Romper el silencio: la sanación hecha palabra de Hilaria Carlota Mangue Oñana Akele
1) ¿Qué te motivó a escribir La voz invisible: Confesiones a flor de piel y compartir tu historia personal?
Lo que me motivó fue aliviar y transitar el dolor del alma, y el deseo profundo de romper el silencio, por mí y por tantas que aún no pueden hablar. Durante años llevé esa carga en silencio, con miedo y vergüenza, pero entendí que compartir mi historia podía ser un acto de sanación y también de resistencia. La voz invisible nació del dolor, sí, pero también del amor: amor propio, y amor por otras niñas y mujeres que merecen saber que no están solas, que su historia importa y que pueden recuperar su voz.
2) ¿Cómo fue el proceso emocional de revivir ciertas experiencias durante la escritura del libro?
Fue un proceso profundamente doloroso, pero también liberador. Al escribir, reviví emociones que había enterrado por años: miedo, rabia, vergüenza, culpa, tristeza… pero también sentí una fuerza que no sabía que tenía. Hubo momentos en que tuve que parar, llorar, respirar. Pero cada palabra que escribía era como recuperar una parte de mí, como darle voz a esa niña silenciada. Fue escribir para sanar, para entender, y para no dejar que el dolor se quedara sin sentido.
3) ¿Qué significa para ti La voz invisible: Confesiones a flor de piel y a quién representa en tu obra?
La voz invisible: Confesiones a flor de piel es, para mí, el eco de una niña que durante mucho tiempo fue silenciada. Es la voz que no pudo gritar, que tuvo miedo, que cargó con culpas que no le pertenecían. Hoy esa voz ya no está escondida: está escrita, expuesta, viva.
Representa a todas las niñas y mujeres que han sufrido en silencio, que han sido invisibilizadas, ignoradas o juzgadas. Es un homenaje a su valentía, incluso cuando aún no pueden hablar. Es una forma de decirles: «Yo te veo, yo te creo, y tu historia importa».

4) En tu libro haces un llamado a recuperar valores ancestrales. ¿Qué papel juegan estos valores en el proceso de sanación?
Sí, en el libro hago un llamado a reconectar con valores ancestrales como el respeto profundo por la vida, la palabra como sagrada, el cuidado mutuo y la dignidad de cada ser. Estos valores, que muchas culturas originarias han sostenido por generaciones, nos recuerdan que vivir en armonía no es una utopía, sino una posibilidad real cuando hay conciencia y respeto.
En el proceso de sanación, estos valores son fundamentales porque nos devuelven el sentido de pertenencia, de raíz, de comunidad. Nos ayudan a reconstruir vínculos desde el amor y no desde el miedo. Sanar no es solo un camino personal, también es colectivo, y recuperar estos principios es parte de volver a sentirnos seguras, vistas y valoradas.
5) ¿Crees que la sociedad está preparada para escuchar y atender testimonios como el tuyo?
Esa es una pregunta profunda y muy importante. En muchos sentidos, la sociedad ha avanzado en su disposición para escuchar estos testimonios, pero aún queda mucho camino por recorrer.
Así que, en resumen: la sociedad está empezando a estar más preparada, pero aún no lo está del todo. Escuchar con empatía, sin juicios, y actuar con justicia sigue siendo un reto que debemos asumir colectivamente.
6) ¿Cómo aplicas tu formación en gestión emocional y mindfulness a tu escritura y a tu vida cotidiana?
Mi formación en gestión emocional y mindfulness me ayuda a escribir desde el corazón y a vivir con más conciencia. Me permite conectar con lo que siento, ponerlo en palabras con honestidad y vivir cada momento con más presencia y calma. En ambos ámbitos, es una herramienta clave para mantener el equilibrio y la coherencia interna.
7) ¿Qué les dirías a quienes han sufrido abusos y aún sienten miedo o vergüenza de hablar?
Les diría que no están solas, que lo que vivieron no define su valor ni su dignidad. Que el silencio no es culpa, es una herida, y que hablar cuando estén listas puede ser el primer paso para sanar. Su voz importa, y merece ser escuchada con respeto, sin juicio y con amor. Que la vergüenza tiene que cambiar de bando y es hora de hacer responsable a los responsables.

8) ¿En qué punto estás hoy sobre tu estado emocional y psicológico respecto a todo lo que te ocurrió?
Hoy estoy en un punto de mayor claridad y fortaleza. Aún hay heridas, pero ya no gobiernan mi vida. He aprendido a mirarme con compasión, a reconocer que lo que ocurrió no fue mi culpa, y a transformar el dolor en palabra, en conciencia, en propósito. La niña que fui aún vive en mí, pero ya no está sola ni en silencio. Estoy construyendo paz, un día a la vez, y siento gratitud.
9) ¿Qué impacto te gustaría que tuviera La voz invisible en quienes lo lean?
Me gustaría que La voz invisible tocara el corazón de quienes lo lean, que visibilice el dolor silenciado de tantas niñas y mujeres, y que genere empatía, conciencia y, sobre todo, transformación. Que quien lo lea no pueda mirar hacia otro lado.
10) ¿Qué le dirías a los negacionistas que preguntan por qué lo cuentas ahora, después de décadas?
Les diría esto:
Porque el silencio no fue una elección, fue una forma de sobrevivir.
Cuando un niño sufre abusos, especialmente por parte de alguien cercano o en un entorno de poder, no tiene las herramientas emocionales, psicológicas ni sociales para entender lo que le está pasando, mucho menos para hablarlo. El miedo, la vergüenza, la confusión y, muchas veces, el sentimiento de culpa lo paralizan.
Porque durante décadas, nadie estaba dispuesto a escuchar.
Las estructuras sociales, familiares e institucionales muchas veces protegían al agresor o preferían mirar hacia otro lado. No había un espacio seguro para contar la verdad sin ser juzgado, desestimado o revictimizado.
Porque sanar lleva tiempo.
El trauma no tiene un reloj. A veces, toma años o incluso décadas encontrar la fuerza, las palabras y el entorno adecuado para romper el silencio. No es que se “olvide”; es que el dolor se guarda donde no duele tanto… hasta que un día, se necesita soltarlo para seguir viviendo.
Y porque contarlo ahora también es un acto de justicia.
Aunque el sistema legal no siempre responda, al hablarlo, se rompe el ciclo del silencio. Se dignifica la experiencia. Se protege a otros. Y se recupera el poder que el agresor intentó arrebatar.
¿Por qué ahora? Porque ahora puedo. Y porque nunca es tarde para decir la verdad.
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