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31. La peligrosa dependencia de la tecnología | Por Francisco José Chaparro Díaz

Hoy día a nadie sorprende encontrar a personas incluso octogenarias mirando fijamente la pantalla de su teléfono móvil, sea para ver una foto, una noticia o incluso lo último de su red social favorita. Una generación de personas que nacieron en la post guerra de nuestro país, con escasez de todo, donde todo era difícil de conseguir, y donde todo pasaba con lentitud. Pues hasta ellos, han terminado insertos en el enredado mundo digital que ha reconcebido el mundo en todas sus maneras de relacionarnos con él y con las personas que lo habitamos.

La evolución fue muy rápida a partir de cierto momento, pues si desde mediados del siglo pasado la irrupción en masa de maneras de comunicarse, tales como aparatos de radio, de televisión y teléfonos, empezaron a estar en todos los hogares, durante varias décadas convivieron estos instrumentos de comunicación con sistemas tradicionales, donde sólo reuniéndose las personas se podía transmitir algo. Los que no somos octogenarios, pero ya pintamos algunas canas, recordamos como cuando toda la familia se reunía un viernes en torno a una mesa de camilla para ver juntos el único programa de televisión, que se emitía en la única cadena que existía y en el único aparato que había en la casa, a veces, con cierta frecuencia había un corte de suministro eléctrico que duraba minutos o alguna hora y, aunque fastidiara perderte tu programa, todos sabíamos entretenernos encendiendo una vela y pasando el rato con un dominó o una baraja de cartas.

Con los últimos coletazos del siglo todo empezó a acelerarse, la irrupción de los ordenadores empezaba a cambiar como se hacían muchas cosas, pero fue la llegada del internet y de la tecnología móvil, lo que revolucionó y aceleró definitivamente el cambio de modelo de vida social, profesional y económica.

Tanto y tan rápido ha corrido la evolución tecnológica y hasta tal punto nos ha atrapado, que pronto se llegó a hablar incluso de nativos tecnológicos, generaciones de jóvenes ya nacidos en una sociedad donde la tecnología marca los tiempos, las tendencias, hábitos sociales y por supuesto la economía, que en definitiva es la mano que está detrás de todo esto.

Consumidas ya casi tres décadas del siglo XXI, nuestra dependencia de la tecnología es tal que profesiones enteras están en vías de extinción al ser sustituidas por aplicaciones móviles y la novedosa (novedosa hoy, mañana dejara de serlo) inteligencia artificial. Ya no podemos acceder a nuestras cuentas corrientes si no es por la app del banco, el médico no nos ausculta, nos atiende por videollamada, no se sacan entradas en taquilla o mostrador para nada, todo es compra previa on line, la compra del supermercado, la ropa, las notificaciones de los juzgados, las citas con las administraciones públicas, etc… todo es a través de las plataformas habilitadas al efecto, donde el trato personal se ha perdido, la capacidad de influir en tu interlocutor para bien o para mal cada vez es menos frecuente y en definitiva, las relaciones humanas cada vez dejan más de ser humanas, para ser digitales, destacando el papel de las redes sociales como medio de interactuar entre las personas en sustitución de la vida social, llamando amistad a lo que es un mero registro digital e incluso sustituyendo el contacto directo para obtener relaciones sexuales (que a esta paso se sustituirán por relaciones sexuales virtuales, en las que alguno obtendrá incluso más placer que en las auténticas, ¡al tiempo!).

Lo peor de esta situación que nos ha ido desnaturalizando y creando una dependencia absoluta de la tecnología, es que se trata de una situación buscada, diseñada y ejecutada por las grandes tecnológicas en manos de unos pocos, que se enriquecen a manos llenas a costas de los usuarios, que somos todos, los cuales nos hemos convertido en una especie de esclavos modernos, que alimentamos el ego y llenamos los bolsillos de estos oligarcas de la tecnología, acumulando tanto poder, que han llegado a convertirse en poderes fácticos capaces de influir decisivamente en las guerras (cada vez más tecnológicas) y en las formas de gobiernos tradicionales, poniéndolos, quitándolos y exigiendo prebendas, ya que estos también se han vinculado a ellos en toda su gigantesca estructura, careciendo de autonomía para funcionar por sí mismos. ¿O acaso hay alguien que piensa que, por ejemplo el Estado Español, podría funcionar sin Microsoft, Google, Apple, Nvidia, etc…?.

El futuro se prevé incierto y muy frágil en sus posicionamientos actuales a cuenta de esta dependencia, y no puedo dejar de traer a colación una imagen que me marcó de sobre manera al inicio de la guerra de Ucrania, allá por febrero de 2.022… las que se suponían eran maniobras militares del ejército ruso en la frontera, desencadenaron de un día para otro el inicio de las hostilidades militares, que por supuesto llegaron hasta la capital, Kiev. Desde allí, al día siguiente del inicio, informaba para el telediario el corresponsal de RTVE, pero no un enviado especial para cubrir el conflicto, que ya llegaría días después, sino el corresponsal destinado habitualmente en ese país, al que de golpe le tocó cubrir un conflicto bélico en un, hasta entonces, tranquilo país. Pues bien, este hombre contaba desde la plaza central de la ciudad que sólo un par de noches antes, se había inaugurado allí mismo, un local de copas, al que el dueño, en su afán de darle boato y repercusión, había invitado al evento a toda la prensa internacional… ese día, sólo dos días después, Kiev estaba siendo bombardeada por misiles de alcance, drones y otros engendros tecnológico militares que habían dejado a la población sin suministro de gas para combatir el frío, electricidad para toda maquinaria y, por supuesto, sin antenas para las comunicaciones… lo que aunque rápido, tardó décadas en llegar a nuestras vidas hasta hacernos dependientes de ella, desapareció en una sola noche dejando a muchos desconcertados y a generaciones enteras de jóvenes huérfanos de relaciones con el mundo en su más amplio contexto.

Si eso pasara en nuestro país, que puede pasar, tal y como está el mundo y los dirigentes que los gobiernan, nos veríamos obligados a retroceder en el tiempo, tal vez a la vela y la baraja de cartas y los que como digo, ya pintamos canas, nos costaría, mucho, pero sabríamos hacerlo, pero, ¿Qué ocurriría con esa generación que hemos llamado nativos digitales?, con esos que han nacido con los móviles y el internet como instrumento de relación con el mundo y los demás… dejo la pregunta en el aire, porque si bien la respuesta es que no les quedaría más remedio que adaptarse, el proceso de adaptación sería tan dispar, que seguro que cada lector podría dar una respuesta de como desandar ese camino.

Marzo de 2.026.

Francisco José Chaparro Díaz – 31. La peligrosa dependencia de la tecnología

Categorías: Opinión
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