X

Cuando rendirse es el verdadero triunfo | por Lourdes Justo

Lo que no se sostiene, tarde o temprano, se cae.

Cuenta la leyenda que en la selva vivían unos voraces monos. Los aldeanos, cansados de perder sus cosechas, lo intentaban todo, pero no lograban ahuyentarlos.

Un anciano ideó una ingeniosa solución: enganchó en las ramas de los árboles unas calabazas que contenían arroz, nueces y maíz. En cada una talló una ranura del tamaño exacto de las pequeñas manos de los monos. Los curiosos primates las introdujeron con cuidado para agarrar el preciado botín, pero, al cerrar el puño, descubrieron que eran incapaces de sacarlo por la abertura. Tiraron con todas sus fuerzas, gruñeron y forcejearon, pero les resultó imposible.

Pese a todo, seguían aferrados al puñado de semillas. Su apego a esa ilusión pesaba más que el deseo de libertad.

Capturaron a los animales, víctimas de su propia incapacidad para abandonar aquello que creían valioso, pero que, en realidad, era una trampa.

Esta historia tiene múltiples paralelismos con nuestras vidas. Solemos permanecer en prisiones invisibles por no soltar a tiempo. La clave para alcanzar nuestra paz comienza con una decisión aparentemente sencilla, aunque dura: dejar ir… y quien quiera marcharse, que se vaya. Nadie es imprescindible. No todo lo que se va puede considerarse una pérdida, por lo tanto, lo más sano es abrir la mano y permitir que se aleje quien, aun sin estar de verdad, sigue ocupando espacio.

Y dejar que todo siga su curso: el río no se detiene ante un guijarro.

Los monitos no cambiaron de estrategia, tal como ocurre con muchas personas: se apegan al sufrimiento porque han hecho de él una extensión de sí mismas. Aprendieron a vivir así, conviviendo con ese dolor. Creen que, evitándolo, perderían una parte de su identidad, y esta creencia les impide deslizar el pestillo de la jaula en la que se encuentran. Por eso, conviene renunciar para avanzar; de lo contrario, estarán condenados a repetir lo mismo eternamente.

Dejar ir no es una derrota, al contrario. Cada vez que nos arrancamos la costra seca de una herida antigua, todo se vuelve más saludable. Al fin y al cabo, la verdadera felicidad no está en la cantidad de cosas que retenemos, sino en la ligereza con la que caminamos.

Apretar con fuerza nos proporciona una falsa sensación de control. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto abrir, si sabemos que el puño cerrado es el que actúa como trinquete? En estos casos, paradójicamente, cuanto más intensa es la presión por sacarlo, más férreo se vuelve el sistema de bloqueo. Desactivar ese mecanismo es la única forma de alcanzar la libertad.

Porque sí, querido lector, querida lectora… Hay batallas que se ganan al aflojar el puño, si lo que aprietas te inmoviliza. Y también triunfas cuando decides no seguir interpretando el rol que otros escribieron para ti. Hay jaulas que no tienen barrotes, sino guiones.

Algunos hemos aprendido a aguantar, como si resistir fuese una virtud. Pues no: a veces, renunciar o rendirse nos salva.  Llega un día en que te cansas de sostener lo insostenible. Entonces dejas de intentar flotar abrazando piedras y te elevas, liviano de vacuidades. Y con ese gesto, callado pero poderoso, comienza una forma de resurrección: no del cuerpo, sino del alma.

En realidad, no sufrimos por lo que nos imponen, sino por lo que aceptamos. No está mal preguntarse qué peso merece realmente nuestro hombro y cuál no. Asumimos expiaciones creyendo que nos hacen más fuertes, y sin darnos cuenta, nos ajustamos los grilletes y cerramos el candado, convirtiéndonos al mismo tiempo en carceleros y cautivos de nosotros mismos.

Liberarse es confiar en que hay algo diferente más allá, la única salida para no quedarse atrapado en lo intolerable… Una forma de dignidad que prefiere vaciar las manos antes que tenerlas atoradas en una calabaza de ilusiones vanas. Es honrar el tiempo que aún nos queda por delante; mirar de frente al horizonte, tomar aire y empezar a andar con la certeza de que ya no seguirás reabriendo la misma herida.

Y sí, a veces me toca avanzar sola. Pero no me asusta, pues la soledad no es ausencia, sino un santuario. Es también mi trinchera cuando los recuerdos irrumpen como metralla. No me exige nada y, sin embargo, me lo da todo.  Nunca me falla. Ella y yo nos llevamos bien, nos entendemos. A veces, incluso, reímos juntas…

En fin… que merecemos sanar y eso solo se consigue así: dando pasitos. Como un amanecer que, sigilosamente, va abriéndose paso entre las sombras.

Lourdes Justo Adán. Cuando rendirse es el verdadero triunfo

© 2025. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.

Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar.

Escritora.

Columnista.

Coach de víctimas de maltrato psicológico.

https://lourdesjustoadan.blogspot.com

nubeluz174@gmail.com

Categorías: Opinión
Etiquetas: Lourdes Justo Adán
Elescritor.es:
X

Política de cookies

Esta página tiene cookies, ¿las aceptas? :)

Política de privacidad