Mi ascenso, tu muerte parte de una traición laboral y personal muy dura. ¿Qué fue lo que te inspiró a construir una historia tan marcada por la ambición, el ego y la venganza?
El germen de Mi ascenso, tu muerte nació de un sueño muy inquietante. Veía a un hombre en un sótano tétrico descuartizando un cadáver con una frialdad y una precisión absolutas, mientras yo observaba la escena como si estuviera viendo una película.
Me desperté de madrugada y lo escribí inmediatamente. Primero fue un relato breve, pero la curiosidad por saber quién era aquel hombre y quién era la víctima terminó llevándome a una historia de ambición, ego, venganza y luchas de poder.
Javier y Álvaro representan dos formas distintas de toxicidad humana. ¿Crees que el verdadero peligro suele esconderse precisamente detrás de las apariencias más “normales”?
Estoy convencido de que el verdadero peligro suele esconderse en lo aparentemente normal. A lo largo de la historia ha habido asesinos en serie que eran el vecino, el amigo, el cuñado, o incluso, el hermano: personas cercanas, aparentemente corrientes, pero con oscuros pasajeros, como lo definía Dexter en la serie.
Algunos actuaban movidos por la necesidad de notoriedad; otros lograron ocultarse durante toda su vida. Por eso creo que, muchas veces, el más peligroso es precisamente el que menos parece sospechoso.
La novela juega constantemente con la moral del lector, haciendo que empatice con personajes cada vez más oscuros. ¿Buscabas incomodar al lector de forma deliberada?
No, realmente no. Cuando escribía Mi ascenso, tu muerte nunca pensaba en el lector. Pensaba únicamente en los personajes, en sus contradicciones y en las circunstancias que los rodeaban.
Tendemos a imaginar que alguien con bajos instintos tiene que ser desagradable o sin carisma, y muchas veces no es así. Pueden ser personas con humor, elegantes, incluso encantadoras, y esconder al mismo tiempo algo monstruoso en su interior.
Por eso hay momentos en los que el lector puede empatizar con Javier, el protagonista: por su humor negro, por ciertos comentarios o por su forma de actuar. Pero no creo que eso incomode; más bien genera un tira y afloja que termina seduciendo al lector.
Uno de los puntos fuertes de la obra es cómo evoluciona psicológicamente Javier. ¿Cómo trabajaste esa transformación interna del personaje?
Javier evoluciona desde una persona normal en el sentido más honesto del término: trabajadora, luchadora, sin glamour ni una ambición desmedida, con una relación bastante sobria con la vida. Hasta que llega el punto de quiebre, cuando siente que le arrebatan aquello que considera legítimamente suyo.
A partir de ahí se produce la transformación: surge otro Javier, más fuerte, dominante, duro y arrollador. Y esa evolución no fue algo planificado de antemano, sino que el propio personaje fue marcando el camino. Las situaciones lo iban empujando, y él iba cambiando casi sin que uno lo decidiera del todo.
De hecho, en cierto modo, fue el propio Javier el que fue tomando el control del proceso, como si no solo se transformara él, sino también quien lo escribía.
En la novela hay una crítica muy evidente al mundo empresarial, a las luchas de poder y a la competitividad extrema. ¿Hasta qué punto hay realidad detrás de esa visión?
La realidad de las luchas de poder no es algo que pertenezca a mi vida cotidiana ni a mi trayectoria profesional o personal, pero sí es un mecanismo ampliamente conocido: para que alguien suba, otro tiene que bajar.
En ese contexto, el bienestar propio suele imponerse sobre el de los demás, y el egoísmo acaba funcionando casi como una herramienta de supervivencia. Poco a poco se van perdiendo escrúpulos, se diluye la moral y lo que antes podía ser un freno deja de serlo si se percibe como un lastre para alcanzar los objetivos.
Por eso quise reflejar esas luchas de poder en la historia: porque son descarnadas, crueles, llenas de mentiras y manipulaciones, y precisamente esa crudeza es la que aporta fuerza a los personajes.
El ritmo narrativo es muy cinematográfico y mantiene la tensión desde el principio. ¿Tenías referencias concretas del thriller psicológico o del cine negro mientras escribías la obra?
Desde la adolescencia he tenido una clara inclinación hacia la lectura de lo oscuro, una atracción tan natural como cualquier otra. Era ya entonces un gran lector, con una biblioteca propia que fui construyendo poco a poco, donde convivían Poe, Lovecraft, Stephen King, el misterio y lo paranormal, junto a relatos inquietantes y a veces crueles.
Ese contacto constante con lo psicológico y lo perturbador, sumado a mi afición al cine negro, me fue creando una especie de archivo mental de perfiles y atmósferas. Probablemente por eso el desarrollo psicológico de los personajes me resulta relativamente fluido.
Además, cuando escribo necesito ver todo con mucha claridad, casi de forma visual, lo que explica ese tono tan cinematográfico. De hecho, hay incluso un proyecto en marcha para convertir la novela en película.
