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La novela que convierte el dolor, los galgos y los fantasmas en una historia imposible de olvidar

Hay novelas que entretienen. Otras que emocionan. Y luego están esas historias extrañas y difíciles de clasificar que consiguen quedarse dentro del lector durante días. La Mirada de los galgos, de Héctor Bastida, pertenece precisamente a esa última categoría.

La premisa ya deja claro que aquí no estamos ante una obra convencional. Ramón, un hombre de 72 años devastado por la muerte de su esposa, arrastra una depresión tan profunda que termina ingresado en el hospital. Allí conoce a Gala, una joven vinculada a una protectora de animales cuya vida también ha sido atravesada por el sufrimiento. Dos personas rotas, dos generaciones distintas y una sensación compartida: la de haber perdido demasiado.

Sin embargo, la novela no tarda en girar hacia terrenos mucho más incómodos y fascinantes.

Porque el verdadero corazón de la historia aparece cuando Ramón conoce a Trenza, una galga enigmática con la que crea un vínculo casi imposible de explicar. Bastida utiliza esa relación para construir algo mucho más grande que una simple historia sobre animales abandonados. Trenza acaba funcionando como símbolo, como herida y como espejo emocional de todos los personajes que la rodean.

Y cuando desaparece sin dejar rastro, la novela cambia de piel.

A partir de ahí, La Mirada de los galgos entra en un territorio donde lo sobrenatural y lo humano empiezan a mezclarse de forma inquietante. Trenza parece comunicarse con Ramón. Lo guía. Le muestra fragmentos de una realidad cruel que normalmente permanece oculta: el sufrimiento de muchos galgos utilizados y desechados como si fueran objetos. Pero Bastida evita caer en el panfleto fácil. La denuncia está ahí, sí, pero integrada dentro de una trama emocional y fantasmagórica que nunca deja de avanzar.

Uno de los grandes aciertos de la obra es precisamente ese equilibrio. La novela puede ser tierna y dolorosa en una misma página. Puede hablar de la depresión, la culpa o la soledad y, al instante siguiente, introducir una atmósfera casi espectral que transforma completamente la escena. El resultado es una lectura muy visual, muy cinematográfica y cargada de imágenes que permanecen en la memoria.

También destaca la construcción de Ramón. No es habitual encontrar protagonistas de esa edad tratados con tanta humanidad y complejidad emocional. Bastida no lo convierte en un simple anciano triste; lo convierte en alguien que todavía tiene miedo, deseo de comprender, necesidad de afecto y ganas de encontrar un sentido incluso cuando cree haberlo perdido todo.

Y alrededor de él aparecen personajes extraños, heridos y ambiguos que refuerzan esa sensación constante de que el mundo de la novela se está rompiendo poco a poco. Como si la realidad estuviese dejando entrar algo oscuro que siempre había permanecido oculto.

Pero quizá lo más potente de La Mirada de los galgos sea su capacidad para hablar de los animales sin infantilizarlos ni convertirlos en mero recurso emocional barato. Aquí los galgos tienen presencia, alma y significado. No son decoración narrativa. Son el núcleo espiritual de la historia.

En tiempos donde muchas novelas parecen escritas siguiendo fórmulas idénticas, Héctor Bastida apuesta por algo mucho más arriesgado: una obra incómoda, emocional y distinta, donde el duelo, la compasión y lo sobrenatural se entrelazan hasta construir una experiencia profundamente humana.

Héctor Bastida – La mirada de los galgos

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Categorías: Noticias
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