En el libro planteas que el problema no es no saber, sino no actuar. ¿Por qué nos cuesta tanto hacer lo que ya sabemos que deberíamos hacer?
Actuar sí que actuamos, pero no siempre en la dirección que queremos o que sabemos que debemos ir.
Nos cuesta tanto porque en nuestra cabeza tenemos muy claras las ideas, pero cuando tenemos que pasarlas a palabra, sudamos la gota gorda. Estamos convencidísimos de que la salud es lo primero, que la familia es lo más importante que hay que priorizarse… pero, a la hora de argumentarlo, no salen las palabras adecuadas para convencernos firmemente de ello, simplemente lo damos por supuesto. Nos quedamos en nuestros propios titulares, pero no sabemos guionizar la película, y así, es difícil ponerse en marcha.
Argumentarse con razones de por qué la salud es lo primero, de por qué amo a mi mujer, de por qué mis padres son importantes para mí en la actualidad, o de por qué es necesario priorizarse, te hace ir creando un mapa claro de hacia dónde conducir tus actos en la vida cotidiana.
A ver, cojamos un ejemplo para explicarlo mejor.
¿Por qué amo a mi mujer?
La amo porque me aporta claridad, me da espacio, respeta mi forma de ser, cuida los detalles, no se conforma con lo que tiene, encuentra alternativas, no se enreda en las situaciones tensas, es alegre… Parar a definir todo esto hace que tenga muy en cuenta el valor de compartir mi día a día con alguien así.
Y aquí aparece un mapa.
Ahora es más fácil determinar si me quedo o no más tiempo en el trabajo sin ser estrictamente necesario o si me tomo dos cervezas antes de ir a casa para charlar de lo mal que va el mundo. También es más fácil dirigirse a ella con cariño, admiración y respeto, ser fiel y leal, mantener la chispa encendida…
Cuando sabes el porqué de lo que es importante para ti, puedes marcar un itinerario claro, sino es muy difícil hacer lo que se supone que debemos hacer. Es más, cuando te acostumbras a ello, el itinerario parece que se marca solo. Se establece una coherencia inconsciente desde la conciencia de aquello que es importante para uno. Pero claro, hay que pararse a hacerlo.
Hablas de una “incoherencia bien organizada”. ¿Cómo se construye esa incoherencia sin que nos demos cuenta?
Se construye segundo a segundo.
Tanto la coherencia como la incoherencia tienen un orden perfecto. La diferencia es que decimos que es coherente aquello que va en la dirección que queremos e incoherente aquello que va en dirección contraria. Pero ambas se estructuran igual.
En la primera semana de correos de mi Newsletter hablo de ello (puedes entrar en ella a través de www.jodidacoherencia.com)
Esa supuesta incoherencia se construye con aquello que es tan pequeño que no parece un problema. La pereza con la que arrancamos el día, el desayuno rápido porque “no hay tiempo”, el beso a tu pareja para cumplir con el gesto cariñoso, la crítica al vecino, jefe o compañero de trabajo… Así se construye lo que definimos como incoherente, a través de nuestra propia normalidad. El cansancio, la frustración, la falta de ilusión, el agobio… no aparece por sorpresa, se fabrica a diario.
El libro nace de una crisis personal importante. ¿Qué fue lo que realmente se rompió en ti en ese proceso?
En realidad, no se rompió nada.
Las crisis nos muestran la rendija que permite ver la realidad sobre la que sostienes tu vida.
Cuando te sientes insuficiente, primero te escondes y te cobijas en los demás, ya sea en papá, mamá, primos, amigos… Vas cumpliendo años y construyes una personalidad basada en encajar, en agradar, en aparentar, en satisfacer… Vas camuflando esa sensación de insuficiencia siendo el hijo perfecto, el amigo que siempre está ahí… en definitiva, ese ciudadano ejemplar que todo el mundo quiere tener cerca. Ahora, cuando la vida aprieta de verdad, y aparece ese terremoto de grado 8 en tu escala Richter, en mi caso la paternidad, el dique se resquebraja y aparece de nuevo tu auténtica realidad.
