«La vida no espera ni pregunta»: el escritor que convierte Madrid, el deseo y el paso del tiempo en literatura
Tanto Retrasos, demoras y postergaciones como Vidas de otros, vidas de nadie llevan el subtítulo de «Madrideando». ¿Qué significa exactamente para usted «madridear» y cuándo comprendió que podía convertirse en el eje de una serie literaria?
Madridear es una forma de vida que consiste en pasear, respirar y vivir Madrid y la idea que representa. Madrid es España y España es Madrid, y simboliza un punto de unión con el resto de personas que amamos nuestro país y su amalgama de culturas y gentes diversas.
Madrid no aparece únicamente como escenario, sino como una presencia que observa, condiciona y conecta a los personajes. ¿Hasta qué punto considera que la ciudad es la auténtica protagonista de sus obras?
Madrid toma el pulso a los personajes y estos, a su vez, conforman la ciudad, como un todo. Claro que Madrid tiene vida y es protagonista, y es la primera que «madridea» y hace «madridear» a sus vecinos y visitantes. Nada es casual, sino causal.
Sus novelas están construidas a partir de una extensa comparsa de personajes aparentemente corrientes. ¿Qué encuentra literariamente en esas vidas anónimas que suelen pasar inadvertidas para los demás?
Ya lo dijo Brecht en sus Historias de almanaque, que devoré con 15 años (de la bendita Alianza Editorial, tan asequible entonces): la gente corriente es la auténtica artífice de la historia y esta no es más que un cúmulo de pequeñas historias, a veces anónimas, a veces no, a veces exitosas, a veces no, aunque el éxito no se puede medir por la fama y la notoriedad. De eso sí que estoy absolutamente convencido. Hoy día parece que la notoriedad es la única evidencia del triunfo personal, y de eso nada.
En Retrasos, demoras y postergaciones, la procrastinación funciona como tema, estructura y casi como pecado contemporáneo. ¿Qué quería contar sobre nuestra tendencia a aplazar aquello que podría cambiar nuestra vida?
No se puede esperar a conseguir las metas. La vida no espera ni pregunta, sino que transcurre. Ahora mismo el tiempo está pasando y no lo percibimos. Hay que ponerse manos a la obra antes de que sea demasiado tarde. ¡Vamos!

El título Vidas de otros, vidas de nadie parece enfrentar la curiosidad por la intimidad ajena con la sensación de que ciertas existencias no importan socialmente. ¿Qué reflexión encierra esa contradicción?
La vida es contradicción, dialéctica y enfrentamiento. La curiosidad es inherente al espíritu humano, y gracias a que existe. En cuanto a que alguien no importe socialmente, no acabo de verlo claro. Todos merecemos una oportunidad.
Personajes como Herminio, Magín, Perico, Facundo, Federico o las hermanas Paquita y Virtudes reaparecen o mantienen vínculos entre ambas obras. ¿Cómo decide qué personajes merecen continuar y cuáles deben abandonar el relato?
Los personajes tienen vida propia, como he dicho antes, aunque sea de forma anónima, y ellos tienen la fuerza suficiente para perdurar o no en esta secuela que es Vidas de otros, vidas de nadie. Yo solamente soy un narrador, perplejo a veces con el cariz que toman los acontecimientos. Habría que preguntarles a ellos… En cierto modo, hay algo de determinismo en el devenir de estas dos obras. Todo está dado, inevitablemente, hasta la propia procrastinación, que es el eje de las dos obras, pero siempre hay un atisbo de esperanza en cada uno de ellos que posibilita el cambio.
La soledad, especialmente durante la madurez y la vejez, está muy presente en sus personajes, aunque suele aparecer acompañada de deseo, ironía y necesidad de afecto. ¿Le interesaba evitar una representación solemne o sentimental de la soledad?
No hay nada de solemne en la soledad. La soledad es contraria a la especie humana, salvo contadas excepciones. De qué si no existe la sociedad. En cuanto a la ironía, que siempre he considerado parte de mí, es una forma de reflejar exactamente lo contrario de lo que se desea o expresa. El juego intelectual es parte de los afectos y de las historias de amor.
En sus libros conviven el erotismo, la frustración sexual, el envejecimiento del cuerpo y la búsqueda de compañía. ¿Qué posibilidades literarias le ofrece el deseo cuando aparece en personajes que ya no son jóvenes?
Todas. El deseo es consustancial a nosotros y no es privativo de la juventud. El deseo se manifiesta de muchas formas, no solamente a través de la exacerbación del vigor físico. Mientras hay voluntad, hay deseo, y gracias. La voluntad es un indicio de las ganas de vivir, de expectativas, de incertidumbres, de metas. Bendito sea el deseo. La edad es solamente un estado de la mente, y quien no lo vea así está muy perdido.

La actualidad política española entra constantemente en los pensamientos y conversaciones de los personajes. ¿Cómo evita que esas referencias conviertan la novela en una simple crónica periodística condenada a envejecer?
Muy fácil. El ciudadano está atado de pies y manos respecto de sus políticos y solamente cada cuatro años se le pregunta hacia dónde tirar. Luego, aquellos hacen de su capa un sayo y deciden internamente, en el seno de sus respectivos partidos, qué hacer con la cosa social y económica. Precisamente la novela basa parte de su contenido en torno a las reacciones que la actualidad política produce en una parte de sus personajes. Al final nos queda, con independencia del año en que vivamos, la complejidad del cambio en un país viejo como el nuestro donde hay tantas estructuras e intereses creados.
Sus personajes suelen opinar con una enorme seguridad, aunque con frecuencia sus contradicciones terminan dejándolos en evidencia. ¿El humor nace precisamente de la distancia entre cómo se ven ellos mismos y cómo los ve el lector?
Exacto. La ironía, como antes he dicho, el humor y la sátira son expresiones de la condescendencia del narrador en aquellos personajes que sucumben a sus propias contradicciones. Que tire la primera piedra quien no esté ahogado por estas. Con la edad, uno, el escritor, se vuelve condescendiente, porque evidencia su falta de capacidad para cambiar radicalmente la sociedad en la que ha vivido tantos años.
En su prosa se percibe una defensa de la lentitud, de la literatura tradicional, de los libros usados y de una forma de observar que parece enfrentarse a la inmediatez digital. ¿Escribir estas obras ha sido también una forma de resistencia frente al ritmo actual?
Totalmente. Vivimos tiempos donde cada segundo cuenta, en las redes sociales, en la mensajería que mueve nuestras acciones cotidianas a través del teléfono móvil, olvidando que en esa vorágine es la vida la que transcurre. El tiempo es un recurso limitado y lo empleamos en tareas inútiles muchas veces. Antes del móvil había otro ritmo, otra cadencia, donde uno tenía tiempo de pensar en silencio. Ahora es imposible. Qué pena no haber nacido en el siglo XIX o en los años cincuenta del XX. Por eso me hice escritor, para vivir otras vidas a través de decenas de personajes que conversan entre ellos o que simplemente cavilan en silencio acerca de su existencia.
Después de recorrer el Madrid de 2023 a 2025, ¿imagina Madrideando como una serie abierta que seguirá tomando el pulso a la ciudad y al país, o considera que estas dos obras forman ya un ciclo cerrado?
Nunca se sabe. La vida es incierta y solamente la muerte es una certidumbre intratable. El tiempo es finito, pero de lo que sí estoy seguro es de que hay muchos personajes sobre los que hablar en próximas novelas.

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