La autora que convirtió su ruptura en un renacimiento: confesiones de un corazón que aprendió a reconstruirse”
¿En qué momento supiste que aquel desengaño amoroso no solo iba a romperte, sino también a darte el material para escribir tu primer libro?
Hubo un momento en el que entendí que aquella relación no solo me había roto el corazón, sino que había removido algo mucho más profundo. Para recomponerme decidí ir a terapia, y creo firmemente que deberíamos romper el estigma alrededor de pedir ayuda profesional: es un acto de valentía, no de debilidad.
En esas sesiones descubrí que el dolor que estaba sintiendo no pertenecía únicamente a esa historia; era el resultado de años de ser fuerte, de acumular estrés, de no darme permiso para sanar relaciones pasadas ni vivir mis duelos como necesitaba.
Cuando comprendí que aquella ruptura había sido el detonante de algo que llevaba mucho tiempo dentro de mí, sentí la necesidad de escribir. Ahí nació el impulso de contar mi historia y de acompañar a otros corazones que, como el mío, han sufrido, pero siguen creyendo en el amor.
Lucía nace como un alter ego colectivo. ¿Cómo combinaste tus vivencias con las de tantas mujeres que han pasado por historias similares?
Aunque empecé a escribir este libro al llegar a Mallorca hace tres años, las historias que cuento llevan mucho tiempo conmigo. Están hechas de mis vivencias personales, de las experiencias que compartí con amigas, de las historias que escuché viajando y trabajando en diferentes lugares.
Me di cuenta de que, aunque nuestras vidas sean distintas, compartimos emociones muy parecidas. De ese punto en común nace Lucía: una mujer normal, con miedos, ilusiones, desengaños y renacimientos que todos hemos sentido alguna vez.
Poner en palabras lo que tantas veces nos cuesta explicar fue un reto, pero con este libro sentí que, por fin, lo había logrado.
Dices que este libro no es para leer, sino para sentir. ¿Qué emoción te gustaría que fuese la última que le quede al lector al cerrarlo?
Me gustaría que el lector cierre el libro con una sensación de paz. Con la tranquilidad de saber que el dolor no es un final, sino un tránsito. Con un pequeño destello de esperanza y con la certeza de que no está solo. Que, incluso en las historias más duras, siempre hay un lugar al que volver: uno mismo.
¿Qué descubriste de ti misma al escribir lo que no te atrevías a decir en voz alta?
Descubrí que me costaba perdonarme. Me había enfadado conmigo misma por permitir que otras personas me hicieran daño, por conformarme, por anclarme donde no debía, por renunciar a partes de mí. Escribir me obligó a enfrentarme a ese peso y, a la vez, me ayudó a soltarlo. Fue un proceso de reconciliación íntima, de mirarme con más ternura y menos juicio.
El viaje México–España marcó tu proceso personal. ¿Qué dejó México en tu forma de amar y en tu forma de contarlo?
México me hizo crecer como mujer en muchos sentidos. Viví experiencias preciosas y otras que ojalá nadie tuviera que vivir. Pero todas ellas me enseñaron algo.
Aprendí que el amor es maravilloso y que puede darle a la vida un color distinto, pero también entendí que para amar bien hay que amarse primero. Que los límites y los cimientos emocionales son fundamentales, tanto en el amor como en cualquier otro ámbito.
Hoy ya no busco un amor que me consuma ni una intensidad que me desestabilice. Quiero un amor que dé paz, que acompañe, que haga equipo. Lo explosivo puede ser emocionante, pero también es dañino. Yo ahora elijo lo que construye.
Cada capítulo es una etapa, un amor, una pérdida o una lección. ¿Cuál de ellas fue la más difícil de enfrentar al escribir?
Hubo una etapa en México especialmente difícil de revivir: una relación en la que sufrí maltrato emocional y físico. No quería centrarme en la crudeza de lo vivido, sino en la enseñanza que pude extraer con el tiempo. Revisitar esos recuerdos fue doloroso, porque son cicatrices que siempre te acompañan, pero quise transformarlos en algo que pudiera aportar luz y no solo sombra.

Hablas de sanar, avanzar y perdonar. ¿Cuál de esos tres verbos te costó más llevar al papel?
Me costó elegir solo uno, porque en mi caso los tres estaban profundamente entrelazados. Pero quizá el más complejo fue perdonar: perdonarme a mí misma y perdonar a quienes formaron parte de mi historia. Fue un proceso lento, honesto y necesario.
Tu compañero Coco aparece como una brújula emocional constante. ¿Qué papel juega en tu proceso creativo y en tu vida de escritora?
Coco ha sido mi mayor compañero de vida. Tiene ocho años y está conmigo desde que tenía apenas un mes. Ha estado a mi lado en mis noches más tristes, en mis mudanzas, en mis cambios de trabajo, en mis cambios de país.
Durante mis años en México viví momentos de mucha alegría, pero también otros de soledad, miedo y confusión. Y en todos ellos, Coco era mi tierra. Los perros tienen una sensibilidad especial, y él siempre supo leer mis emociones mejor que nadie.
Incluso mientras escribía el libro, se acostaba a mi lado. Ese gesto tan simple me transmitía algo muy profundo: que todo estaba bien. Me dio calma en momentos vulnerables, incluso cuando me asaltaba el miedo de pensar en cómo sería compartir esta historia con el mundo.
Este es tu primer libro, pero no el inicio de tu camino. ¿Qué te gustaría que quienes te lean esperen de tu voz literaria de aquí en adelante?
Me gustaría que encuentren una voz sincera, real, romántica y soñadora. Una voz que acompaña, que entiende, que nombra lo que a veces cuesta explicar.
Este libro es solo el comienzo. Mi voz literaria acaba de empezar su camino, y deseo que quienes me lean quieran recorrerlo conmigo.

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