En Arucas, un rincón norteño de Gran Canaria donde el mar y las montañas se entrelazan con la historia, nació un contador de historias que no se conforma con la realidad tal como la vemos. Richard Rodríguez es uno de esos autores que escribe con la mirada puesta en lo que no se ve a simple vista, en lo que se intuye, se sueña o se teme.
Maestro de profesión, Rodríguez lleva años compaginando la docencia con una pasión más íntima y antigua: la escritura. Pero no cualquier escritura. La suya está marcada por una mezcla poco habitual: una imaginación fértil, un respeto absoluto por la estructura del relato y una sensibilidad especial para capturar lo extraño que se esconde en lo cotidiano.
Su primera novela, Seres oblicuos, es puro escalofrío doméstico. Ambientada en su ciudad natal, la historia convierte las calles familiares en escenarios inquietantes donde lo real se dobla, se tuerce. Algo extraño, inhumano, comienza a surgir. Lo que comienza como una perturbación sutil pronto se convierte en un horror palpable, sin explicación aparente. Y lo más inquietante: no hay moraleja fácil, ni monstruos con nombre. Solo miedo. Miedo puro, como el de los viejos cuentos que no necesitaban justificar su oscuridad.
Con Mágestar, su segunda novela, Richard da un giro hacia lo fantástico, pero sin renunciar a su sello. El libro nos traslada a una aldea ficticia donde cada tres años se celebra un torneo de magia. Puede sonar juvenil, casi lúdico, pero en sus páginas hay una tensión más densa: las decisiones pesan, el poder corrompe, y los protagonistas no salen ilesos. Hay épica, sí, pero también heridas que no se curan con conjuros.
Lo interesante de la narrativa de Rodríguez no es solo la historia que cuenta, sino cómo la cuenta. Hay una mirada pedagógica detrás de sus relatos, pero no en el sentido moralista. Más bien, en esa capacidad de provocar reflexión, de empujar al lector a mirar más allá del relato fantástico para encontrar algo incómodamente humano.
Lejos del circuito editorial masivo, Richard ha construido su carrera con paciencia y convicción. Participa en ferias, se vincula con su comunidad lectora, firma ejemplares con una sonrisa cómplice. No hay impostura en él. Es un autor que disfruta del contacto directo, del diálogo real con quienes se acercan a sus libros.
Lo que distingue a Richard Rodríguez no es solo su talento para crear mundos, sino su forma de anclarlos a la tierra. Leer sus novelas es como entrar en un universo paralelo que, de alguna manera, nos suena familiar. Como si las criaturas oblicuas o los torneos mágicos siempre hubieran estado ahí, acechando entre las grietas de lo cotidiano.
Y eso es lo que hacen los buenos narradores: no inventan mundos, los revelan. Rodríguez, sin duda, es uno de ellos.
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