Yo tuve la suerte de revisar e ir a la raíz del problema. No es lo intuitivo, ya que cuando la vida aprieta es más fácil entrar en los tópicos y típicos para mantener la milonga y tirar hacia adelante que derruir el edificio para establecer unos cimientos firmes. Es aquí donde aparecen todos esos conceptos tan arraigados y valorados de esfuerzo, responsabilidad, adaptación y resiliencia que la sociedad ensalza y aplaude para convertirnos en adultos. El problema es que hay que entenderlos bien si no queremos convertir nuestra vida en un infierno normalizado.
Digamos que mi hijo me dio esa hostia tiempo que necesitaba para dejar de ir a Barcelona cuando en realidad quería ver el atardecer desde la playa del Palmar.
Dices que el desarrollo personal puede ser una trampa. ¿En qué momento deja de ayudarte y empieza a anestesiarte?
Primero definamos un poco lo que es el desarrollo personal. Digamos que es un proceso de autoconocimiento que te permite gestionar mejor tus emociones, establecer metas concretas y modificar ciertos hábitos para mejorar la autoestima, las relaciones, la productividad o el bienestar mental.
A bote pronto, es algo en lo que sumergirse sin dudarlo. Un buen punto de partida. Pero nunca está de más cuestionarnos las cosas.
No existe un momento concreto en el que deje de ayudarte y empiece a anestesiarte.
El problema no es lo que aprendes con ello, que muchas veces también, sino lo que haces con ese aprendizaje.
Con el desarrollo personal ampliamos conceptos, entendemos mejor lo que pasa, ponemos palabras a cosas que antes no sabíamos nombrar. Y eso da la sensación de avance. Pero muchas veces no estamos moviendo nada, simplemente estamos sofisticando nuestro propio personaje.
Hay algo que es clave en todo esto, la búsqueda constante de calma.
Buscamos sentirnos bien, estar tranquilos, encontrar paz… y utilizamos herramientas que funcionan perfectamente para encontrarlo: respiración, meditación, yoga.
Nada de esto está mal, yo mismo trabajo con la respiración y sé lo efectivas que puede ser estas herramientas.
El problema aparece cuando usamos esa calma que nos proporcionan como una forma de salir de la aflicción en lugar de entenderla.
Cuando algo nos incomoda en el día a día, un cliente, una conversación o una situación concreta, en lugar de ver qué está pasando ahí, lo que hacemos es regularnos para dejar de sentir esa incomodidad.
Y claro que las herramientas en ese momento funcionan.
Pero no hemos entendido nada, solo hemos escapado de ahí.
Lo ves muy claro en espacios como una sesión de coaching, terapia o retiro espiritual. Todo encaja y tiene sentido. Pero luego vuelve la vida en directo y terminas reaccionando y actuando igual.
Ahí es donde se ve si algo ha cambiado o simplemente fue una anestesia elegante.
Puedes cambiar de entorno, de trabajo o de relación gracias al coaching o terapia de turno. Pero si no aprendes lo que esa situación venía a mostrarte, es muy probable que se repita constantemente de diferentes maneras.
Si lo que buscamos es no sentir incomodidad, por muchas sesiones que hagamos de la terapia o herramienta que sea, no se verá un reflejo nítido a largo plazo en tu vida cotidiana.
Desde ahí solo estamos evitando lo único que podría darte esa claridad, ver qué haces tú con lo que te pasa en el momento en que te pasa.
Después de tantos años en hostelería, ¿qué has aprendido sobre cómo somos realmente las personas cuando nadie nos mira?
Lo bonito sería decir que la gente es auténtica cuando nadie nos mira, pero te estaría contando una gran milonga.
Después de tantos años en hostelería, lo que he aprendido es que, en realidad, no somos.
Simplemente actuamos según la circunstancia y el contexto.
Una misma persona cambia completamente dependiendo de con quién esté.
No se comporta igual con su pareja que con sus amigos, ni cuando está siendo observada que cuando cree que no lo está. Se cambia el tono, el gesto, hasta la forma de hablar.
Por eso, cuando te haces la pregunta de cómo somos realmente cuando nadie nos mira, la respuesta no es tan bonita como podría esperarse. La mayoría de las veces, cuando nadie nos mira… no aparece nada.
