La vida en listas de espera | Por Nieves García Aguilera (coach y escritora)

La vida en listas de espera | Por Nieves García Aguilera (coach y escritora)

Esperamos una cita médica, la atención psicológica que necesitamos, los cuidados que el cuerpo va reclamando, una vivienda que podamos llamar casa sin que el sueldo desaparezca en ella. Mientras tanto, seguimos trabajando, cumpliendo horarios, resolviendo problemas, haciendo planes. Seguimos viviendo, o al menos haciendo todo aquello que se parece a vivir. Quizá lo verdaderamente inquietante no sea la espera, sino habernos habituado tanto a ella que ya apenas nos preguntamos qué parte de nuestra vida estamos dejando para después.

Ahora mismo estoy en tres listas de espera.

En poco tiempo sufrí dos caídas. En una me hice un esguince que terminó agravándose; en la otra me lesioné el brazo. Desde entonces, mi pie espera rehabilitación, mi brazo espera una revisión con Traumatología y mi salud mental espera su turno con mi psicóloga.

A veces pienso que no soy yo quien está esperando, sino que me han repartido.

Una parte en Rehabilitación. Otra en Traumatología. Otra en Salud Mental. Cada una con su cita, su agenda y sus tiempos. Sobre el papel, todo parece perfectamente ordenado: cada necesidad tiene una casilla y cada casilla ocupa el lugar que le corresponde.

El problema es que una persona no funciona por departamentos.

Mi cuerpo no sabe que el pie pertenece a una lista y el brazo a otra. Mi cabeza tampoco entiende de agendas ni de plazos. Y la vida, desde luego, no se detiene a consultar qué parte de mí está pendiente de ser atendida antes de exigirme que siga adelante.

La vida sigue.

Hay que levantarse, caminar, trabajar, concentrarse, hacer la compra, contestar mensajes, cumplir horarios, tomar decisiones, resolver problemas, pagar facturas. Hay que escuchar a los demás, ocuparse de lo urgente e intentar encontrar algún hueco para aquello que también importa.

Hay que presentarse entera ante el mundo incluso cuando una siente que continúa esperando por partes.

A veces me pregunto cómo sigo caminando si todavía no estoy entera.

Mi historia es mía, pero la espera no lo es.

A 31 de diciembre de 2025 -el último corte estatal disponible- había 853.509 personas en lista de espera estructural para una intervención quirúrgica en el Sistema Nacional de Salud, con una demora media de 121 días. En Traumatología, la especialidad que ahora forma parte de mi propia espera, eran 200.584 pacientes y la media alcanzaba los 137 días, según el Ministerio de Sanidad.

Las cifras permiten medir la dimensión de un problema. Tienen, sin embargo, una limitación considerable:

a los números no les duele nada.

Un número no se despierta de madrugada porque al darse la vuelta ha encontrado la postura equivocada. No calcula cuánto puede caminar antes de que empiece a molestarle el pie. No mira el teléfono preguntándose si esa llamada será por fin la cita. No duda entre volver al médico o seguir haciendo aquello que hemos convertido casi en una virtud: tener paciencia.

Los números cuentan personas, pero no saben lo que pesa ser una de ellas.

Quizá por eso hemos aprendido a pronunciar lista de espera con una naturalidad sorprendente. La expresión ya forma parte de nuestro lenguaje cotidiano, como si esperar fuese también una fase del tratamiento.

Y luego está la salud mental.

Durante años hemos avanzado en algo fundamental. Hemos aprendido a decir que hay que hablar, pedir ayuda, acudir a un profesional; que el sufrimiento psicológico no debería esconderse detrás de un «estoy bien» pronunciado por costumbre. Hemos repetido, con razón, que no todo se arregla apretando los dientes y tirando hacia delante.

Pero hablamos bastante menos de lo que ocurre entre pedir ayuda y recibirla.

Porque mientras esperas a tu psicóloga, la vida no espera contigo.

Hay que seguir funcionando. Trabajar. Concentrarse. Relacionarse. Ser responsable. Dormir. Tomar decisiones. Regular las emociones. Cumplir. Rendir.

De alguna manera, se espera que tengamos salud mental mientras esperamos la atención que necesitamos para cuidarla.

No existe una consigna donde dejar la ansiedad hasta que llegue la cita. Ni un cajón donde guardar temporalmente aquello que nos preocupa. Lo llevamos con nosotros. Al trabajo, al supermercado, a una conversación, a casa, a la cama.

