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Francisco I, un Papa Jesuita, un Papa diferente | por Francisco José Chaparro Díaz

26. Francisco I., un Papa Jesuita, un Papa diferente.

Cuando el 25 de abril de 2.025 por la mañana, se dio a conocer la noticia del fallecimiento del Papa Francisco, muchos corazones se sobrecogieron, otros se sorprendieron, pues apenas el día antes se le vio públicamente y otros, acogieron el luctuoso hecho con serenidad pero conscientes de la importancia que el mismo tenía, nadie pudo quedar indiferente.

En los días posteriores se sucedieron los actos propios del entierro de un Sumo Pontífice, con todo el boato que ello conlleva, medios de comunicación, reportajes de su vida y obra, retrospectivas, opiniones y un gran funeral de Estado, que aunque algo simplificado por su propia voluntad, no dejó de ser un acontecimiento mundial de primer orden que contó con los líderes de los países cristianos más importantes. Pero como nada se para, ya desde el primer momento de su muerte, se empezó a hablar del futuro cónclave y de quien sería el próximo en ocupar el trono de San Pedro.

Ciertamente, todo ha sido muy rápido, la engrasada maquinaria vaticana, con sus protocolos de actuación centenarios, o milenarios en ciertos casos, no dejan margen a la improvisación y Sus Eminencias, los Cardenales electores, no han requerido de muchas sesiones para elegir un nuevo Sumo Pontífice, en la figura del Cardenal norteamericano Robert Francis Prevost, que pasará a la posteridad como León XIV.

Es precisamente esta celeridad, esta velocidad de los acontecimientos, lo que hace que casi de un día para otro, se corra el riesgo de olvidar lo pasado, para focalizarnos en el futuro, ello es algo que viene siendo normal en los tiempo que nos ha tocado vivir, pero hay veces que ese mirar adelante, no nos debe impedir parar un instante, echar la vista atrás y contemplar lo que hemos dejado a nuestras espaldas. En este caso, al inicio del pontificado de León XIV, no puedo más que detenerme y fijarme en la inmensa figura que ha supuesto el ya difunto Papa Francisco.

Para los que provenimos de una formación jesuítica, supuso un doble impacto de alegría conocer que había un nuevo Papa cuando fue elegido y que además era el primer jesuita en la historia del pontificado, triple alegría saber que además era de origen hispanohablante, pero también tuvo doble carga emocional su pérdida por los mismo motivos.

Al margen de mis consideraciones personales por su pertenencia a la Compañía de Jesús, lo cierto es que estamos ante un papado que rompió radicalmente en su manera de entender y de ejercer su magisterio. De entrada, fue elegido en un atípico cónclave, convocado cuando aún seguía vivo su antecesor Benedicto XVI, convivió en sus primeros años en el cargo con el mismo y debió ir adaptando una Curia romana y una manera de entender y ejercer el papado de forma muy distinta a como lo había hecho el antes conocido como Joseph Ratzinger.

Desde el primer momento de su elección dio muestras de que algo iba a cambiar en la Iglesia Católica, detalles como el de salir a saludar a los fieles con un crucifijo de madera, sin muceta, ni estola, y con sus zapatos negros de andar por casa a diario, ya indicaba que este nuevo Pontífice sería rompedor respecto al conservadurismo de su antecesor, pero es que efectivamente, una vez ya asentado en el cargo y con pleno mando en plaza, inició una serie de reformas y avanzó en algunos campos donde la Iglesia llevaba muchos años pendiente de hacerlo, convirtiéndose en un impulsor y para muchos un revolucionario en el propio seno de la estructura que quería cambiar.

Su línea pastoral estaba focalizada en la misericordia hacia los pobres e inclusión de los marginados y no sólo es que lo pregonara con su palaras, sino también con sus hechos, pues no era infrecuente verlo comer en comedores de caridad, lavar los pies a un mendigo, viajar a Lampedusa a conocer de primera mano los problemas de la inmigración descontrolada, etc…

Fue un Pontífice que afrontó como una realidad tangible la emergencia climática y sin duda, será recordado por atacar sin tapujos, el problema interno de los abusos sexuales a menores en el seno de la Iglesia, dirigiéndose no sólo a quien materializó los abusos, sino también a superiores jerárquicos que hubieran tapado los mismos. Fortaleció la legislación al respecto, estableció nuevos protocolos y creó un discurso para sustentar estos cambios de forma que convencieran y se evitaran de esta forma futuras situaciones como las que se trataban de erradicar. Su legado normativo en este campo será indeleble por muchos años.

Como Papa viajero, retomando la senda que en su día marcó Juan Pablo II, al que por cierto canonizó, visitó multitud de países y como imágenes históricas quedarán su discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, la citada visita a Lampedusa, su viaje a Irak por la Paz, su viaje a La Habana para encontrarse con el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa, etc… impactante en mi memoria quedará esa oración un lluvioso día de 2.020, en la soledad de la Plaza de San Pedro, por la pandemia del coronavirus.

Siempre lamentó sentirse una figura controvertida en su natal Argentina, por no haber podido hacer más durante la dictadura de los militares, pero eso lo hacía humano y ni siquiera el Santo Padre, puede escapar de su carnal naturaleza.

En un mundo donde las noticias dejan de serlo al poco tiempo, donde ya se mira al milímetro cada gesto, cada palabra, lo que hace y lo que no hace el nuevo Pontífice, no es mala cosa hacer un ejercicio de sosiego, de calma y mirar lo que ha supuesto disfrutar de un Papa tan distinto como Francisco, que desde su peculiar manera de entender e, insisto, de ejercer, su magisterio, deja un legado y una estructura en la Curia Romana, que trata de adaptar la Iglesia a los problemas reales, que estaban alejando a los fieles de la misma, a la par que deja una impronta de un ser que sin duda nunca dejó indiferente a nadie.

D.E.P. Francisco I.

Sevilla, mayo de 2025.

Categorías: Opinión
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