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Cuando la educación es un escaparate | Por Lourdes Justo Adán

Acaba la PAU y los medios celebran el expediente de algunos jóvenes. Aunque es un reconocimiento totalmente merecido y legítimo, a mí, como orientadora escolar, me preocupa aquello que no se ve en la fotografía. La enseñanza tiende a convertirse en un escaparate de trofeos donde lo que reluce es el éxito, mientras otros chavales se quedan excluidos, como si formaran parte de otro paisaje.

El verdadero triunfo de una institución educativa no debería medirse solo por el número de alumnos brillantes que sale de sus aulas, sino también por cómo saca adelante a quienes encuentran más obstáculos; sí, a esos a quienes algunos profesionales indolentes, por desgracia, suelen etiquetar como incapaces o vagos. De este modo, al depositar la culpa en el alumno no tienen que cuestionarse sus propias metodologías. Prefieren invertir su esfuerzo en quienes representan una apuesta segura. Las consecuencias son devastadoras: al estudiante con diversidad –extenuado por una lucha que siempre es insuficiente– no se le acompaña; simplemente, se le etiqueta.

Ocasionalmente, a esto se le suma una costumbre tácita e injusta. No es solo una anécdota, es un síntoma y nadie habla de ello; es una complicidad silenciosa, criticada por todos, pero evidenciada por nadie: otorgar dieces para engordar expedientes que nadie se atreve a deslucir bajando su media con la crudeza de una calificación más baja, pero más honesta. Con el tiempo, esta práctica consolida un mercado negro de calificaciones en el que la máxima nota es un blindaje en forma de reconocimiento académico; pero no se trata de competencias reales, sino de un simple barniz.

La “meritocracia” sería justa si todos partiesen de la misma posición. Hablar de logros sin hablar de contexto es un engaño. La verdadera proeza no es tener facilidad para obtener la máxima nota, sino dar un paso más teniendo motivos de sobra para rendirse. La invisibilidad de estos alumnos constituye una tragedia. La verdadera atención a la diversidad consiste en proporcionar las herramientas y apoyos necesarios para que cada persona pueda superar los obstáculos y desarrollar al máximo sus posibilidades. Sin este andamiaje, no puede hablarse de un compromiso real con la diversidad.

La impostura es aún más profunda porque el instituto mantiene un contrato implícito con la sociedad: contribuir a formar a los adolescentes. Cuando deja atrás a quienes más soporte necesitan, no es excelente; es selectivo. Está funcionando como una criba que excluye alumnado en lugar de actuar como un trampolín para los que necesitan un impulso extra.

En ciertos casos, la diversidad no solo deja de ser atendida: es también penalizada negando oportunidades a quien no encaja. Y si la diferencia se castiga, cabe preguntarse si se trata realmente de un sistema educativo genuinamente inclusivo o de un anacrónico mecanismo de selección, muy lejos de ser un espacio de crecimiento. La educación pierde su sentido cuando actúa como un filtro que separa a los alumnos con éxito de los demás y olvida su misión primordial: proclamar que nadie es prescindible.

Para terminar, quiero dejar esta reflexión: la calidad de un centro educativo no debería medirse solo por la altitud de su cima, sino por la fuerza con la que sujeta a quienes caminan al filo del precipicio.

Lourdes Justo Adán – Cuando la educación es un escaparate

© 2026. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.

Docente especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.

Orientadora Escolar.

Escritora.

Coach de víctimas de maltrato psicológico.

https://lourdesjustoadan.blogspot.com

Categorías: Opinión Portada
Etiquetas: Lourdes Justo Adán
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