Resulta revelador que, en febrero de 2026, el Ministerio de Sanidad iniciara la reforma del sistema estatal de información sobre listas de espera para incorporar específicamente la medición de las demoras en las consultas hospitalarias de salud mental, un ámbito que hasta ahora carecía de información homogénea a escala nacional.

Hay algo paradójico en ello: hemos avanzado mucho diciendo a las personas que pidan ayuda y todavía estamos trabajando para conocer de manera uniforme cuánto tienen que esperar después de pedirla.

Quien dispone de dinero tiene, en ocasiones, otra puerta.

Puede buscar una consulta privada, otro especialista, otra agenda.

El dinero no cura necesariamente.

Pero a veces compra tiempo.

Tiempo para recibir atención antes. Para obtener una respuesta. Para intervenir cuando algo todavía es manejable y no cuando se ha convertido en insoportable.

La desigualdad no siempre se manifiesta en grandes gestos. A veces adopta formas mucho más discretas.

A veces se lleva en la boca.

Una revisión puede esperar. Un tratamiento también. Primero este mes no viene bien. Después aparece otro gasto. «Ya iré». «El mes que viene». «Cuando pueda». Hasta que llega un momento en que deja de decidir el bolsillo porque empieza a decidir el dolor.

Los últimos datos comparables, correspondientes a 2024, señalan que el 9,3 % de las personas que necesitaban atención dental en España no pudieron recibirla por motivos económicos, listas de espera o distancia. Entre quienes se encontraban en riesgo de pobreza, el porcentaje ascendía al 22,1 %, según el perfil sanitario de España elaborado por la OCDE y la Comisión Europea.

La desigualdad también se lleva en la boca: en quien puede tratar una molestia cuando empieza y en quien debe esperar hasta que el dolor ya no admite demora.

Quizá una parte de la precariedad consista precisamente en eso: en adquirir una habilidad casi cruel para decidir qué puede seguir esperando.

Primero lo urgente.

Después lo importante.

Y, algunas veces, lo importante espera tanto que tiene que convertirse en urgente para conseguir por fin un lugar entre nuestras prioridades.

Con la vivienda sucede algo parecido.

Durante mucho tiempo nos explicaron la vida adulta mediante una secuencia aparentemente sencilla: estudiar, encontrar un trabajo, cobrar un sueldo, independizarse, construir una vida propia.

Había una promesa implícita en ese recorrido. El trabajo no era solo aquello que ocupaba buena parte de nuestras horas: era también la puerta de entrada a la autonomía.

Pero para muchas personas esa puerta ya no se abre simplemente enseñando una nómina.

Puedes trabajar y descubrir que no basta. Llegan las garantías, la fianza, la necesidad de demostrar estabilidad y, en determinados casos, de encontrar un avalista. Hay algo desconcertante en ser suficientemente adulta para trabajar, pagar impuestos y responder de tus obligaciones, pero necesitar que otra persona garantice que eres suficientemente fiable para alquilar un lugar donde vivir.

El Banco de España calcula que el 32,5 % de los hogares que viven de alquiler soportan un esfuerzo superior al 30 % de su renta neta solo para pagarlo. Entre los hogares de hasta 35 años, la proporción alcanza el 34,2 %.

Y una casa no termina de costar dinero cuando se paga el alquiler.

Después hay que vivir dentro.

Llenar la nevera. Encender la luz. Desplazarse. Vestirse. Sustituir aquello que se rompe. Atender el cuerpo. Afrontar un imprevisto sin que todo el mes cambie de forma.

Trabajar debería significar algo más que financiar nuestra capacidad para volver a trabajar al día siguiente.

Sin embargo, en España el 11,2 % de las personas con empleo se encontraban en riesgo de pobreza en 2025, según el Instituto Nacional de Estadística.

Hay palabras a las que quizá no deberíamos acostumbrarnos demasiado deprisa.

Trabajar y ser pobre son dos de ellas.

Y no estoy hablando de lujos.

Resulta curioso que cada vez que hablamos de una vida digna parezca necesario hacer esta aclaración, como si desear cierta tranquilidad económica significara reclamar viajes imposibles, coches caros o cenas en restaurantes cada semana.

Hablo de algo mucho más elemental.

De poder llamar casa al lugar donde vivimos sin que el sueldo desaparezca en ella.

De atender el cuerpo antes de que sea el dolor quien establezca los plazos.

De pedir ayuda psicológica y recibirla cuando todavía puede ayudarnos a sostenernos.

De afrontar un gasto inesperado sin que todo el mes se convierta en una emergencia.

