Emilio, Emily y Yo | Por Mav Alonso
Es fácil crear historias de ficción, personajes de infinitos rostros y mensajes hirientes, frases enamoradas, sentimientos oscuros… Pero bien distinto es abrirse en canal y mostrar la fragilidad que el alma esconde. Ayer recibí una noticia dolorosa, una muerte inesperada, el adiós de un buen amigo. No sé si mis palabras estarán a la altura. Digamos que hablo de Emilio.
Le conocí mucho antes de que el dolor le venciese. Punteaba las cuerdas del destino con su ácida ironía, sacudiéndose el polvo del miedo de su espalda de hombre joven que envejece a destiempo. Una sonrisa triste. Una mirada velada. Un gesto torpe. Una enfermedad sin nombre condicionó su vida. ¿Acaso es necesario bautizar al monstruo que te condena? Estoy segura de que su desesperación, su absurdo empeño en agradar, su desordenada lisonjería, respondían a una conciencia de fecha fin prematura. ¿Qué hacer cuando no sabes? ¿Qué hacer incluso cuando sabes? Estar, poco más.
Emilio buscaba el amor, con la misma fe inquebrantable con la que el capitán Ahab perseguía a Moby Dick, con la misma resistencia sobrehumana de Eduardo Dantés en el Castillo de If o la inolvidable inocencia de Quijote tras su Dulcinea. Nunca se rindió, porque guardaba un caudal inagotable por compartir. Un caudal que derramó sobre los que le conocimos y que de forma inexplicable me lleva hasta mi querida Emily Brontë, la genial escritora de Cumbres Borrascosas. ¿Hace falta acaso una razón más allá de lo que ambos me inspiran? Emily cuidaba del hogar y de su hermano, mientras escribía su única obra. Con sensibilidad inigualable nos regaló un amor que ha trascendido los siglos, conmoviendo el alma de varias generaciones, y desafió a la sociedad que la acogía, a los convencionalismos, a una moral adulterada por las inseguridades machistas.
De la mano de un Heathcliff que vaga sin consuelo tras el fantasma de su amada, Emily nos demuestra que no es imprescindible vivir el amor para transmitirlo. Solo hace falta sentirlo, desearlo, soñarlo.
Emily y Emilio fueron almas solitarias, conscientes de que un gran amor es lo que da sentido a la vida. Una sabiduría que no conjuga con verbo alguno, solo con un reloj de manecilla microscópica que marca los segundos en el mapa de los anhelos. Y de ahí la frustración de Emilio al ver menguadas sus opciones con el transcurso del tiempo, al ver caer los muros firmes en los que había sustentado su sueño: una mujer a la que amar, una mujer que lo amase. De ahí también el coraje de Emily, resuelta a publicar su obra, aunque fuese bajo nombre de varón, para darle alas a unos sentimientos inmensos sin destinatario conocido. El amor por encima de todo.
Nosotros, tus amigos, Emilio, intentamos llenar un poco tu vacío y sé que lo logramos, me lo dice la piel, me lo decían tus abrazos.
Y para Emily sus hermanos fueron su pasión, estoy segura.
Emilio, nos regalaste un lugar especial en tu universo, uno en el que las risas siempre eran protagonistas.
Te echaré de menos y, cada vez que relea a Emily Brontë, pensaré en ti y en todo el amor que sembraste en tu camino.