Una charla con la autora Elena Camacho Rozas, que nos habla sobre sus obras publicadas

Una charla con la autora Elena Camacho Rozas, que nos habla sobre sus obras publicadas
  • ¿Cómo fue tu camino hasta convertirte en escritora? ¿Recuerdas el momento en el que supiste que querías dedicarte a la literatura?

Fue un camino largo, a veces duro y siempre muy gratificante. Largo porque yo, de algún modo, nací escritora. Mis “pinitos literarios” comenzaron desde el momento en que aprendí a esbozar grafías. ¿Qué tendría? ¿Cuatro años? Me sentía predestinada a hablar por quienes no tienen voz (por ignorancia, timidez, penurias socioeconómicas o cualquier otra causa).

En la nebulosa de la infancia siempre me atrajeron las actividades artísticas. Incluso afirmaba que de mayor sería “cantante, bailarina, músico y escritora”. En el colegio, imitaba Somos dos locos de amor de Raphael. Por la calle, soñaba con que me descubriría un cineasta. Y en casa, escribía con más esperanza que certezas. No hay fechas iniciáticas. Desde que tengo memoria quise dedicarme a esto.

  • Tu tesis doctoral abordó el comportamiento no verbal en la literatura. ¿Cómo influye este interés en la construcción de tus personajes?

Cuando la boca calla, el cuerpo habla. Siempre. Siempre hay actitudes, emociones, ideas… que las manos, las miradas, los microgestos, la postura, la disposición de los pies… (podría seguir enumerando mil detalles) expresan por nosotros. Hace treinta años, cuando escribí mi tesis, se desconocía bastante. Aunque ya Flora Davis en los 60 explicó la importancia del comportamiento no verbal y, seguido, muchos otros autores como Paul Ekman (con su teoría de las emociones humanas y su correlato en las expresiones faciales) o Fernando Poyatos (que en los 90 investigó con rigurosidad sobre ello) lo mantuvieron, las ciencias de las que se nutría aún estaban en pañales en España: la kinésica, la proxémica, el paralenguaje, así como la observación de otros muchos canales de interpretación y expresión de la identidad de las personas y, por extensión, de los personajes. 

La psicología para mí busca el origen de las conductas y los procesos mentales, por lo que es una fuente para discernir qué ocultan las almas, y debe hacerlo de forma integral. ¿Por qué sus distintas corrientes han de ser excluyentes? Todas aportan y son compatibles en el estudio de cómo es el ser humano, un poco en la línea de la antipsiquiatría acuñada por David Cooper, que fuera de lo convencional, acepta enfoques diversos en que cooperan distintas disciplinas. 

Por ese apego a la psicología me gustan los personajes redondos y las tramas en que se hallen presentes el pasado, las heridas infligidas por el entorno y los intentos de sobrellevarlas o superarlas. Y en la literatura y el cine, encontramos el más fiel espejo en el que mirarnos atendiendo a esos tintes, esas capas del ser.

  • Has escrito tanto poesía como narrativa. ¿Qué te aporta cada género? ¿Hay alguno en el que te sientas más cómoda o libre?

Comencé escribiendo poesía y microrrelato porque me faltaba edad, experiencia, preparación y tiempo para abordar las historias que acabé contando de forma narrativa. Y también porque en la poesía está la génesis de la mirada literaria, en mi opinión. Siendo géneros radicalmente distintos, ambos confluyen en cómo el escritor ve una realidad y la traslada al papel transformándola en un mundo propio que, a su vez, se parece al mundo propio y ajeno de otros seres. Y ahí se produce el milagro de la comprensión.

En la poesía encuentro la chispa, el hallazgo, la sorpresa de un instante, la picardía o la lágrima instantánea, el dolor o la alegría a largo plazo y de improviso, la semilla del todo y las metáforas que perduran.

La novela requiere un poso que te puede dar aquella y una gran capacidad de trabajo para lograr que encajen todas las piezas del puzle (cronología de los hechos, puntos de vista, narradores, tramas, tiempos externo e interno…).

La poesía me aporta el detalle perdurable. La novela, las historias de largo aliento que nos explican las razones de unos y otros. La poesía es la piedra fundacional, la escultura que permanece. La novela es el campo de espigas que será cosechado por el lector, la edificación en la que puedes vivir, el rascacielos desde el que te asomas a otras vidas y a otras muertes. La una me da paz y hondura; la otra, vértigo y atracción.

Me siento igualmente libre en ambos géneros y no descarto seguir escribiendo en cualquiera de ellos u otros.

El gato que ladra, obra de Elena Camacho Rozas.
  • En la trilogía de «El gato que ladra» exploras emociones profundas, secretos familiares y el peso del pasado. ¿Qué te motivó a crear este universo literario?

Tenía muchas escenas y pequeños relatos escritos desde hace mucho que, un día de 2017, me hicieron clic en la cabeza, como en el ensamblaje de una maquinaria, y comprendí que me pedían que las engarzase, que hiciera una labor de costurera a la que no me había atrevido antes. Y las escuché. 

En El gato que ladra exploré la violencia como una forma de extorsión que se hereda, por medio de la sufrida en tres generaciones de una misma familia. La violencia estatal que agredió a la abuela durante la Guerra Civil Española; la violencia de género (o doméstica, pero no domesticada desgraciadamente aún) con la que conviven y malviven la madre y sus hijos; y la violencia que la nieta se autoinflige como resultado de las enseñanzas y experiencias sufridas. 

