La novela que pone palabras al niño que muchos adultos aún llevan escondido

La novela que pone palabras al niño que muchos adultos aún llevan escondido

¿En qué momento de tu vida sentiste la necesidad real de darle voz a ese niño que sufrió en silencio y convertir su experiencia en una novela?
La necesidad apareció cuando entendí que llevaba media vida escondiendo al niño que fui. No era nostalgia; era cansancio. Cansancio de callar, de justificarme, de intentar encajar en una historia que nunca fue la mía.
Un día comprendí que ese niño seguía ahí dentro, pidiendo que alguien dijera la verdad: lo que sintió, lo que no entendió y lo que nadie supo ver. Y supe que, si no lo hacía yo, nadie lo iba a hacer.
Escribí esta novela porque ese niño ya no quería estar escondido. Y porque sé que hay muchos más como él.

Crecer con dislexia en los 90 no era fácil. ¿Qué recuerdo escolar, de esos que marcan, aparece primero cuando piensas en tu infancia?
En los años 90 no había conciencia ni recursos sobre la dislexia. Si no seguías el ritmo, te encasillaban rápido: lento, distraído, vago. No había más opciones.
Recuerdo especialmente las lecturas en voz alta y los dictados. Ahí me rompía por dentro. Vivía en modo alarma constante. Las letras se movían, las palabras se pegaban y yo no entendía por qué.
Odiaba leer en alto, salir a la pizarra y sentir todas las miradas esperando algo que no podía dar. Ese recuerdo me marcó: sentirme expuesto, nervioso y sin ninguna explicación de lo que me pasaba.

En el libro hablas del miedo, la incomprensión y las etiquetas injustas. ¿Cuál fue la frase o gesto que más te hirió entonces y que hoy aún resuena?
Hubo una frase que se me quedó tatuada. Una profesora dijo delante de mis padres:
“Como mucho llegará a albañil.”
No por el oficio, sino por la condena implícita: la idea de que yo nunca sería más que mis errores. A eso se sumó la etiqueta de “vago”, que me persiguió durante años.
Hoy es irónico, porque quienes me conocen dicen justo lo contrario. Esa etiqueta me empujó a demostrarme a mí mismo que no era cierto. Toda mi vida adulta ha sido romper ese límite que alguien decidió por mí.

La palabra “dislexia” fue para ti un punto de inflexión. ¿Cómo recuerdas ese instante en el que, por fin, todo empezó a tener sentido?
Durante años fue una etiqueta incómoda que intenté esconder. Incluso siendo adulto, con formación y estudios, seguía pensando que no era suficiente.
La verdadera liberación llegó cuando dejé de estudiar para demostrar y empecé a estudiar para mí. Descubrí que aprender me gusta, que soy curioso por naturaleza.
Hoy lo vivo con humor. Puedo decir “soy disléxico” sin que duela. La dislexia dejó de ser una condena el día que empecé a creer en mí.

Pasaste por una lesión que te dejó meses en silla de ruedas. ¿De qué manera ese proceso se refleja en la historia del protagonista?
La lesión me obligó a parar. Y cuando paras, la mente no te deja escapar.
Ahí entendí que toda mi autoexigencia era una forma de huir del niño que fui. Al detenerme, apareció él. Sin excusas, sin rendimiento detrás del que esconderme.
Ese año inmóvil fue el punto de giro. Cambió mi forma de verme y de entender mi historia. Sin esa lesión, este libro —y la persona que soy hoy— no existirían.

Has estudiado biomecánica, neurociencia y readaptación física. ¿Cómo ha influido ese conocimiento en tu forma de narrar el mundo interior de un niño con dislexia?
Me permitió entender que no era un fallo, sino una forma distinta de procesar la información.
Hoy sé que probablemente conviven en mí dislexia y altas capacidades. Una enmascara a la otra. De niño pensaba rápido, pero en un dictado parecía otro. Nadie supo verlo.
Esa neurodivergencia, que antes fue un problema, hoy es lo que me permite ver lo que otros no ven. Mi diferencia no era un obstáculo: era el origen de todo.

¿Qué parte del libro te removió más al escribirla, esa que te obligó a mirar de frente a tus propias heridas?
Lo más duro fue revivir el silencio, el miedo y la sensación constante de no ser suficiente.
Hubo escenas que me obligaron a parar, respirar y soltar lo que llevaba años guardado.
También fue difícil escribir sobre mis padres, desde el niño que no entendía nada y desde el adulto que ahora comprende.
Y escribir sobre mi abuelo fue lo que más me rompió. Fue una de las pocas personas que confió en mí sin compararme.

¿Qué te gustaría que entendieran padres y educadores después de leer esta novela sobre la dislexia?
Que un niño no es su etiqueta.
Ni vago, ni lento, ni torpe. Muchas veces está luchando por dentro y nadie lo ve.
Educar no es imponer autoridad, es ejercer liderazgo: escuchar, comprender, acompañar y exigir con respeto.
Las dificultades no se corrigen con castigos, se entienden desde la raíz. Una frase puede hundir a un niño… o levantarlo para siempre.

Después de haber superado tantas barreras, ¿qué mensaje vital te gustaría dejar a cualquier niño que hoy siente que no encaja?
Que no está solo.
Que su forma de aprender no es un problema, es su camino.
Que no se juzgue por lo que ahora le cuesta, sino por lo que está construyendo.
A veces, lo que nos hace diferentes en la infancia es exactamente lo que nos convierte en únicos de adultos.

Sergio León Fernández – El niño que hablaba con las letras
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