“El cielo no era el problema… lo peligroso era entenderlo”: la novela que convierte Babilonia en un campo de batalla intelectual

“El cielo no era el problema… lo peligroso era entenderlo”: la novela que convierte Babilonia en un campo de batalla intelectual

El cazador de estrellas nos sitúa en la Babilonia antigua con un protagonista obsesionado con descifrar el cielo. ¿Qué te atrajo de este contexto histórico para contar esta historia?
Supongo que fue esa mezcla de misterio y origen. Me gusta pensar que todo empezó ahí, cuando alguien decidió dejar de mirar el cielo solo con miedo o con fe y empezó a intentar entenderlo de verdad. Babilonia tiene algo muy potente en ese sentido, es como el primer paso serio hacia el conocimiento. Me interesaba contar ese momento en el que mirar se convierte en querer comprender… y ya no hay vuelta atrás.

Nabú-Suma no solo observa las estrellas, parece vivir para ellas. ¿Qué simboliza realmente este personaje en tu obra?
Más que un personaje concreto, yo lo veo como una actitud. Es alguien que no se conforma. Que intuye que hay algo más y no puede ignorarlo. Y eso tiene un precio. En el fondo, creo que todos hemos sentido algo así alguna vez, esa necesidad de entender aunque te complique la vida.

En la novela se percibe un choque entre conocimiento científico y creencias tradicionales. ¿Buscabas reflejar conflictos actuales a través de este contexto antiguo?
Sí, totalmente. Aunque esté ambientado en Babilonia, el conflicto es muy actual. Siempre que alguien intenta cambiar la forma de ver el mundo, choca con lo que ya está establecido. Antes eran dioses, ahora pueden ser otras cosas, pero la dinámica es la misma. Me interesaba precisamente eso, hablar del presente sin hacerlo de forma directa.

Vienes del mundo de la banca, los datos y el análisis. ¿Cómo influye tu formación técnica en la construcción de una historia como esta?
Sí, más de lo que parece. Al final, tanto en la banca como en la astronomía estás buscando patrones, intentando darle sentido a cosas que a primera vista parecen caóticas. Esa forma de pensar la tengo muy interiorizada, y creo que se nota en cómo construyo la historia y los personajes.

La obra transmite una idea constante: el conocimiento cambia al que lo busca. ¿Crees que aprender transforma más que los propios descubrimientos?
Yo creo que sí. El momento del descubrimiento es importante, claro, pero es puntual. Lo que realmente te cambia es todo el proceso previo. El tiempo que pasas buscando, dudando, equivocándote… ahí es donde ocurre la transformación de verdad.

Hay una tensión interesante entre mentor y aprendiz, especialmente en la relación entre Nabú-Suma y Marduk. ¿Qué papel juega la duda en el aprendizaje?
La duda es fundamental. Sin duda no hay avance, solo repetición. El maestro puede guiar, pero si el alumno no duda, no hay aprendizaje real. En la novela hay mucho de eso, de ese momento en el que dejas de aceptar lo que te dicen y empiezas a pensar por ti mismo.

El protagonista busca patrones en el caos del universo. ¿Dirías que la novela habla también de encontrar sentido en nuestras propias vidas?
Sí, claramente. Aunque parezca que el protagonista busca respuestas en el cielo, en realidad está buscando sentido para su propia vida. Creo que eso es algo muy humano, intentar ordenar lo que nos pasa, darle una lógica, una narrativa.

En varios momentos, la historia sugiere que el conocimiento puede ser peligroso, especialmente cuando desafía estructuras de poder. ¿Hasta qué punto el saber incomoda?
Sí, y bastante. Porque cuestiona cosas que muchas veces damos por sentadas. Y eso no siempre interesa, sobre todo a quien tiene poder. A lo largo de la historia ha pasado muchas veces. No es que el conocimiento sea peligroso en sí, pero sí puede serlo para ciertos intereses.

Has escrito desde ensayos económicos hasta literatura infantil y novela histórica. ¿Qué te permite la ficción histórica que no encuentras en otros géneros?
Me da distancia. Me permite hablar de temas muy actuales sin estar condicionado por el presente inmediato. Además, el contexto histórico te obliga a documentarte mucho y eso también enriquece la historia. Aunque siempre hay una parte subjetiva, claro.

El eclipse y los fenómenos celestes tienen un peso casi narrativo dentro de la obra. ¿Cómo trabajas el equilibrio entre rigor histórico y carga simbólica?
Intento que el mundo sea creíble primero. Si eso falla, todo lo demás se cae. A partir de ahí, ya puedes jugar con lo simbólico. Me interesa que los fenómenos que aparecen en la novela sean reales, pero que también tengan un significado más allá de lo literal.

Con más de 250.000 seguidores, tienes una comunidad amplia. ¿Cómo influye ese contacto directo con lectores en tu forma de escribir?
Sí, porque te hace consciente de que lo que escribes llega a gente real. Eso cambia la perspectiva. No condiciona lo que quiero contar, pero sí cómo lo cuento. Te hace ser más honesto, más cuidadoso.

Después de tantos premios y obras publicadas, ¿qué te sigue empujando a escribir: el reto, la curiosidad o la necesidad de contar algo concreto?
Diría que la necesidad. Es algo que llevo haciendo desde hace muchos años, casi sin pensarlo. Escribir es mi manera de ordenar ideas, de entender cosas. Muchas veces empiezo una historia porque hay algo que no termino de comprender, y escribir es la forma de explorarlo.

José Carlos Vara Mata - El cazador de estrellas
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