La ciudad de Santa Cruz de Tenerife tiene una presencia muy marcada en la novela. ¿Qué te aportaba situar la historia en ese entorno concreto?
Me gusta que me hagas esa pregunta, porque cuando estaba construyendo a Javier —o cuando Javier me fue construyendo a mí— quería que su contexto fuera coherente con su propia alma: sobrecogedor.
Y no hay nada más sobrecogedor que un gran acantilado, con las olas rompiendo abajo y una caída abrupta que impone respeto. Busqué distintos lugares con esa fuerza visual y emocional, y finalmente el que encajó mejor fue Los Gigantes, en Santiago del Teide, en Tenerife.
Me pareció el escenario perfecto para situar la novela.
El comisario Samuel es uno de los personajes más complejos de la historia, marcado por el dolor, las pérdidas y la culpa. ¿Qué importancia tenía para ti humanizar también a quienes investigan el crimen?
Yo no quería que el detective, el comisario o el policía fuese un personaje al uso. De hecho, en la novela intento evitar lo típico o lo tópico en casi todo.
Samuel es un personaje profundamente desencantado, marcado por una vida muy dura o, al menos, por una acumulación de experiencias que lo han llevado a un extremo emocional. Y precisamente esa dureza lo convierte en un investigador más interesante, más humano y más complejo.
Esto se acentúa todavía más con la desaparición de Laura, la agente a la que él siente casi como una hija. Ese vínculo hace que todo el dolor que arrastra su propia vida se active y se proyecte en la investigación, dándole aún más fuerza a un personaje ya de por sí complejo.
La obra habla mucho de máscaras sociales y de cómo algunas personas manipulan a quienes tienen alrededor. ¿Crees que vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más detectar a este tipo de perfiles?
Vivimos en una sociedad donde gran parte de lo que vemos está filtrado, maquillado y optimizado. La lógica de la imagen —potenciada por la inteligencia artificial, los filtros constantes y la búsqueda de likes, votos o visualizaciones— parece haber desplazado otros valores.
En ese contexto, a veces importa más la apariencia que la realidad, incluso aunque para sostenerla haya que manipular o distorsionar lo que se muestra. Lo preocupante es que esa construcción artificial puede llegar a convertirse en la norma.
Por eso, cuando uno se encuentra con la realidad sin intermediarios, fuera de las redes y los vídeos, a menudo aparece una sensación de desencanto: como si lo real hubiera quedado por debajo de lo que se había prometido.
La novela deja claro que el poder puede sacar lo peor de algunas personas. ¿Qué querías transmitir realmente con esta historia?
Con esta historia, para empezar, yo quería divertirme. Incluso las situaciones más tétricas o crueles las vivo casi como “travesuras”, y las envuelvo con cierto humor, especialmente humor negro, para rebajar la dureza de lo que ocurre a través de detalles de contexto o de forma.
También me interesaba dejar claro que nadie es completamente bueno ni completamente malo. Incluso el personaje más oscuro puede tener momentos de nobleza, humor o humanidad; y alguien aparentemente intachable puede mostrar debilidades, crueldad o zonas de sombra.
Al final, lo que quería transmitir es que nada es estrictamente blanco o negro: la vida está llena de grises, y en esos matices es donde realmente se construyen los personajes.
Aunque has trabajado géneros muy distintos a lo largo de tu trayectoria, aquí apuestas por una novela negra muy psicológica. ¿Qué te atrae de este tipo de historias?
Las novelas psicológicas, especialmente dentro del género negro, concentran un sinfín de emociones extremas. Creo que el lector se acerca a este tipo de obras esperando precisamente eso: oscuridad, crueldad y, sobre todo, emociones intensas.
Son historias que no deben dejar indiferente. Mientras se leen, empujan al lector hacia ciertos límites emocionales, generando una experiencia muy viva, muy intensa, que lo saca de la rutina cotidiana.
Ahí está, en mi opinión, la verdadera magia de este género: su capacidad para alterar la percepción y llevar al lector a un territorio emocional más extremo y más profundo de lo habitual.
Después de leer la novela, queda una sensación inquietante: que cualquiera puede acabar cruzando ciertos límites si las circunstancias lo empujan. ¿Crees que todos tenemos un lado oscuro esperando salir?
Es un tema que ya hemos tratado en otras ocasiones. A menudo tendemos a pensar que los monstruos están lejos, que para cometer actos extremos hace falta ser alguien muy distinto al resto, casi ajeno a lo humano. Pero eso es una simplificación.
En realidad, todos los seres humanos tenemos capacidad de hacer daño, incluso de matar. Lo que cambia no es tanto esa capacidad, sino las circunstancias y los motivos que podrían llevar a cada uno a cruzar ese límite: no es lo mismo hacerlo por placer que por supervivencia, aunque el acto en sí tenga la misma consecuencia.
Por eso, quizá todos tenemos un lado oscuro latente, que no siempre conocemos ni hemos puesto a prueba, y cuya aparición en determinadas circunstancias sigue siendo una incógnita.
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