De la pobreza al éxito real: la historia que desmonta todo lo que te han contado sobre “salir adelante”
Tu historia parte de un contexto muy duro ¿En qué momento exacto entendiste que la educación no era solo una opción sino tu única salida real
Lo entendí muy joven, cuando comencé a darme cuenta de que el entorno donde nací parecía tener un destino ya escrito. Veía historias repetirse y sentía un miedo profundo a que la mía fuera igual. En ese momento comprendí que estudiar no era una opción bonita, era la única manera que tenía de cambiar mi historia. No fue un sueño idealista; fue una decisión nacida del miedo, pero también de una esperanza muy firme de que podía ser diferente.
Hablas de la educación como refugio ¿Refugio de qué exactamente del entorno del miedo o de ti misma
Fue refugio del entorno, sí, pero sobre todo fue refugio en los momentos en que la vida se volvía más pesada. Cuando todo parecía desordenarse o doler, estudiar me devolvía equilibrio. Era el espacio donde recuperaba claridad y recordaba quién quería ser y hacia dónde quería ir. La educación no solo me alejaba del miedo; también me devolvía esperanza y fuerza para seguir construyendo, incluso cuando por dentro estaba cansada.
En la Fase I La raíz ¿qué heridas o carencias marcaron más tu forma de entender la vida
Más que la falta de oportunidades, lo que me marcó fue la sensación de no valer lo suficiente. Crecer sintiendo que tus sueños son demasiado grandes para el lugar donde naciste deja heridas silenciosas: la comparación constante, la culpa por querer más, el miedo a fallar y confirmar lo que otros esperan de ti. Muy pronto entendí que no solo tenía que superar la pobreza material, sino también la pobreza de expectativas. Con el tiempo descubrí algo esencial: el lugar de donde vienes explica tu punto de partida, pero no determina tu destino. Esa convicción transformó mi manera de entender la vida.
Has vivido pobreza machismo y maternidad temprana ¿Cuál de esos factores fue realmente el más limitante y por qué
Si tengo que elegir uno como el más limitante, diría que fue el machismo, porque no actúa solo desde fuera, sino que intenta instalarse dentro de ti, en la forma en que te valoras. La pobreza, aunque dura, puede convertirse en impulso; enseña a esforzarse y a no dar nada por sentado. El machismo, en cambio, te hace cuestionar tu voz, tu capacidad y tu derecho a aspirar a más.
La maternidad temprana tampoco fue una condena; fue el motor más poderoso que he conocido. Mis hijos no fueron un límite, fueron la fuerza que me obligó a crecer más rápido. Con el tiempo entendí que ninguno de esos factores era negativo en sí mismo: lo verdaderamente limitante es creer que definen tu techo. Y yo decidí que no lo harían.
Mucha gente en contextos similares no logra salir ¿Qué hiciste tú distinto sin idealizarlo
No hice nada extraordinario. Fui constante, apasionada, a veces necia, audaz y valiente cuando tocaba serlo. Cuando muchos podían decir “no se puede”, yo elegía decir “sí, voy a intentarlo”. No siempre con seguridad; muchas veces con miedo.
Busqué ayuda cuando me costaba hacerlo, acepté que el proceso sería largo y que habría retrocesos. En el libro cuento momentos en los que tuve que empezar de nuevo más de una vez, cambiar de rumbo y sostener responsabilidades al mismo tiempo. Lo que hice no es diferente a lo que hacen miles de personas cada día: insistir y levantarse otra vez. La diferencia quizá estuvo en no rendirme justo cuando parecía más lógico hacerlo. Y eso está al alcance de cualquiera que decida resistir un poco más.
En Crecer caer y renacer ¿cuál fue tu caída más dura y qué cambió en ti después de tocar fondo
Mi caída más dura fue una fractura interna. Después de alcanzar metas que antes parecían imposibles, me encontré emocionalmente agotada y cuestionándome si realmente era suficiente. Desde fuera todo parecía avance; por dentro sentía desgaste.
