«El espejismo de la verdad: sesgos, ideologías y el desafío de cambiar el rumbo» | Por Frígida Khalvo
Todos albergamos sesgos, querido lector; tú, yo, e incluso el propio director de este periódico. La manifestación de sesgos cognitivos es inevitable, pues la propia condición humana nos hace susceptibles a ellos. Un sesgo cognitivo no es sino el impulso inconsciente a través del cual interpretamos la información que recibimos del entorno. Cada estímulo que percibimos atraviesa primero nuestro filtro moral e ideológico y se asienta, finalmente, en un rincón de nuestra mente, donde el juicio subjetivo le terminará de dar forma. En apenas un segundo, adoptamos una postura: ¿nos inclinamos a favor o en contra? Esta decisión la tomamos incluso antes de disponer de toda la información sobre el tema en cuestión. Bajo estas circunstancias, no resulta sorprendente que, con frecuencia, nuestras decisiones carezcan de acierto.
Muchos de nosotros sentimos orgullo al proclamar que permanecemos fieles a nuestras convicciones, firmes e inalterables en nuestros principios. Pero, ¿es esto verdaderamente una virtud digna de admiración, o acaso se trata de un vano intento por preservar el statu quo, evitando así el esfuerzo de admitir que en alguna ocasión pudimos haber errado? A fin de cuentas, saber rectificar y cambiar de opinión cuando advertimos que nuestra posición es errónea constituye un signo indiscutible de inteligencia y humildad.
Esta resistencia al cambio, este afán por aferrarnos a nuestra ideología a toda costa, representa uno de los más insidiosos venenos de nuestra sociedad.
El ser humano es, sin duda, un ser imperfecto. Entre sus principales imperfecciones se encuentran la tendencia a llenar los vacíos de su conocimiento con información poco fiable y el desmesurado ego que con frecuencia nubla sus acciones.
Todos nos consideramos indiscutibles poseedores de la verdad y solemos culpar y ridiculizar a los demás por su supuesta necedad y por su incapacidad para reconocer sus propios errores. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros hemos sido realmente capaces de reconocer nuestros propios errores o, más aún, de conceder la razón a alguien cuya ideología difiere de la nuestra?
Resulta sencillo burlarse de quienes sostienen posturas extremas, como afirmar que el género depende únicamente de un sentimiento o que todos los hombres son potenciales violadores. Ideas, por otro lado, dignas de una comedia. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros nos hemos atrevido a cuestionar las ideas que repetimos casi de forma mecánica y que, en muchos casos, resultan igualmente extremas y desvinculadas de la realidad?
Son muchos los que afirman que una alteración en el equilibrio ideológico de una sociedad solo puede corregirse mediante un ajuste radical en sentido opuesto. Sin embargo, esa misma premisa fue defendida en su momento por quienes hoy disfrutan de ciertos privilegios y que, en algún momento de la historia, ocuparon una posición desfavorable. Esa misma premisa fundamenta hoy una parte del movimiento feminista, que, en lugar de aspirar a una igualdad genuina entre hombres y mujeres, parece enfocarse en una compensación histórica e incluso en una revancha contra quienes ya no existen y que, en su tiempo, sometieron a mujeres que ya no viven.
Poco a poco, observamos cómo la sociedad se torna cada vez más descompensada. Las desigualdades aumentan y las personas se sienten progresivamente más solas, aisladas e incomprendidas.
No deseo ser pesimista, querido lector, pero sería insensato no reconocer la preocupante dirección que parece tomar nuestra sociedad. Las redes sociales, la tecnología omnipresente, la creciente falta de contacto humano y la adopción de hábitos poco saludables —tanto físicos como intelectuales— están configurando un panorama sombrío para el mundo occidental.
Estas herramientas, concebidas en su origen como avances destinados a conectar y mejorar nuestras vidas, han comenzado a transformarse en cadenas invisibles que nos aíslan, deforman nuestra percepción y debilitan nuestra capacidad de reflexión. Al ceder a su influencia sin cuestionarla, nos convertimos en cómplices de una degradación gradual, pero inexorable, de los pilares sobre los que se ha sostenido nuestra civilización.
La sociedad se encuentra ante un dilema crucial: continuar avanzando hacia este precipicio o detenerse a reflexionar, cuestionar y rectificar. La solución, aunque sencilla en apariencia, exige un esfuerzo monumental: recuperar el equilibrio perdido, revitalizar los lazos humanos y priorizar un desarrollo intelectual y ético que contrarreste el embrutecimiento colectivo al que nos estamos sometiendo.
La pregunta es inevitable: ¿Qué vas a hacer tú para cambiar este rumbo? Porque, aunque es fácil señalar al resto, el verdadero cambio comienza en cada uno de nosotros, en nuestras decisiones cotidianas y en nuestra voluntad de resistir el magnetismo de la inercia.
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