Cogemos el móvil, encendemos la tele, buscamos cualquier distracción.
No sabemos quedarnos ahí.
Y ese sería, probablemente, el mejor momento para definir de verdad cómo estamos y decidir cómo queremos ser.
El título Jodida coherencia provoca. ¿Qué significa exactamente esa coherencia en tu libro?
Provoca porque cuando algo no nos funciona solemos echar balones fuera. Pero si empezamos a cuestionarnos por qué no nos funciona, la cosa cambia por completo.
Lo hablamos en la segunda pregunta.
La vida que experimentamos se construye minuto a minuto. Con detalles tan cotidianos y compartidos que pasan desapercibidos. Reconocer que el agobio por falta de tiempo, el peso de las responsabilidades, la falta de valoración, la frustración y el estrés parten de mi propia normalidad, jode un poco.
Solemos culpar al de enfrente de lo que nos sucede, pero no asumimos nuestra propia participación en ello.
Si mi hijo me saca de quicio, solo veo lo insoportable que es, no mi falta de capacidad para que me haga caso o para entender que su atención está en otro lado y hay que hacer algo atractivo para captarla.
El otro día, haciendo deberes, se me ocurrió ponerle un problema que decía que papá tenía cuatro pelos (soy calvo) y que él tenía 459, que cuántos tenía que darme para podernos peinar igual. Por ahí conseguí que se pusiera a hacer algo que le cuesta dios y ayuda por las tardes, y encima descojonado de la risa.
A ver, no siempre está uno tan lúcido, pero debemos tener esto en el punto de mira.
Si no llego a fin de mes, intentar apuntar a cómo puedo generar más dinero y menos gasto es más eficaz que gastar tiempo y energía en quejarme de lo mal que está todo.
Si me faltan al respeto constantemente podemos ver que la gente es una maleducada, pero también podemos prestar atención a cuánto respeto me estoy mostrando. Si pierdo el culo por satisfacer a los demás y antepongo las necesidades de todos a las mías por ser ese “ciudadano ejemplar”, no me estoy respetando todo lo que debería y el reflejo fuera es exactamente el mismo.
Hay aspectos tan normalizados y compartidos con tanta gente que marcan la dirección de nuestra vida que jode mucho estar alineados coherentemente con ellos.
Ser consciente de los escondites en los que nos metemos permite salir de ellos y establecer esa misma coherencia en la dirección adecuada.
Afirmas que vivimos en estrés constante como algo normal. ¿Qué consecuencias reales tiene eso en nuestra forma de vivir?
Partamos de la base que el estrés es una obra de arte de la biología.
Nos aporta un plus en situaciones demandantes, de vida o muerte, de lucha o huida.
Es como apretar el acelerador del coche a la hora de adelantar en una carretera de doble sentido.
El problema viene cuando seguimos apretando el acelerador después del adelantamiento.
Gastamos más combustible, más ruedas, entramos más tensos en las curvas y corremos el riesgo de salirnos incluso de la carretera.
Las consecuencias de vivir desbordado por todo aquello que nos sucede y que, como bien hemos hablado antes, somos accionistas mayoritarios de todo ello, son innumerables.
Primero, porque vivir así no nos permite ver de dónde parten los problemas. Desde este estado, tu organismo pone el foco en sobrevivir, no en qué puede hacer para vivir y, desde ahí, es muy difícil identificar y calibrar nada.
Por eso nos cuesta tanto hacer lo que sabemos que hay que hacer, que preguntabas al inicio de la entrevista.
Si nos enfocamos en las consecuencias físicas, hablamos de hipertensión, deterioro cognitivo, problemas gastrointestinales, erupciones cutáneas e incluso diabetes tipo dos.
Según ciertos estudios, el estrés está asociado del 70% al 90% de las consultas médicas, dato muy inquietante e importante de analizar.
Hemos convertido en problema nuestra propia biología.
Lo bueno es que tenemos infinidad de información al respecto y podemos nutrirnos de ella para empezar a darle la vuelta a la tortilla.
Hablas mucho de responsabilidad individual. ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestra vida y hasta qué punto estamos condicionados?