En el libro hablo de ese momento en el que comprendí que no basta con “lograr”, también hay que sanar. Esa crisis me obligó a reorganizar prioridades y a dejar de vivir para demostrar. Renacer no significó empezar de cero, sino reconstruirme con mayor conciencia y coherencia.

¿La fe fue un motor constante o apareció cuando ya no te quedaban alternativas
La fe siempre estuvo y sigue estando. No apareció como último recurso, sino como una presencia constante que me ha sostenido incluso cuando yo misma dudaba. Creo profundamente en un Ser superior extraordinario, y esa convicción me ha dado paz en medio de la incertidumbre. En los momentos más difíciles se volvió más consciente, más íntima. Me ayudó a creer aun sin tener todas las respuestas.
Hablas del espejismo del éxito ¿Qué creías que era el éxito antes y qué es ahora para ti
Antes creía que el éxito estaba más ligado a lo económico y al “tener”. Y no lo veo como algo negativo; cuando estamos en mejores condiciones también podemos ayudar a más personas y generar impacto. Pero con el tiempo entendí que eso, por sí solo, no basta.
Hoy el éxito tiene un sentido más profundo: es vivir de acuerdo con mis valores, caminar con la conciencia tranquila, poder tener voz sin sentirme disminuida, cuidar de mi familia y ver crecer a mis hijos con estabilidad emocional. Es una vida coherente, con propósito y paz interior. El éxito ya no es solo alcanzar metas visibles, sino sostener una vida que tenga sentido por dentro.
Desde tu experiencia ¿la educación por sí sola basta o hay algo más imprescindible que no se suele decir
La educación es una herramienta poderosa, pero la educación formal por sí sola no basta. Un título no garantiza que seamos buenas personas, buenos ciudadanos, buenos hijos o padres. Hace falta entorno, apoyo emocional y oportunidades reales.
Y algo que casi no se menciona: alguien que crea en ti antes de que tú misma puedas hacerlo. También necesitamos aprender a asumir riesgos, desarrollar habilidades blandas, cultivar ética y sentido de responsabilidad. La verdadera educación no solo forma profesionales; forma seres humanos capaces de aportar con coherencia en la vida cotidiana.
Has pasado de aulas rurales a universidades europeas ¿Qué choque más fuerte encontraste entre esos dos mundos
El choque más fuerte fue entender cómo cambia todo cuando un país decide invertir seriamente en educación. No es solo infraestructura, es el valor social que se le da.
En las aulas rurales el talento existe, pero muchas veces sobrevive con carencias; en entornos europeos el talento encuentra estructura, investigación, acompañamiento y continuidad. Ahí comprendí que el problema no es la capacidad de las personas, sino las condiciones que se crean —o no se crean— para que ese potencial florezca.
Como docente ¿qué errores ves hoy en el sistema educativo que pueden estar frenando a quienes más lo necesitan
Uno de los errores más frecuentes es medir el rendimiento sin considerar el contexto. Se exige igual a quienes parten desde realidades completamente distintas, y eso termina profundizando brechas.
A esto se suma la poca inversión que reciben muchas escuelas rurales y públicas en varios países de América del Sur. No basta con exigir resultados si no se garantizan condiciones. Deberíamos invertir más en idiomas, deporte, lectura y salud física y emocional. La educación necesita ser integral y verdaderamente sensible a las historias personales.
Si una niña que está hoy donde tú estabas leyera tu libro ¿qué verdad incómoda pero necesaria le dirías
Le diría una verdad incómoda: nadie va a venir a rescatarte. El cambio empieza por ti. No será justo muchas veces y tendrás que esforzarte más que otros, pero tu origen no define tu destino. El camino largo vale la pena, aunque sea más difícil que el atajo. Si eliges con conciencia y haces cosas de las que mañana puedas sentirte orgullosa, cada paso será un acto de dignidad.

Comprar «Doris Patricia Cevallos Zambrano – El milagro de la educación»: https://www.casadellibro.com/libro-el-milagro-de-la-educacion/9791370358075/18046039?srsltid=AfmBOor24FMppw6ptZB3i1AD5m16Jz6G53lFedM30EFp_BsFrhvLvkuC