Escribía para niños, pero necesitaba contar esto: la novela que nació de la memoria, el silencio y las raíces
¿Qué te impulsó a dar este salto después de años escribiendo cuentos y materiales pedagógicos?
Soy una persona profundamente nostálgica. Siempre me ha interesado la historia, no tanto desde un punto de vista académico, sino desde lo emocional: la historia de los lugares, de las personas que los habitan y de lo que queda cuando ya no están. El pueblo donde he veraneado toda mi vida, Cadalso de Gata, es un lugar con muchísima memoria y rincones muy inspiradores, y llevaba años sintiendo que ahí había una historia que merecía ser contada.
Tenía esa espinita clavada de escribir una novela para adultos y, cuando empecé a darle forma a la trama, supe que había llegado el momento. Siempre he escrito, pero esta novela ha sido un reto personal y creativo muy importante para mí.
Vienes del ámbito de la educación y la Audición y Lenguaje. ¿De qué manera tu experiencia como maestra ha influido en tu forma de narrar y construir personajes?
Mi vocación es enseñar y, por mi especialidad, tiendo a utilizar un lenguaje sencillo, cercano y claro. Siempre pienso en cómo explicar las cosas de la forma más comprensible posible, y después de tantos años eso se ha convertido en algo casi instintivo.
Creo que esa forma de comunicarme se refleja en la novela: es una historia directa, de lectura ágil, de las que se leen casi de una sentada. Me interesa que el lector conecte con los personajes sin esfuerzo, que la historia fluya y se entienda desde la emoción.
Naciste en el País Vasco, tienes raíces extremeñas y vives en Madrid. ¿Cómo dialogan esos territorios, físicos y emocionales, dentro de la novela?
Aunque El viento nunca olvida es una novela de ficción, está muy atravesada por mi propia historia vital. En ella hay paisajes, anécdotas, sensaciones y personas que forman parte de mi memoria emocional.
El norte, Extremadura y Madrid dialogan de forma natural dentro del libro: como dialogan en mí. Son lugares que me han construido, cada uno a su manera, y esa mezcla de territorios, de climas y de formas de sentir está muy presente en la atmósfera de la novela.
El título sugiere memoria, pasado y algo que persiste en el tiempo. ¿Qué simboliza para ti ese “viento” que nunca olvida?
No soy experta en historia y no abordo la memoria desde un punto de vista estrictamente histórico, sino desde sus consecuencias emocionales: el miedo, el silencio, lo que se hereda sin nombrarse.
El viento es el hilo conductor de la novela. Representa aquello que no se ve pero se siente, lo que permanece aunque se intente olvidar. Es la memoria que insiste, que vuelve, que atraviesa generaciones aunque nadie hable de ella.
¿En qué momento sentiste que esta historia necesitaba un formato de novela larga y no podía contarse como un relato o un texto breve?
Desde el momento en que entendí que había cosas que no podían explicarse en pocas palabras. La historia necesitaba tiempo, profundidad y espacio para desarrollarse. No era solo lo que ocurrió, sino todo lo que vino después.
Acostumbrada a escribir para públicos con necesidades educativas diversas, ¿te resultó difícil cambiar el registro al lector adulto?
No demasiado. Era una historia que llevaba tiempo “horneándose” en mi cabeza. El cambio de registro fue bastante natural, porque la historia ya estaba ahí, esperando ser escrita.
La novela aborda temas como la memoria y las raíces. ¿Escribirla fue también una forma de mirar hacia tu propia historia personal o familiar?
Sí, completamente. Creo que todos deberíamos sentirnos orgullosos de nuestras raíces. Soy una persona muy nostálgica y, de alguna manera, introducir parte de la historia de mi familia en la novela ha sido el mejor homenaje que podía hacer.
¿Qué diferencias creativas has notado entre escribir con una intención pedagógica y escribir desde la libertad de la ficción adulta?
En la novela para adultos he tenido que documentarme más, especialmente en aspectos históricos. Me he sentido más insegura, porque, aunque sea ficción, habla de hechos que han ocurrido y que deben tratarse con respeto.
El material pedagógico que publico, parte de necesidades muy concretas que observo en mi trabajo diario como docente. Es más tangible y el objetivo es claro: enseñar. En la ficción adulta, en cambio, el objetivo es emocionar y hacer reflexionar.
¿Cómo fue el proceso emocional de enfrentarte a tu primera novela para adultos? ¿Hubo dudas o miedos durante la escritura?
Hubo mucha inseguridad, sobre todo respecto a cómo podría recibirla el lector. Durante el proceso iba compartiendo los capítulos con personas cercanas, pidiendo casi como prueba sus primeras impresiones.
Ahora que la novela ya está publicada, estoy muy satisfecha. Muchos lectores dicen que engancha desde el principio y, para quien escribe, eso es una de las mayores recompensas posibles.
¿Qué te gustaría que el lector sintiera o reflexionara al cerrar El viento nunca olvida?
Me gustaría que el lector se quedara pensando, aunque solo fuera un instante, en su propia historia, en sus raíces y en lo que se transmite de generación en generación. Que entienda la importancia de nombrar el pasado para poder comprender el presente.
Después de esta primera experiencia en narrativa adulta, ¿sientes que has encontrado un nuevo camino literario?
Sí. Siento que esta historia no se ha cerrado del todo. Cuando terminé de escribirla me quedó una sensación de vacío muy parecida a la que se siente al acabar un libro que te ha marcado: una especie de orfandad.
Eso me hizo entender que este camino literario no termina aquí y que El viento nunca olvida todavía tiene recorrido.

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