Cinco motivos por los que leer a Julián Peñaranda y adentrarse en su particular Madrid
Retrasos, demoras y postergaciones y Vidas de otros, vidas de nadie componen dos entregas de un proyecto denominado Madrideando. La primera recorre el Madrid de 2023 y 2024 mediante una amplia comparsa de personajes y toma el pulso a una sociedad atravesada por la incertidumbre, el enfrentamiento político y la dificultad para actuar. La segunda prolonga ese universo durante 2024 y 2025, recuperando personajes y conflictos para continuar explorando las contradicciones de la vida cotidiana.
Estas son cinco razones para descubrir la literatura de Julián Peñaranda.
1. Porque convierte a las personas corrientes en protagonistas
Los personajes de Peñaranda no son héroes, celebridades ni figuras destinadas a cambiar la historia. Son jubilados, barrenderos, camareros, profesores, viudas, escritores venidos a menos y tertulianos de barrio. Personas que podrían cruzarse cualquier mañana con el lector sin que este reparase especialmente en ellas.
Ahí reside una de las principales virtudes de su narrativa: observar lo que suele permanecer oculto. Tras la apariencia rutinaria de sus personajes existen deseos insatisfechos, resentimientos políticos, miedos, fantasías, pérdidas y una necesidad persistente de ser escuchados. Sus vidas parecen pequeñas, pero contienen conflictos reconocibles para cualquiera.
El propio título Vidas de otros, vidas de nadie resume esa mirada. La literatura se ocupa aquí de aquellos que rara vez encuentran espacio en los grandes relatos, pero cuya intimidad permite comprender mejor una época.
2. Porque Madrid es mucho más que un escenario
En estas obras, Madrid no funciona como un decorado intercambiable. La ciudad condiciona el comportamiento de los personajes y determina su manera de relacionarse con el pasado, la política y la soledad.
El Retiro, la Cuesta de Moyano, el Rastro, la Feria del Libro, los bares y las calles aparecen como espacios vivos. En ellos se cruzan la literatura, el deseo, la memoria y la conversación pública. Peñaranda observa una ciudad llena de contrastes: multitudinaria y solitaria, moderna y nostálgica, abierta al cambio y aferrada a sus costumbres.
Su forma de “madridear” consiste precisamente en caminar por la ciudad y escuchar las historias que parecen esconderse detrás de cada desconocido. El resultado es una especie de mapa humano de Madrid, construido no a través de monumentos, sino mediante las preocupaciones de quienes lo habitan.
3. Porque utiliza el humor para retratar nuestras contradicciones
Los personajes de Julián Peñaranda hablan mucho. Opinan sobre política, sexo, matrimonio, literatura, religión, redes sociales, envejecimiento y prácticamente cualquier asunto que se les ponga por delante. Sin embargo, cuanto más seguros parecen de sus ideas, más visibles resultan sus contradicciones.
El humor surge de esa distancia entre la imagen que los personajes tienen de sí mismos y lo que sus pensamientos revelan realmente. El autor no necesita explicar que alguien es vanidoso, cobarde o hipócrita: permite que su propia voz lo delate.
Esta ironía no busca únicamente provocar la risa. También funciona como instrumento crítico. Peñaranda muestra lo fácil que resulta juzgar a los demás y lo difícil que es reconocer las propias debilidades. Sus personajes pueden ser ridículos, pero nunca son completamente ajenos al lector. En algún momento, todos terminamos reconociéndonos en ellos.
4. Porque habla sin solemnidad de la soledad, el deseo y la vejez
La literatura suele presentar el deseo como patrimonio de la juventud. Peñaranda, en cambio, lo sitúa también en personajes maduros, viudos, divorciados o desencantados que todavía necesitan sentirse queridos, acompañados y deseados.
En sus novelas, el cuerpo envejece, pero no desaparecen las pulsiones, la curiosidad ni la esperanza de encontrar compañía. El erotismo convive con la inseguridad, la torpeza y el miedo a morir solo. La soledad aparece como una experiencia física y mental, no como un concepto abstracto.
En Retrasos, demoras y postergaciones, algunos personajes comprenden que aplazar una decisión puede significar renunciar definitivamente a vivirla. La obra plantea constantemente la tensión entre actuar y posponer: hacer aquello que se desea o esperar hasta que ya sea demasiado tarde. Desde sus primeras páginas, la novela cuestiona esa tendencia a retrasar lo importante mientras la vida continúa avanzando.
5. Porque defiende una literatura lenta en una época acelerada
La prosa de Julián Peñaranda se toma su tiempo. Sus personajes piensan, divagan, recuerdan y enlazan asuntos aparentemente alejados. Una discusión política puede conducir a una reflexión sobre la muerte; un paseo puede despertar una fantasía amorosa; un libro antiguo puede convertirse en el comienzo de una historia.
Esa escritura se opone al consumo rápido y a la obligación de reducir cualquier experiencia a una imagen o a un mensaje inmediato. El autor reivindica la observación, los pequeños detalles, los libros usados y la posibilidad de perderse en una voz narrativa sin buscar constantemente la siguiente distracción.
Peñaranda se define como un amante de la lentitud, de la cadencia y de un ritmo pausado construido a partir de los detalles. También declara su amor por Madrid, el español, las letras y la identidad cultural hispana. Esa posición no es solo una declaración personal: se percibe en cada página de sus obras.
Un cronista literario de las vidas que no salen en los titulares
En definitiva, leer a Julián Peñaranda supone entrar en un Madrid poblado por personas imperfectas que intentan comprender el tiempo que les ha tocado vivir. Sus novelas recogen discusiones políticas, pulsiones íntimas, recuerdos, prejuicios y deseos sin imponer una única interpretación.
Sus personajes pueden resultar incómodos, excesivos o contradictorios, pero precisamente por eso parecen vivos. No están diseñados para dar ejemplo, sino para revelar aquello que las personas suelen callar mientras aparentan tenerlo todo bajo control.
En una época obsesionada con las vidas extraordinarias, Peñaranda dirige la mirada hacia quienes pasan desapercibidos. Y demuestra que, cuando un escritor observa con suficiente atención, ninguna vida es realmente una vida de nadie.

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