A ver, el ser humano es gregario por naturaleza.
Durante mucho tiempo pertenecer al grupo no era una opción, era una cuestión de supervivencia. Quedarte fuera de la tribu significaba literalmente morir. Y eso dejó una huella muy profunda en nosotros.
Esa programación sigue ahí, asociada a nuestro sistema nervioso, funciona casi en automático.
Por eso tendemos a adaptarnos, a encajar, a no salirnos demasiado de lo que hacen o piensan los demás. Buscamos aprobación, evitamos el conflicto y muchas veces priorizamos pertenecer antes que ser coherentes con lo que pensamos. Y esto, en un mundo globalizado como el actual, imagínate el impacto que tiene.
El problema es que hoy ya no nos jugamos la vida por no encajar. Pero nuestro psiquismo siempre nos lleva hacia lo conocido, hacia lo familiar.
Aquí aparece esa responsabilidad individual.
Evidentemente que estamos condicionados por la educación, el entorno, la cultura, la historia que nos contaron… Pero eso no elimina nuestra capacidad de decidir. La limita, la condiciona y la hace más incómoda… pero no la elimina.
En realidad, creo que por eso he creado este universo de Jodida Coherencia. Para ampliar esa capacidad de elección. No para guiar a la gente por el camino correcto, sino para que cada uno vea hacia dónde va y hacia dónde puede ir.
Adquirir información sobre cómo operamos como individuos y como sociedad, cómo funciona nuestro organismo, cómo funciona nuestro psiquismo y el impacto que todo esto tiene en la vida cotidiana hace que podamos, como mínimo, dejar de contarnos milongas.
Esta responsabilidad que se filtra a través de la lectura del libro es precisamente esa habilidad necesaria para ampliar nuestra capacidad de elección.
Dices que queremos paz pero consumimos conflicto. ¿Por qué somos tan incoherentes incluso en algo tan básico?
No es que seamos incoherentes.
Formamos parte de una sociedad cimentada en el conflicto.
Solo hace falta encender la televisión, el periódico o echar un vistazo a las redes sociales. Da igual la temática. Todo ese entretenimiento tiene el mismo formato. Tanto la política, como el fútbol o la prensa en casi todas sus vertientes, tiene semillas de enfrentamiento, crítica, culpa o conflicto.
Como hablamos antes, el ser humano es gregario por naturaleza y vive en estrés casi constante.
La combinación de ambas cosas hace que no nos planteemos si la información que consumimos es coherente con lo que queremos. Es más, no es solo la información que consumimos, las conversaciones que tenemos reafirman el estado en el que nos encontramos y también habría que revisarlas.
Hemos construido una gran rueda de hámster que gira en torno a algo que a bote pronto no queremos, pero que es alimentado a diario.
Con esto no quiero decir que huyamos del conflicto, el conflicto interno es más que necesario. Es lo que hace que podamos recalibrar. Atender y entender nuestros conflictos es lo que hace que podamos construir aquello que queremos.
Planteas que la coherencia está en alinear lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos. ¿Por dónde debería empezar alguien que quiere hacerlo de verdad?
Por poner en palabras las ideas, como bien dijimos al principio de la entrevista.
En infinidad de ocasiones tenemos clarísimo algo, pero cuando nos preguntan por ello, no somos capaces de definirlo con exactitud.
Creemos que, por tenerlo claro en nuestra mente, sabemos perfectamente lo que queremos, pero hemos visto que luego nuestros actos van en dirección contraria.
Tenemos claro que queremos vivir en paz, pero nuestras conversaciones recrean conflicto constante.
Parece una gilipollez, pero empezar por saber comunicar lo que realmente pensamos es lo que marca la coordenada para sentirnos como queremos y actuar en consecuencia.
Un GPS te lleva a la dirección que le pones, no a la que simplemente piensas.
Tomarnos el tiempo necesario para definir lo que queremos, por qué lo queremos y para qué lo queremos, genera las coordenadas adecuadas para ir aprendiendo a construir lo necesario para llevarlo a cabo.
Porque, como bien dice mi maestro, si quieres encontrar trabajo diciendo que sales a buscarlo, puedes estar toda la vida de entrevista en entrevista, ya que sales a buscarlo, no a encontrarlo.
