Un asesino, unas tijeras oxidadas y un secreto enterrado durante décadas: el thriller de Jesús Gómez que convierte Madrid en una pesadilla

Un asesino, unas tijeras oxidadas y un secreto enterrado durante décadas: el thriller de Jesús Gómez que convierte Madrid en una pesadilla

El thriller contemporáneo lleva años buscando nuevas formas de inquietar al lector, pero pocas resultan tan incómodas y perturbadoras como las que plantea Jesús Gómez en Tijeras. La novela combina investigación policial, horror psicológico y crítica social para construir una historia donde la violencia no aparece únicamente como un acto criminal, sino como el reflejo de una sociedad podrida por el silencio, la corrupción y los secretos enterrados durante décadas.

La trama principal sitúa al lector en el Madrid del año 2000, una ciudad gris y contaminada moralmente donde los subinspectores Julia Falcón y Sergio García deben enfrentarse al caso más brutal de sus carreras. Las víctimas son empresarios y políticos aparentemente intocables, unidos todos por un pasado común que alguien parece decidido a sacar a la luz de la forma más salvaje posible.

Cada asesinato sigue un ritual enfermizo y cuidadosamente diseñado. Los cadáveres aparecen acompañados de elementos que funcionan casi como una firma artística del horror: una polaroid de una joven desconocida, un frasco con líquido ámbar, un collage dorado en forma de estrella y cortes realizados con unas antiguas tijeras oxidadas. La sensación de amenaza no proviene únicamente de la brutalidad de los crímenes, sino de la inteligencia y obsesión simbólica de quien los ejecuta.

La investigación conduce inevitablemente hacia Anna, una prostituta vinculada a la Casa de Campo, cuya presencia conecta diferentes piezas de un rompecabezas mucho más grande y oscuro de lo que parece inicialmente. Julia y Sergio no solo deben luchar contra el tiempo para detener al asesino, sino también contra sus propios demonios personales, en una historia donde la presión psicológica termina contaminándolo todo.

Uno de los grandes aciertos de Tijeras es precisamente cómo utiliza las dos líneas temporales para construir tensión. Paralelamente a la investigación en el Madrid del 2000, el lector viaja hasta Luzterna en 1963, una fábrica textil marcada por la miseria, el hollín y el silencio. Allí comienza a formarse una mente profundamente perturbada.

En ese entorno opresivo, un niño descubre que el sufrimiento ajeno despierta en él algo oscuro y adictivo. Entre abandono emocional, animales muertos y unas tijeras convertidas en símbolo de obsesión, se construye lentamente el origen psicológico de una monstruosidad que décadas después regresará convertida en venganza.

Jesús Gómez trabaja especialmente bien el componente psicológico del thriller. La novela no se limita a presentar asesinatos impactantes, sino que explora cómo el trauma, el abandono y los pactos de silencio pueden deformar la mente humana hasta convertirla en algo irreconocible. El verdadero horror de Tijeras no está únicamente en los crímenes, sino en entender cómo nacen ciertos monstruos.

La figura de “El Arquitecto Social”, nombre bajo el que opera el responsable de la cadena de asesinatos, añade además una dimensión ideológica especialmente inquietante. La novela plantea constantemente una pregunta incómoda: qué ocurre cuando alguien decide imponer su propia idea de justicia utilizando la barbarie como herramienta.

El ambiente de la obra también juega un papel fundamental. Madrid aparece retratado como una ciudad enferma, atravesada por intereses ocultos, corrupción institucional y personajes que sobreviven entre la decadencia moral y el miedo. Esa atmósfera oscura y asfixiante convierte la novela en algo mucho más cercano al noir psicológico que al thriller convencional.

Con Tijeras, Jesús Gómez construye una historia intensa, violenta y absorbente donde cada detalle parece esconder un significado oculto. Un thriller que mezcla investigación policial y descenso a la mente criminal para recordar que algunas heridas nunca desaparecen realmente… solo esperan el momento adecuado para volver a abrirse.

Porque cuando el dolor se convierte en lenguaje y la venganza adopta forma de ritual, las tijeras dejan de ser una herramienta… y pasan a convertirse en una sentencia.

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