Escribió para sobrevivir y terminó acompañando a otros: el libro que pone palabras donde antes solo había silencio
Publicas Entre penas y páginas siendo muy joven. ¿En qué momento decides que tu experiencia personal debía transformarse en un libro y no quedarse en privado?
Al principio, las cartas eran solo una forma de terapia y de desahogo. Escribía para ordenar el dolor, no con intención de publicar nada. Fueron mis amigos y mi familia quienes me hicieron ver que esos textos podían ayudar a otras personas, y esa fue la primera vez que pensé en compartirlos.
Lo que descubrí después llegó con la publicación. En presentaciones y firmas empecé a encontrarme con padres y amigos de personas que atraviesan situaciones similares, gente que no vivía el dolor en primera persona, pero que no sabía cómo acompañar. Muchos me contaron que el libro les había ayudado a entender y a cuidar mejor. Ahí supe que había hecho lo correcto.
La obra adopta la forma de epístolas. ¿Por qué elegiste la carta como vehículo narrativo para hablar del dolor y la resiliencia?
Porque la carta no exige respuestas inmediatas. Se escribe desde la necesidad de decir algo, aunque no sepamos si alguien contestará. Me permitía hablarles a versiones pasadas de mí, a personas ausentes y al dolor mismo. La carta respeta los silencios, y eso, cuando se escribe desde la herida, es fundamental.
En el libro hay una exposición emocional muy directa, sin filtros. ¿Tuviste miedo a mostrarte con tanta crudeza ante los lectores?
Sí, mucho. Pero entendí que ese miedo era el precio de ser honesta. El filtro protege, y yo llevaba demasiados años protegiéndome. Mostrarme así fue incómodo, pero también liberador. Preferí el riesgo de la verdad a la comodidad de la máscara.
Hablas de infancia, cuerpo, salud mental, relaciones y expectativas. ¿Hubo alguna carta especialmente difícil de escribir o de decidir incluir?
Las que hablan del cuerpo y la infancia. Escribo desde una herida muy temprana, marcada por el bullying y la lucha constante con mi imagen. Atravesé trastornos de la conducta alimentaria y exponer esa fragilidad fue duro. Dudé en incluirlas, pero entendí que sostenían el corazón del libro y que, paradójicamente, me acercaban a la aceptación.
Tu estilo es sencillo en la forma pero muy intenso en el fondo. ¿Buscabas huir del artificio literario para priorizar la verdad emocional?
Sí. Hay recursos literarios, pero siempre al servicio de lo que se cuenta. El artificio puede embellecer, pero también distancia. Yo necesitaba cercanía. La emoción ya era lo bastante compleja como para cargarla de adornos innecesarios.
Dices que escribir es un acto de memoria. ¿Este libro te ayudó más a recordar o a sanar?
Ambas cosas. Recordar duele, pero permite ordenar y dar sentido. Sanar no fue olvidar, sino atreverme a mirar de frente lo evitado. La escritura no me curó del todo, pero hizo el dolor más habitable.
La obra fue finalista en los Premios Círculo Rojo 2024. ¿Qué significó ese reconocimiento tan temprano?
Una validación. No tanto por el premio, sino por confirmar que algo tan personal podía dialogar con otros. Me dio confianza para seguir escribiendo y creer en mi voz.
Muchas cartas dialogan con el sufrimiento, pero también con la resistencia. ¿Qué es para ti la resiliencia ahora?
No es fortaleza constante ni superación ejemplar. Es quedarse. Permanecer incluso cuando no hay fuerzas. No desaparecer de uno mismo, aceptar la fragilidad y aun así elegir seguir viviendo, aunque sea despacio.
¿Crees que la literatura puede servir como refugio para quien atraviesa momentos similares?
Sí. No sustituye otros apoyos, pero acompaña. A veces no necesitamos respuestas, sino sentir que alguien ha pasado por un lugar parecido y ha sabido ponerle palabras.
Has trabajado la epístola en Entre penas y páginas y el relato en Bajo el peso del recuerdo. ¿Cómo dialogan ambos formatos?
Se complementan. El relato permite distancia y estructura; la epístola trabaja desde la urgencia emocional. Ambos responden a necesidades distintas dentro de mi forma de contar.
¿Escribes desde lo individual o con conciencia generacional?
Empiezo desde lo individual, pero sé que muchas heridas no son solo mías. Hablan de una generación que está aprendiendo a nombrar el dolor y la salud mental sin ocultarlos.
¿Qué consejo darías a quienes atraviesan situaciones similares?
No atravesar el dolor en soledad. Pedir ayuda no es un fracaso. Respetar los propios tiempos, hablar, escribir y buscar acompañamiento puede marcar la diferencia.
Después de Entre penas y páginas, ¿qué te gustaría que el lector se llevara al cerrar el libro?
La sensación de no estar solo. No respuestas, no fórmulas: compañía. Si alguien siente que su dolor es legítimo y que seguir adelante, incluso con miedo, es suficiente, el libro ha cumplido su propósito.

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