De poder hacer algún plan sin que todos los planes empiecen con las palabras cuando pueda.

De vivir.

Y, sin embargo, frente a muchas de estas situaciones hemos creado también nuestro pequeño repertorio de respuestas.

«Hay que organizarse mejor».

«Habrá que ahorrar».

«Ten paciencia».

«Todo el mundo pasa épocas malas».

Y, sobre todo, esa frase breve con la que parecemos capaces de dar por terminada casi cualquier conversación:

«Es lo que hay».

A veces pienso que la empatía también debe de estar en alguna lista de espera.

Porque es fácil recomendar paciencia cuando quien la recomienda no está esperando.

Es sencillo explicar cómo debería administrarse un sueldo cuando nunca hemos tenido que decidir qué necesidad dejamos para el mes siguiente.

Y resulta demasiado fácil pensar que alguien está bien simplemente porque continúa levantándose cada mañana.

Hay dificultades que tienen una particular crueldad: desde fuera se parecen muchísimo a una vida normal.

Una persona se levanta.

Se viste.

Va a trabajar.

Contesta cuando le hablan.

Cumple.

Quizá incluso se ríe.

Y como continúa haciéndolo, concluimos que puede seguir haciéndolo.

Hemos confundido demasiadas veces la resistencia con el bienestar.

Pero no son lo mismo.

La empatía, además, no debería exigirnos haber sufrido exactamente aquello que intentamos comprender. Si solo pudiéramos entender los dolores que ya hemos conocido, serviría de muy poco.

Tal vez empiece precisamente ahí: donde termina nuestra propia experiencia.

Cuando somos capaces de aceptar que algo puede pesar, aunque nunca nos haya pesado a nosotros. Que aquello que para una persona es una pequeña dificultad puede convertirse para otra en una frontera. Que nuestra facilidad para solucionar un problema no convierte ese problema en sencillo para los demás.

Porque que alguien siga caminando no significa que no le duela el pie.

Que continúe trabajando no significa que viva con tranquilidad.

Que pague el alquiler no significa que pueda hacerlo sin renunciar a otras cosas.

Que llegue a final de mes no significa que llegue bien.

Que sonría no significa que no necesite ayuda.

Y que haya aprendido a esperar no significa que su espera sea razonable.

Quizá por eso el problema no sea una lista concreta.

Sino todas las que hemos ido colocando alrededor de la vida.

Esperamos al especialista. A rehabilitación. A nuestra psicóloga.

Esperamos a tener dinero para aquello que todavía puede aplazarse.

Esperamos una vivienda que podamos llamar hogar sin vivir pendientes de la siguiente nómina.

Esperamos ahorrar algo. Tener estabilidad. Respirar. Empezar ese proyecto. Poder permitirnos aquello que llevamos meses posponiendo.

Y así, casi sin darnos cuenta, vamos dejando pequeñas partes de nuestra vida para después.

Nunca todas de golpe. Eso resultaría demasiado evidente.

Una hoy.

Otra el mes que viene.

«Cuando tenga la cita».

«Cuando mejore la situación».

«Cuando ahorre un poco».

«Cuando pueda».

Tal vez una sociedad empiece a acostumbrarse de verdad a la precariedad no cuando consigue convencerse de que las cosas están bien, sino cuando ocurre algo mucho más silencioso: cuando deja de preguntarse si deberían estar mejor.

Yo sigo en mis tres listas.

Mi pie espera rehabilitación. Mi brazo, al traumatólogo. Mi salud mental, a mi psicóloga.

Cada mañana, sin embargo, tengo que reunirlo todo.

Levantarme.

Caminar.

Cumplir.

Presentarme ante el mundo como una persona completa, aunque yo todavía no me sienta entera.

Y lo hago.

Seguimos haciéndolo.

Quizá precisamente por eso sea tan fácil mirar alrededor y pensar que, después de todo, las cosas funcionan.

Pero convendría no confundir nuestra capacidad para sostenernos con la solidez de aquello que nos sostiene.

Que sigamos funcionando no significa que las cosas funcionen.

Y quizá merezca la pena preguntarnos, antes de acostumbrarnos un poco más:

¿cuántas cosas hemos aceptado como normales simplemente porque llevamos demasiado tiempo esperando?

Porque mientras esperamos una cita, una casa, un poco de estabilidad o el momento en que por fin podamos ocuparnos de nuestra propia vida, hay algo que no entiende de agendas, plazos ni turnos.

La vida también pasa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *