La novela que nació de un nombre extraño y terminó convirtiéndose en un fenómeno literario internacional

La novela que nació de un nombre extraño y terminó convirtiéndose en un fenómeno literario internacional

¿Cómo nació la idea de Esos nombres raros y en qué momento entendiste que el nombre de una persona podía ser el punto de partida para una novela completa?
Debo admitir que Esos nombres raros la escribí bajo la figura de una segunda opción. Fue la historia que reemplazó a una novela que ha estado presente en mi mente constantemente y que aún no me atrevo a empezar. Ese cambio de planes hizo que el proceso creativo fuera más exigente y sobrevenido. Así fue como, con retazos de vivencias personales y empresariales que experimenté hace años, y con el sazón de la ficción, me dediqué a construir las peripecias de Mariano Mendoza, un narrador apasionado, imperfecto y poliamoroso que descubre que su socio de negocios es un mitómano. La temática de los nombres fue una travesura literaria que usé como pegamento para unir todos los elementos que cruzan la novela.

En tu vida personal, los nombres han marcado experiencias, recuerdos y hasta traumas. ¿Qué hay de tu biografía en la obsesión del protagonista por los nombres ajenos y propios?
Hay mucho. A Mariano Mendoza le tocó colgarse en la espalda el pesado morral de mis obsesiones patronímicas. Arrastrar las inseguridades de la niñez y adolescencia por un nombre que sentí que no me pertenecía. También el protagonista heredó mi curiosidad por indagar el origen de nombres propios. Saber cuánto influye en tu destino la manera como te nombraron.

Muchos lectores destacan la fuerza emocional del libro y su vínculo con el exilio y la reinvención personal. ¿Cómo dialoga esta novela con tu propio proceso migratorio y ese “nuevo rol” que asumiste al llegar a Estados Unidos?
El migrar resultó ser el impulso definitivo para considerar seriamente la escritura. Esos nombres raros dialoga con mi exilio a través del decorado de la Venezuela de los últimos 30 años. En esa travesía histórica, es imposible que no se perciba en un plano secundario el declive gradual que Venezuela experimentó hasta alcanzar la crítica actualidad. No obstante, también evoca las buenas épocas que el país tuvo, las cuales lo convirtieron en el destino más solicitado para quienes buscaban una vida mejor. La discoteca Le Chat, la Universidad de Carabobo, el Trasnocho Cultural, el Hotel Intercontinental Valencia y otros escenarios de la Venezuela Saudita son las señales con que describí a mi país desde el exterior. Sin duda, mi pluma se siente influenciada por la nostalgia de tiempos mejores que no regresarán. Si estuviera en mi país, estoy seguro de que no escribiría sobre él. Todos los autores expatriados llevamos con nosotros nuestro propio Macondo por contar.

Trabajas como conserje en una escuela primaria y, aun así, sigues creando universos narrativos muy complejos. ¿Cómo influye ese contraste entre lo cotidiano y lo literario en tu escritura?
No lo llamaría un contraste; al contrario, mi trabajo es una simbiosis que busqué por conveniencia. Soy conserje porque decidí tomar la escritura en serio. El potencial creativo que proporciona una escoba o aspiradora puede alcanzar dimensiones extraordinarias. Mi mente se dedica casi por completo a mis creaciones literarias y genero el dinero que necesito para seguir viviendo. Estoy convencido de que esas son las decisiones que definen una auténtica vocación: amar lo que se hace, independientemente del precio. No considero mi trabajo como algo degradante. Los niños, las maestras y los conductores me ven como Míster Américo, porque eso es lo que soy.
Una anécdota ilustra lo que quiero decir: un amigo de mi país, uno de esos que miden el éxito por el dinero, me dijo: “¿Quién lo iba a decir? De lo sublime a lo ridículo”. “Lo sublime —respondí— es trabajar en un templo de aprendizaje. Lo ridículo es que me considere escritor”.

Has contado que elegiste ese trabajo para mantener la mente libre para tus tramas. ¿Cuál fue el consejo póstumo de Roberto Bolaño que te llevó a tomar esa decisión tan poco habitual?
Circula en las redes un vídeo de una entrevista a Bolaño en la cual afirma haber trabajado en todo o casi todo, y corrige diciendo que no fue ni asesino a sueldo ni prostituto. Seguí su consejo al pie de la letra; sabía que si vendía autos o seguros médicos ganaría mucho dinero, pero mi mente estaría atrapada entre tasas de interés y gente dispuesta a pelear por una comisión. Soy bueno en eso, he vivido de eso, pero ahora quiero escribir hasta que aparezca en el camino el cartel que diga: “Está llegando a la salida de este Estado… Vital”.

Esos nombres raros fue recomendada por Jaime Bayly, ganador del Premio Herralde. ¿Qué significó para ti ese apoyo y cómo ha influido en la visibilidad del libro?
Significó mucho, para no decir todo. Lo primero que logró esa crítica fue decapitar al síndrome del impostor que me insistía en que no tenía derecho a estar aquí. Bayly es honesto intelectualmente; no renuncia a la verdad por agradar a alguien. Ese sello me preocupó cuando me dijo que leería mi novela y luego me diría si le gustó o no. Su crítica entusiasta en YouTube y Mega TV impulsó las ventas desde el lanzamiento, hasta el punto de situarnos entre los 100 e-books más vendidos en español en la primera semana. Un detalle curioso: muchos comentaron que el libro que Bayly mostraba en cámara tenía la portada algo desgastada, prueba de que sí lo había leído.

Tu blog “Historias de drivers” llegó a ser leído en 79 países y te dio reconocimiento internacional. ¿Cómo se refleja esa experiencia en la voz narrativa de la novela?
Seguro que ese alcance me ayudó a identificar y mejorar mi manera de escribir. Ese impulso nació junto con el confinamiento del COVID-19, un año en el que se leyó mucho. Lo poco bueno dentro de lo malo. Lo más significativo fue el comentario de una lectora argentina que definió mi estilo como “literatura doméstica”. Una escritura sin adornos innecesarios pero cercana, cálida y reconocible, como un plato casero del amplio menú literario.

En tu trayectoria conviven la novela, el relato y la literatura infantil. ¿Qué elementos de tu estilo aparecen también en Esos nombres raros y qué nuevos caminos abriste con esta obra?
El nuevo enfoque que tomé fue explorar la estructura literaria. Las 528 páginas del libro se sostienen con un andamiaje que contribuye a una lectura más fluida. La segunda parte está dividida en dos grupos de fichas bibliográficas organizadas por números y letras, separando la historia personal del protagonista de la historia empresarial que origina la trama. Es similar a las parcas que entretejen hilos dorados y negros.
Otra innovación fue desafiar el concepto de novela total que defendía Vargas Llosa: una historia inclusiva, capaz de contradecirse, viva. De ahí surge un capítulo como “Diálogos innecesarios”, que para algunos críticos no aporta nada, pero que cobra sentido en ciertos desenlaces.

La historia aborda identidad, memoria, familia y humor, pero también momentos oscuros. ¿Qué te gustaría que el lector sintiera al cerrar el libro y enfrentarse a sus propios “nombres raros”?
Esos nombres raros no ofrece consejos. No soy un autor moralista. Mariano Mendoza es un saco de contradicciones, traumas e imperfecciones que afronta con normalidad y sinceridad, y aun así logra la aceptación del otro. Su atractivo nace precisamente de esa imperfección. La novela existe para entretener, y eso quiero dejarlo claro.
Pero si algo queda en el lector, ojalá sea la idea de que la convivencia sería más sencilla si aceptáramos que no solo estamos hechos de virtudes; que nuestras rarezas, traumas y defectos también forman parte de lo que nos hace capaces de amar y de odiar. Esa carga imperfecta que tratamos de ocultar es, irónicamente, la que más nos humaniza.

Américo Ramírez – Esos Nombres Raros
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