El gran apagón | por Francisco José Chaparro Díaz
Eran aproximadamente las doce y media del del lunes 28 de abril de 2.025, cuando súbitamente dejó de funcionarme el ordenador al quedarse sin suministro eléctrico, lo primero que hice fue mirar si en el resto del despacho había corriente, luego al ver que no, me asomé al pasillo del edificio, donde las luces blancas de emergencia ya avisaban que todo el edificio carecía de ella. No era algo habitual, pero tampoco algo que sea infrecuente, el caso, es que al quedarme lógicamente sin el wifi que me ofrecía el router del despacho, dependía del suministro de datos de la telefonía móvil, para a través del mismo poder seguir trabajando mientras se restablecía el servicio, que por buena lógica, no tardaría más que unos instantes.
Sin embargo, los primeros síntomas de que estábamos ante algo distinto empezaron a aparecer, los datos del móvil y por tanto la cobertura y la conexión a internet, empezaban a fallar, iba y venía, los minutos de apagón ya empezaban a ser más de lo que parecía normal y en la calle había mucho ruido de claxon de los coches, típico de un día de atascos.
Ante la evidencia de que el apagón parecía que se había producido en todo el barrio y dada la cercanía con la hora del almuerzo, empezaba a rondar por mi cabeza la idea de levantar las manos, marchar a casa a tratar de aprovechar allí mejor el tiempo y ya si eso por la tarde, continuar donde me había visto obligado a dejarlo.
Trabajo en un séptimo piso, así que no me quedó otra opción que bajar a pie y dando gracias por no haberme quedado atrapado en uno de los ascensores del bloque, como a buen seguro le habrá ocurrido a algún vecino del barrio,… pensé…
No había dado los primeros pasos en la calle cuando los comentarios de mis vecinos, de Emilio el portero y los primeros mensajes de whatsap que iban entrando con cuenta gotas, empezaban a alertar de un apagón generalizado ¡en todo el país!, pero no sólo en el nuestro, ¡sino en los del entorno también!, Francia y Portugal especialmente. Ante este confuso panorama, pero ya con la certeza de que esto no era una cosa puntual, ni local, renuncié al uso del transporte público, ni autobús por los atascos que producían la falta de semáforos provocando el caos circulatorio, ni obviamente el metro, que al margen del sistema de seguridad y baterías del que seguro dispone, nadie sensato se iba a meter bajo tierra en estas circunstancias; por tanto, caminata al canto y cuarenta minutos de paseo para ir viendo como discurrían los acontecimientos.
Ya desde el principio se vio que nada funcionaba, en las paradas de taxis, la gente se agolpaba para con la radio de los coches que dependen de la energía que el motor les suministra, escuchar las noticias, que poco a poco iban poniendo un poco de criterio y arrojando luz, nunca mejor dicho, sobre lo que estaba ocurriendo. Ya estaba confirmado que el apagón afectó a toda España al mismo tiempo, situación jamás vista y que parecía que poco a poco incluso se estaba empezando a arreglar. Se decía que en Galicia, Extremadura, partes de Cataluña y algún que otro sitio más del contorno exterior del país se empezaba a recobrar el suministro, pero sin un criterio claro al respecto y con confusión, mucha confusión en todas las informaciones.
Entonces lo vi, a medida que avanzaba con paso firme camino de mi casa, observé el contraste que ante mis ojos me mostraba el comportamiento humano ante una situación de esta gran magnitud, de por entonces además, consecuencias impredecibles, pero que a los ojos de depende de quien sea, se aprecia de una manera u otra. Por una parte, veía como muchísimos ciudadanos disfrutaban de su aperitivo y de su cerveza en un soleado día en las terrazas de los bares, los cuales a oscuras, trataban de servir toda la bebida y comida que podían a marchas forzadas, antes de que el calor las echara a perder y subiera la temperatura de los licores, con una pasmosa indiferencia a lo que estaba ocurriendo, y, por contra, otros muchos, empezaban a hacer cola en las puertas de los supermercados para abastecerse de víveres esenciales, agua embotellada y el clásico papel higiénico. En este punto a medida que avanzaba en mi recorrido a casa, aprecié escenas que recordaban a lo peor de la pandemia, con empleados de tiendas poniendo orden en las colas al uso de guardias de seguridad, gente gritando y en general, una sensación que me retrotrajo a cinco años atrás, marzo de 2.020.
