Una mujer desaparece… y reaparece en el Amazonas sin saber quién es: el inquietante thriller psicológico que explora la fragilidad de nuestra identidad
En La red de Indra la desaparición de Indra Martínez y su posterior aparición en la selva amazónica abre un gran misterio. ¿En qué momento nació la idea de construir una historia alrededor de la pérdida de identidad y la fuga disociativa?
La idea surgió después de leer un artículo en The New Yorker sobre la historia real de Hannah Upp, una mujer que sufrió varios episodios de fuga disociativa a lo largo de su vida. Aquella historia me impactó profundamente y despertó mi curiosidad por esta condición poco conocida dentro del espectro de las disociaciones, en la que una persona puede perder temporalmente su identidad y vivir sin recordar quién es.
A partir de esa fascinación comencé a investigar y, poco a poco, fui construyendo mi propia historia: la de Indra, con sus conflictos, sus fantasías y sus búsquedas interiores.
El título de la novela procede de la mitología hindú y simboliza la interconexión de todas las cosas. ¿Qué significado tiene para usted esa metáfora y cómo dialoga con la historia que cuenta en el libro?
El título proviene del mito hindú de la Red de Indra, una imagen que siempre me ha fascinado. Desde hace años me interesa la filosofía hinduista y su idea de que todo en el universo está interconectado, aunque los seres humanos tendamos a percibirnos como entidades separadas.
En la novela, la historia de Indra Martínez dialoga con esa metáfora: una mujer atrapada en su propia red de experiencias, relaciones y percepciones. Su viaje revela cómo muchas veces somos prisioneros de las narrativas que construimos sobre nosotros mismos, y cómo reconocer esa interconexión puede abrir un camino hacia una comprensión más profunda de la realidad.
La novela mezcla thriller psicológico, reflexión espiritual y viaje interior. ¿Fue un reto equilibrar estos tres niveles narrativos sin que uno eclipsara a los otros?
La mente humana es una unidad extraordinariamente compleja, capaz de engañarnos, manipular nuestras percepciones y construir realidades que a veces se vuelven inquietantes. Ese territorio, precisamente, es el que puede adquirir el tono de un thriller psicológico, como ocurre con la fuga disociativa que atraviesa la protagonista.
Pero al mismo tiempo sentía que era necesario iluminar esas sombras. Para lograr ese equilibrio, hice que Indra mirara profundamente hacia su interior. Su viaje no es solo el de una mente que se fractura, sino también el de una conciencia que busca comprenderse. De alguna manera, termina utilizando la misma herramienta que parecía condenarla, su propia mente, como vía de liberación.
Indra es un personaje complejo, marcado por la presión mediática, su entorno familiar y su relación con su marido. ¿Cuánto trabajo psicológico hubo detrás de la construcción de este personaje?
La complejidad de Indra nace, en realidad, de un collage de historias profundamente contemporáneas. Vivimos en una época marcada por la presión de las redes sociales, por la necesidad de figurar, de pertenecer, de sostener una imagen ante la mirada constante de los demás.
En ese sentido, Indra no es un personaje completamente ajeno al lector. Creo que todos llevamos algo de ella dentro: inseguridades, contradicciones, el deseo de ser vistos y aceptados. En la novela, esos rasgos están deliberadamente amplificados y dramatizados para sostener la tensión narrativa y mantener al lector en un estado de inquietud constante.
De alguna manera, Indra termina funcionando como un espejo: uno que refleja las fragilidades de nuestro tiempo.
Uno de los temas más inquietantes del libro es la fragilidad de la identidad: la idea de que podemos perder quiénes somos. ¿Qué le interesa explorar sobre la mente humana a través de esta historia?
Me interesa explorar esa aparente solidez con la que solemos entender nuestra identidad. Vivimos convencidos de que sabemos quiénes somos, pero la mente humana es mucho más frágil de lo que imaginamos, y basta una crisis o una herida profunda para que esa certeza empiece a desmoronarse.
A través de la historia de Indra quise adentrarme en ese territorio incierto donde memoria, percepción e identidad pueden volverse inestables. En el fondo, la novela plantea una pregunta profundamente inquietante: si todo aquello con lo que nos identificamos puede desaparecer, ¿qué es lo que realmente permanece de nosotros?
La novela se mueve entre escenarios muy distintos: Madrid, Cartagena de Indias, el Amazonas y la India. ¿Cómo influyen estos espacios en la evolución emocional y espiritual de la protagonista?