El universo no es que sea caprichoso, es obediente.
Evidentemente, todo esto lleva un tiempo, un tiempo que también hay que definir para poder encontrarle hueco en la agenda.
Por mucho que tengamos claro que es importante para nosotros, si no lo definimos con exactitud, casi nunca encontraremos el espacio para realizarlo y para dedicarle el tiempo que requiere.
Vivimos tan acelerados que necesitamos establecer anclajes para hacer lo que toca hacer. La palabra crea esos amarres para que no nos vayamos por la tangente. Nos ofrece claridad e impregna la realidad de claridad.
El último capítulo del libro se llama Legislando, y es el que puede hacer que lo que has leído en los 17 anteriores tenga impacto a largo plazo.
Poner las cartas de nuestra vida boca arriba hace que la fricción interna que se genera cuando decimos algo y hacemos lo contrario, se libere. Pero para no volver a lo anterior, debemos poner en palabras hacia dónde queremos ir.
El libro no promete soluciones rápidas. Entonces, ¿qué le dirías a alguien que busca un cambio inmediato?
Que empiece por la respiración, por ejemplo.
Hay técnicas muy potentes que generan un impacto muy grande en uno cuando son bien guiadas.
Es más, yo tengo un servicio de reset de cuerpo y mente en 20 minutos a través de la respiración que te deja suave como un guante. Lo he tenido instaurado en el hotel en el que trabajó durante más de un año y funciona muy bien. De hecho, ahora hay compañeros que me piden volver a generar ese espacio. (en la web puedes agendar una sesión online).
Las herramientas y las técnicas son muy eficientes, pero si no se modifica aquello que te hace pegar constantemente contra una pared, difícilmente se cambie nada. Usar todo esto como analgésico hace que calme el dolor, pero no elimina la raíz que provoca ese dolor.
Los cambios instantáneos no existen en un contexto honrado de cambio y transformación. Las conexiones neuronales necesarias para cambiar la percepción de nuestras vidas nacen de un cambio de paradigma.
Cuando llevas, por ejemplo, toda la vida entendiendo la responsabilidad como un peso que tenemos por ser padre, madre, Ceo de una empresa o trabajador asalariado, si no cambias dicho concepto, el peso se va a seguir acumulando. Puedes eliminar toda esa tensión que se acumula respirando, sí, pero la semana que viene volverás a necesitar respirar. Es un buen negocio para el instructor, pero uno malo para el que quiere una solución a largo plazo.
En este caso, ir a la etimología de la palabra responsabilidad te hace cambiar el paradigma y establecer un mapa a seguir. Responsabilidad es habilidad para responder por uno mismo ante algo o alguien. Si responsabilidad es una habilidad, tendré que aprender todo lo necesario para desarrollar esas habilidades necesarias para responder de manera adecuada al reto en cuestión, ya sea la paternidad, la dirección de una empresa o llegar a fin de mes.
Esto solo se consigue día a día con dirección, claridad y constancia y hace que la fricción desaparezca definitivamente con el tiempo. No es rápida, pero es la única solución.
Los cambios reales necesitan tiempo. Tiempo para observar lo que sucede, conocer el por qué sucede y aceptar las consecuencias que conlleva comenzar ese cambio. A partir de ahí, delimitar un cauce de actuación, mostrarnos firmes y constantes en el cauce y analizar si los resultados ahora son coherentes.
Querer empezar a correr antes de aprender a andar nunca fue una buena estrategia.
Si tuvieras que resumir el mensaje del libro en una sola idea incómoda, ¿cuál sería?
Que por mucho que nos cueste reconocerlo, no somos víctimas de lo que nos sucede sino, en mayor o menor medida, arquitectos de todo ello.
Sé que mucha gente, con la que está cayendo entre guerras, crisis y demás no compartirá dicha reflexión. Pero tras leer el libro estoy seguro de que tendrá un ángulo diferente al respecto.
Comprar «Alfonso González Gómez – Jodida Coherencia: Piensa siente habla y actúa como si tu vida te importara de verdad»: https://amzn.to/3Oyr8Zs