En El camarero de El gato que ladra, el protagonista, con su propio dolor arrinconado (orfandad), investiga una extraña muerte que le abre las puertas a un mundo encubierto de trata sexual. Y en El dueño del bar, será este quien nos cuente (a través de unos diarios que deja en herencia a Samu, el camarero de la novela anterior) su historia, una historia de amor, dolor y venganza que, cuando la muerte aprieta, intenta hacerse perdonar.

En todas ellas exploro las emociones más recónditas porque en lo oculto y en los secretos familiares están las claves de nuestro malestar y de nuestro bienestar presentes. El peso del pasado no es liviano; sin embargo, mi universo literario intenta reflejar cómo se puede sobrevivir a pesar de todo, cómo reparar relaciones rotas, cómo alejarse de las tóxicas, cómo seguir adelante a pesar de los pesares. 

  • Los personajes de tus novelas lidian con sus propios demonios mientras intentan salir adelante. ¿Te inspiras en experiencias reales o en personas que has conocido?

No me inspiro en experiencias personales, pero sí en experiencias reales. ¿Quién no conoce a alguna mujer maltratada? ¿Quién no ha sospechado alguna vez conductas criminales de alguien que no puede probar? ¿Quién no sabe de algún niño que ha vivido cosas que no debió vivir? ¿Quién ignora la existencia de mafias que utilizan a las mujeres como envases de usar y tirar? ¿Cuándo no nos desayunamos con alguna noticia despreciable de violencia y terror? En la realidad está la raíz de todo lo que escribo, porque me gusta ajustar cuentas con la vida y sus injusticias.

El camarero de El gato que ladra
El camarero de El gato que ladra, obra de Elena Camacho Rozas.
  • «El dueño del bar» cierra la trilogía con un protagonista que busca redención. ¿Crees que todos necesitamos enfrentarnos a nuestro pasado para encontrar paz?

Quien no se enfrenta a su pasado, sea para desterrarlo, asimilarlo o despreciarlo, vive en un perenne estado de transitoriedad. Con facilidad lastima o es lastimado. Con frecuencia se siente excluido de sí mismo o no comprende qué pinta junto a ciertas personas o en determinados ambientes a los que sigue anclado. Así que la respuesta es afirmativa. Todos necesitamos enfrentarnos a nuestro pasado cuando estemos preparados para ello o incluso sin estarlo. Es un método infalible para alcanzar un sosiego y una tolerancia que nos haga más felices y humanitarios.

  • Santander es un escenario clave en tu trilogía. ¿Qué significa esta ciudad para ti y por qué la elegiste como el corazón de estas historias?

En Santander nací y crecí y, tras estudiar y trabajar unos años fuera, volví a ella porque es el escenario de mis travesuras, de mis primeros amores, de mis dudas y sueños, de mis rabietas, de mis filias y fobias, de mis heridas y mis sanaciones… Tenía que escoger un lugar que conociera bien para darles vida a mis historias y a mis personajes y supe que “Santander, mi cuna, mi palabra”, como dijo Gerardo Diego, era la ciudad indicada. Porque nuestras primeras vivencias forjan el temperamento, y el idioma lo refrenda. Es como la marca de agua de mi existencia.

  • Has mencionado tu interés por el cine. ¿Te gustaría ver alguna de tus novelas adaptada a la pantalla? ¿Tienes en mente escribir guiones en el futuro?

Me encantaría, sí. Curiosamente, varios lectores de El camarero de El gato que ladra me insistieron en que les parecía muy cinematográfica, y durante una convalecencia la reescribí en forma de guion. También he escrito dos o tres cortos. No descarto seguir escribiéndolos en un futuro próximo. De hecho, en mayo comienzo un curso sobre Guion de ficción cinematográfica, porque cada género tiene su técnica y aprenderla es imprescindible.

El dueño del bar
El dueño del bar, obra de cierre de la trilogía.
  • Después de esta trilogía, ¿tienes ya en mente un próximo proyecto literario? ¿Seguirás explorando la narrativa o regresarás a la poesía?

La verdad es que tengo tres novelas empezadas desde hace un tiempo, pero aún no he terminado ninguna de ellas, están muy verdes. Soy algo caótica. Son historias que me pidieron ser escritas y las fui comenzando, pero no tienen nada que ver con la trilogía ni entre sí. 

Por otro lado, después de mi último poemario editado, En la frontera, ya he escrito otro bastante extenso. No regresaré a la poesía, sino que nunca me he apartado de ella.

  • Para quienes aún no han leído tus libros, ¿por qué deberían adentrarse en las páginas de esta trilogía y conocer a sus personajes?

Creo que su público potencial es muy amplio. Aunque busco una expresión estética, su estilo es sencillo y rápido, con amenos diálogos, personajes complejos y variedad de temas. Además, cuenta hechos que todos conocemos de primera mano o como testigos o de oídas. Su contenido agradaría tanto a los forofos de las novelas de intriga como a los de las novelas psicológicas y hasta los de las románticas, dado que la amistad y el amor (en todas sus vertientes) se reproducen en las tres. Aunque también reflejan otros sentimientos: odio, vergüenza, asco, alegría, duda, venganza, dolor, envidia, etc. Seguro que se identificarán con algunos de los individuos, situaciones y vivencias.


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