La novela que convierte la muerte en un juego de espejos: “Entre dulces y plastilina” te atrapará desde la primera puerta
Clara Gillman irrumpe con una obra que desafía las fronteras entre la vida y la muerte, entre lo tangible y lo imaginado. ENTRE DULCES Y PLASTILINA: El dedo de la muerte plantea una pregunta poderosa: ¿qué queda de nosotros cuando perdemos incluso el recuerdo de quiénes somos? Con una mezcla de fantasía, simbolismo y una sensibilidad estética que dialoga con las artes plásticas, la autora construye una novela que es tan visual como emocional.
Los hilos de esta historia se tensan desde el inicio con Nicodemo, un fotógrafo marcado por un desengaño amoroso que dejó cicatrices más profundas que cualquiera de sus imágenes. En el otro extremo aparece Valentina, estudiante de Bellas Artes, intensa, fantasiosa, capaz de vivir cada emoción al límite. Ambos se encuentran, se incendian y, tras una ruptura devastadora, sus vidas se rompen en direcciones irreversibles.
Valentina, herida por dentro, intenta quitarse la vida saltando desde un puente. El destino —o la tragedia— no completa el gesto. En su lugar, entra en coma y despierta frente a la Muerte en persona, un personaje que Gillman retrata con una mezcla de ironía, compasión y severidad. La Muerte está preparada para terminar el trabajo… hasta que descubre que Val no recuerda nada: ni su nombre, ni su historia, ni el motivo por el que saltó.
Esa amnesia se convierte en el giro que sostiene toda la novela. Condenada y, al mismo tiempo, privilegiada, Val recibe una última oportunidad: recorrer el Laberinto de Puertas, un territorio tan onírico como inquietante, donde cada umbral conduce a un mundo gobernado por uno de los Siete Falsos Rostros, encarnaciones simbólicas de los Pecados Capitales. Estos mundos funcionan como escenarios emocionales de su propia memoria fragmentada, espacios donde lo grotesco, lo bello y lo absurdo conviven.
Cada puerta es una prueba. Cada rostro, un espejo distorsionado. Y cada recuerdo recuperado acerca a Valentina a la verdad que más teme: ¿vale la pena regresar? ¿Qué quedó atrás que la empujó al borde? ¿Y qué lugar ocupa Nicodemo en esa herida que todavía late?
Gillman domina el equilibrio entre lo fantástico y lo emocional. La novela es un viaje introspectivo envuelto en una estética vibrante, casi artesanal —como si todo estuviera moldeado a mano en plastilina y color—, pero también un relato duro sobre el dolor, la culpa y la posibilidad de renacer. A través de la construcción del Laberinto y de los Siete Rostros, la autora reflexiona sobre los mecanismos con los que la mente se protege, se esconde y, a veces, se destruye.
ENTRE DULCES Y PLASTILINA: El dedo de la muerte es una obra que sorprende, conmueve y desafía. Una historia sobre segundas oportunidades que no se regalan: se conquistan. Una aventura emocional y simbólica que invita a mirar a la Muerte a los ojos… y a descubrir qué queda en pie cuando todo lo demás se derrumba.
Al final, la pregunta no es si Val recuperará sus recuerdos.
La verdadera pregunta es qué hará cuando los tenga en sus manos.

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