Es en ese momento cuando te acuerdas o más bien te preocupas por los tuyos, los hijos pequeños especialmente y el resto de la familia, pero, no funcionaban los móviles y nada, excepto continuar tu camino, puedes hacer, confiando en llegar a casa y que todos sigan en buena lógica la misma pauta para reunirnos allí y ya entonces, desde la seguridad de estar todos juntos, afrontar la realidad.
Afortunadamente así fue y una vez nos fuimos reuniendo todos, ya era conocido que el retorno del suministro se produciría como si fuera un “efecto donut”, desde la parte externa del país hacia el interior, poco a poco y de manera progresiva, en una operación que podría llevar hasta veinticuatro horas.
El suministro finalmente se reestableció en todo el país con más o menos demora y en ese ínterin infinidad de anécdotas en cada casa, sin que todavía sepamos que es lo que ocurrió. Teorías de todo tipo hemos escuchado y opiniones de todos los colores han desfilado por medios de comunicación; que si las renovables, que si las nucleares, que si Red Eléctrica Española, que si las privadas, que si un ciberataque, que si Putin o que si los extraterrestres… en esta ceremonia de la confusión el Gobierno ni ha sabido, ni probablemente ha querido dar una explicación clara, instrumentalizando este evento para la refriega política, al igual que han hecho el resto de partidos y creo, que cualquier ciudadano con un mínimo de sentido común podrá intuir que nunca vamos a tener una explicación certera y objetiva de lo realmente sucedido, bien porque de verdad no lo sepan, bien porque sabiéndolo no convenga que se sepa.
Esta situación debe llevarnos a varias reflexiones, pues de entrada, las escenas vividas que nos recordaban a las de la pandemia de 2.020, han tardado sólo minutos en volver a producirse, en un ejemplo rotundo de lo volátil que es el sistema de vida en el que estamos instalados y en relación con ello, claramente, la total dependencia de la tecnología en la que nos estamos metiendo, dependiente la misma a su vez de la electricidad, de tal forma que sin esta, no hay tecnología y sin ella no hay nada. Hoy día para cualquier operación financiera, para pagar un parking, comprar una botella de agua y ya no te digo, relacionarte con la administración pública, se requiere de aplicaciones y softwares que quien no lo tenga, parece que es un marginado social; y se están olvidando las habilidades esenciales que el ser humado ha desarrollado en siglos de relaciones sociales sin la tecnología que hoy tenemos, hasta el punto que quizás, los que ya pintamos canas, seamos capaces de recordar cómo eran antes las cosas y aunque sea con dificultad, readaptarnos a una vida sin esta tecnología, pero ¿y los más jóvenes?, esos que llaman nativos digitales, esos que para hacer amigos necesitan de redes sociales, para tener sexo de aplicaciones de móvil y para sacar una sencilla entrada de cine una conexión on line, ¿a esos les vamos a explicar que cuando se va la luz se enciende una vela? ¿Que cuando el pc no va se escribe a mano? y que cuando no se puede quedar por whattsap, se acude al bar, al parque o al lugar de encuentro habitual ¿por si allí te encuentras con tu amiga?.
Mucho que reflexionar y mucho que aprender de este apagón si nos tomamos el instante necesario para pensar en estas y otras cuestiones; y es triste que deban ocurrir este tipo de eventos que al final cuestan dinero y dan problemas, para que al menos durante el tiempo que duró nos olvidemos de lo material que nos rodea y nos centramos más en lo esencial que a diario postergamos a un segundo plano. Al final hasta vamos a tener que dar las gracias al ciberdelincuente o a Putin, si es que algo han tenido que ver y desde luego, a este Gobierno, que eso seguro, nada nos va a aclarar, por darnos la oportunidad de que al menos durante unas horas nos hayamos alejado de la tecnología que a diario, más que hacernos libres, nos está esclavizando al estilo del siglo XXI.
Junio de 2025.