La fuga disociativa no implica únicamente una fractura en la identidad, sino también un desplazamiento físico. La persona no solo se desconecta de sí misma, sino que muchas veces se mueve por el mundo sin comprender del todo quién es o cómo ha llegado hasta allí.
En el caso de Indra, esa deriva la lleva a atravesar escenarios muy distintos como Madrid, Cartagena de Indias, el Amazonas y la India. Lugares que amplifican su desconcierto pero que también acompañan su transformación interior. Cada espacio representa, de alguna manera, una etapa de ese proceso. De esa forma, el desplazamiento geográfico termina convirtiéndose en un viaje mucho más profundo: una travesía hacia las zonas más desconocidas de su propia conciencia.
A lo largo de su trayectoria ha transitado por distintos géneros —novela histórica, thriller político, narrativa introspectiva—. ¿Qué lugar ocupa La red de Indra dentro de su evolución como escritora?
Cada novela, para mí, es una especie de entrenamiento. Un ejercicio que me lleva un poco más lejos en mi oficio de escritora. Explorar distintos géneros siempre supone un desafío, pero quizá el reto más grande sea sostener una historia hasta el final y lograr que tenga verdad emocional.
A lo largo de mi trayectoria he transitado por la novela histórica, el thriller político y la narrativa introspectiva. Con La red de Indra, mi séptima novela, he querido adentrarme aún más en el territorio de la mente humana, explorando la identidad, la memoria y las zonas más frágiles de la conciencia. Al final, más allá del género, lo que verdaderamente busco es crear una conexión con el lector. Si una historia logra despertar empatía y reflexión, entonces siento que el viaje literario ha valido la pena.
Su formación como periodista y su experiencia en el ámbito cultural parecen influir en su forma de narrar. ¿De qué manera ese pasado profesional ha marcado su estilo literario?
Estudié periodismo porque desde muy joven disfrutaba profundamente narrar lo que observaba a mi alrededor. Me atraía la idea de convertir los hechos, las experiencias y las historias humanas en palabras, y sentía que tenía cierta inclinación natural hacia ese oficio que quería perfeccionar.
Esa formación terminó marcando mucho mi forma de escribir. El periodismo me enseñó a observar con atención, a escuchar y a traducir la realidad en un relato comprensible y vivo. Hoy, cuando escribo ficción, sigo utilizando esa misma herramienta: la capacidad de mirar el mundo y transformarlo en historia, llevándolo un paso más allá hacia el territorio de lo literario.
En la novela aparecen temas como la construcción pública de la identidad, la presión social o la imagen que proyectamos ante los demás. ¿Hasta qué punto cree que vivimos en una época donde el “yo” es cada vez más frágil?
Creo que vivimos en una época en la que el “yo” está más expuesto que nunca y, paradójicamente, también más frágil. Las redes sociales y la mirada constante de los demás nos empujan a construir identidades públicas muy elaboradas, versiones de nosotros mismos que muchas veces responden más a expectativas externas que a nuestra realidad interior.
Esa presión por proyectar una imagen coherente y exitosa puede alejarnos de lo que realmente somos. En cierto sentido, terminamos habitando personajes que nosotros mismos hemos creado. La red de Indra se adentra precisamente en esa grieta: en el momento en que esa identidad construida comienza a desmoronarse y nos obliga a confrontar una pregunta esencial sobre quiénes somos realmente.
Después de siete novelas y una trayectoria consolidada, ¿qué le sigue impulsando a escribir y qué nuevas historias o territorios narrativos le gustaría explorar en el futuro?
La necesidad de escribir, para mí, es casi física. Es como cuando a alguien le pican los pies y necesita salir a caminar, solo que en mi caso ocurre con los dedos de las manos. Siento una necesidad profunda de expresar, de drenar a través de la escritura no solo emociones, sino también ideas, preguntas y reflexiones sobre la experiencia humana.
Cuando esas inquietudes se transforman en una historia, pueden convertirse en una pieza artística capaz de entretener, pero también de dejar al lector en un lugar distinto al que estaba antes: quizá un poco más consciente, más abierto o más reflexivo.
En el fondo, los libros son mi legado. Y mientras más historias pueda escribir y más lejos puedan viajar por el mundo, siento que más fiel habré sido a mi propósito como narradora.

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