por generaciones. No todo se conserva igual, pero lo cierto es que lo que hoy celebramos es, en realidad, una amalgama de rituales que recorre los años sin perder identidad. Si contemplas tu árbol con una mirada abierta, ¿qué historia te contaría? Posiblemente, cada ornamento encierre su propio relato: velas que iluminan el mundo, la estrella que nos guía, buenos deseos en pequeñas ofrendas…
No obstante, cuanto más los observo, más claro tengo que el centro de la celebración no está en lo que se compra con afán decorativo, aunque la vorágine del consumismo se empeñe en lo contrario. O al menos, eso siento yo. Se puede ofrecer algo mucho más valioso que un objeto: tiempo y afecto, ambos de valor incalculable porque no se pueden comprar ni fabricar; son irrepetibles e insustituibles, y echan raíces profundas difíciles de arrancar.
Reconozco que hay años en los que el árbol me resulta distante. Sus luces me aturden cuando prefiero oscuridad, y sus colores no siempre sintonizan con lo que habita en mi interior. Diciembre irrumpe con una música demasiado ruidosa, y, sin embargo, algo en él me recuerda que no únicamente celebro que todo está perfectamente, sino que, precisamente, no lo está, pero, al menos, puedo contarlo. En ese caso, lo que realmente necesito es algo que afloje mis nudos y permita que el aire reconforte mis heridas.
Aunque el bullicio parezca ocuparlo todo, sigo considerando a la Navidad como una oportunidad de calma. Una breve tregua en medio del alboroto cotidiano. Un instante en que todo se recoloca por dentro. En ese compás pausado, a menudo me pregunto qué cambiaría en mí si aprendiera a vivir con la misma serenidad durante todo el año, sin tanta prisa por llegar a ninguna parte.
En ese alivio, mientras el ajetreo cede por un instante, vuelvo a mirar a mi alrededor los regalos, lazos y envoltorios que descansan con sus enormes lazos a los pies del abeto: embellecen y protegen, a la vez que ocultan para no desvelar su secreto demasiado pronto. Tal vez nos parecemos mucho a ellos. Exhibimos parte de nosotros sin desnudarnos por completo, con la esperanza de que quien nos “desenvuelva” sepa reconocer nuestro valor. Todo nos recuerda algo esencial: este es un tiempo propicio para reconocer y tomar conciencia de aquello que de verdad merece la pena.
La tradición navideña nos sitúa en un punto exacto entre el pasado y el futuro. Justo donde reside la esperanza de que la vida nos conceda otro año más, en el que podamos seguir siendo puente entre los que estamos y los que vendrán. Un lugar frágil y a la vez luminoso que invita a echar la vista atrás sin quedarnos atrapados ahí, a afrontar lo que viene sin miedo y a agradecer lo recibido, preservando lo que realmente merece trascender cuando las luces se apaguen y vuelva el silencio… shhhhh.

© 2025. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.
Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.
Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.
Orientadora Escolar.
Escritora.
Coach de víctimas de maltrato psicológico.
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